Navidad con bozal

Diciembre 14, 2020 - 11:40 p. m. 2020-12-14 Por: Aura Lucía Mera

Lucía, la nieta de 7 años de mi hermana Margarita, el día de las velitas prendidas formaba una pista para que llegara el trineo a recoger las cartas y dijo seriamente: “Me tengo que quedar despierta para cuando aterrice, porque quiero montarme en su carroza y hablar muy seriamente con Santa”.

Recordé en un flashback súbito que yo he debido hacer lo mismo cuando tenía su edad. Todavía tengo las cartas que le envié al Niño (no conocíamos a su rival Santa Barba) durante tres navidades. Decían textualmente: “Ciero seme traigaun coche...”. Nunca me lo trajo, aparecían muñecos, muñecas, pero jamás llegó mi coche. Me resigné, creí que El Niño era sordo o no había aprendido a leer. El primer muñeco llegó vestido de amarillo y lo escondí debajo de la cama, el de mi hermana mayor vestía de azul y el de Margarita de rosado. Pensé que me lo había traído de amarillo como advertencia porque yo todavía me mojaba en la cama. Si mal no recuerdo, nunca le volví a escribir. Para qué. Era sordo, no sabía leer o no me quería.

Pasaron los años y nunca volví a pedir nada. Supe con alegría que eran los papás los encargados del asunto, y me fascinaron desde entonces las sorpresas que me llegaban. A Santa nunca le he tenido cariño, no entiendo muy bien qué hace un señor vestido de lana roja, barbudo, montado en un trineo jalado por renos, que llega desde el Polo al trópico.
Además sin poder entrar por las chimeneas porque no tenemos, en fin.
Me pasa lo mismo con el árbol. No me mueven la aguja ni las bolitas, ni las lucecitas ni la cantidad de maricaditas que le cuelgan. Prefiero el pesebre con la mula coja, el rey Baltasar desteñido, las casitas torcidas,
el lago de espejo viejo, alguna catarata, ovejitas perdidas entre el musgo falso, y un niño rosadito acostado en la paja. María y José de yeso ya resquebrajados, ensimismados con el bebé. Siento ternura y amor. Ese pesebre viejo y manoseado que me traje a mi casa cuando se cerró ‘La Casa’.

He vuelto a pedir, no sé si me oyen, pareciera que no. Pero insisto. Pido cada Navidad que aprendamos a vivir en paz, que nos reconozcamos como hermanos, que se acaben los egos y las polarizaciones, que los expresidentes no sigan jodiendo ni manipulando, que la corrupción se acabe, o llegue ‘a sus justas proporciones’, que no siga corriendo sangre, que termine el desplazamiento, que cada colombiano tenga el derecho de vivir dignamente, de tener un trabajo, educación, salud. Que nos perdonemos a nosotros mismos para poder perdonar y recibir perdón (siempre me ha impactado esa frase del Padre Nuestro que dice:
“Perdona nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden). Y el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Todos somos responsables de la sangre derramada en Colombia. No existe jabón Pilatos que pueda lavar nuestra conciencia, si somos capaces de mirarnos honestamente hacia adentro.

Siento a veces que pertenecemos a una sub-raza (los colombianos) de borregos y ovejas blanqueadas, de alma sucia y rencorosa, que asistimos a misa para que nos vean y con la misma lengua que recibimos la hostia, despedazamos al prójimo y paladeamos el veneno del resentimiento, la envidia y la mala leche. Como si la señal de Caín se hubiera cebado entre las tres cordilleras que nos aprietan y esa selva impenetrable teñida de rojo.

Escucho la canción del Tamborilero cantada por una norteamericana, un israelí, un palestino y un musulmán y sigo creyendo, a pesar de todo, que la paz sí es posible, si todos entonamos la misma canción, ¡desde el fondo del corazón!

PD. Recomiendo ‘Las mujeres en la guerra’ de Patricia Lara. ‘Insistencia en el error’ de Eduardo Escobar. ‘Últimos Testigos’ de Svetlana Alexiévich. ‘Como polvo en el viento’ de Padura y ‘Deliciosa cuarentena’ de Sonia Serna Benítez. Para todos los gustos. Sabores. Emociones y ¡sensaciones!

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