Nostalgia y envidia

Nostalgia y envidia

Junio 17, 2019 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

Termino de leer Guayacanal de William Ospina. Releo ciertos apartes y me empieza a invadir una mezcla de nostalgia mezclada con envidia. No sé si de la buena o de la mala. Envidia. Punto.

Pienso en mis abuelos paternos. Siempre los vi viejos y silenciosos en su casa del Peñón. Colonial y larga. Creo que era una media casa. De esas que se dividen en dos y quedan dos largueros. Baldosines amarillos y negros. Antes del comedor había una especie de estadero. Allí me sentaba en una banca al lado de Papayaya, nunca pregunté por qué le decíamos así. Flaco, una cara larga y su pelo y bigote blancos. Unas manos largas y huesudas. Yo las comparaba con las mías rosaditas y sin huesos y pensaba que si me concentraba cerrando los ojos le podía traspasar algo de las mías. Siempre vestido de negro con un cuello que le decían ‘pajarita’ muy blanco. En el comedor siempre había una gallinita blanca donde ponían la sal.

Supe que había nacido en Florida. Una familia pobre. Sin embargo había estudiado Derecho en Popayán y ejercía en Cali. Sabio, filólogo. Escribió muchos libros. Hablaba cinco idiomas. Cuando murió, en su mesilla de noche estaba abierto un libro en ruso. Por herencia le dejó una carta a mi papá diciéndole que el mejor legado y el único que le podía dejar eran el buen ejemplo y la honestidad.

La abuela, Ernestina, Mamatina a veces la veía en el corredor, vestida siempre de blanco, con pepitas negras, el pelo muy blanco partido por la mitad y unos ojos azules. Casi nunca la oí hablar. Generalmente estaba acostada en su habitación. Yo no entraba. Me daba miedo. Mi mamá me contaba que tenía gran sentido del humor.

Las tres habitaciones eran oscuras. No tenían ventanas. Solo la puerta que daba al patio-corredor. Un perro negro que se llamaba Sultán. Recuerdo el olor rancio, como si el aire no circulara. El olor y el silencio.
No me llevaron al entierro de ninguno. Años después supe que sus restos estaban en San Fernando Rey. No sé si existan aún.

¿Cómo fueron sus infancias? ¿La adolescencia? ¿Sus amores? ¿Sus ilusiones? ¿Sus temores? ¿Sus vidas? ¿Quiénes eran los bisabuelos, sus padres? No tengo la menor idea. Sus historias se esfumaron. La infancia de mi papá y mis tíos también se esfumó.

Cuánto daría en este momento de mi vida por saber sus historias como lo logró Ospina y lo plasmó en Guayacanal. Trato de imaginar a sus bisabuelos y abuelos como si fueran los míos y les trató de dar vida.
Sin embargo, a los míos los tengo en la mente y les mando besos con la luna. Y hoy, curiosamente, mientras escribía este artículo, un sobrino me envió una foto, no sé de dónde la sacó, de Mamatina con mi papá. Ella ya vencida por los años. Mi papá tal vez de la edad de mis hijos. ¿De dónde salió esa foto? ¿Por qué me llegó hoy? No creo en coincidencias. Vino a visitarme. Sabe que desde hace días pienso en ella.

De los abuelos maternos sé algo más. Del abuelo Carlos recuerdo su olor. Yo tenía dos años y el me cargaba en la casita de Bogotá. A la abuela Lucía no la conocí. Murió de una picadura de un moscardón en Buenaventura cuando visitaba a mi mamá. Tenía poco más de cuarenta años y ocho hijos. Los bisabuelos se esfumaron. Sí. Siento nostalgia y envidia. ¡Gracias William por haber escrito Guayacanal!

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PD. Por asociación de ideas pregunto: ¿Van a dejar que se acabe de derrumbar la otra calzada a Buenaventura? ¡Qué vergüenza!

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