¡Mutiladas!

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¡Mutiladas!

Septiembre 30, 2019 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

¡Las adoro! Unas barrigonas. Otras desafiantes con sus patas de elefante gigantescas. Las hay que extienden sus brazos tratando de protegernos de nuestra propia demencia. Algunas se yerguen soberbias tratando de tocar el sol. También existen regordetas y coquetas que se extienden como si quisieran abrazarnos. Las gigantes y centenarias nos miran con compasión y nos recuerdan, cuando las vemos, que nacieron antes de nosotros, y permanecerán cuando nos hayamos marchado de este mundo. Observadoras de nuestras vanas pretensiones, sin comprender los odios, los egos, la ceguera en que vivimos ese instante fugaz que llamamos ‘vida’.

Nacen pequeñitas, frágiles como un lápiz y se protegen con espinas duras y punzantes. Van buscando la luz y sus troncos delgaditos se van alzando verticales como lanzas. Pasan los años y sus formas se insinúan como las de cualquier adolescente. Coquetean y sus hojas en racimos van multiplicándose, brillantes de ilusión y suaves al tacto. Casi sin que lo percibamos (siempre vivimos mirando hacia abajo como las gallinas mierderas, ensimismados en nuestros egos), se van transformando en esos gigantes, de troncos grises, sólidos, sensuales y acogedores.

En varias ocasiones se han salvado. Recuerdo y todavía me da un escalofrío, cuando en el absurdo y corrupto periodo de Apolinar Salcedo se decidió masacrarlas de raíz, porque ‘incomodaban y estorbaban’ el paso del MÍO en su trayecto de la Calle Quinta con la Plaza de Toros. Si no hubiera sido por la protesta unánime de algunos medios de comunicación y ciudadanos, estas ceibas centenarias hubieran desaparecido.

Sí. Estoy hablando de ellas, las ceibas, esos árboles que solamente crecen en el Ecuador septentrional del planeta, en la barriga de la tierra. Esas mismas que no permiten que las conviertan en bonsáis, que tienen vida y personalidad definida. Que recogen la mala energía y nos escuchan cuando las abrazamos con amor aunque nuestros brazos no alcancen a rodearlas, y si nos recostamos en sus troncos nos ayudan a sanar las heridas del alma.

Hace unos años, viajando en carro de Quito a Guayaquil, recorrimos kilómetros de lo que se denomina ‘el bosque fantasma’ que es la época en que cientos de ceibas están desnudas y solo se ven sus troncos gigantes, retorcidos, alucinantes y fantasmagóricos. Es un fenómeno que se da al mismo tiempo en África septentrional. Una experiencia única que ojalá pueda volver a repetir pero con una cámara para captar esa belleza sobrenatural.

En estos días contemplo con horror, cómo sicarios del Dagma están mutilando a destajo y sin ningún criterio brazos y más brazos de estas ceibas. No acuso ni responsabilizo a la directora del Dagma, sino a sus empleados, que con sierra en mano, en lugares por donde no pasa ningún cable, las están despedazando. Y aún si hubiera algún cable de esos viejos y horrorosos que Emcali jamás renueva, debería pensarse dos veces antes de la mutilación a sangre fría, sicarial, de estas ramas protectoras.

En la calle Inés de Lara y en la avenida Cañasgordas se están sacrificando los brazos de estos árboles sagrados. Sin control ni criterio. Reto al funcionario de turno o jefe de cuadrilla que me demuestre la necesidad perentoria de hacerlo.

Hasta cuándo vamos a permitir sin inmutarnos que acaben con la naturaleza. Ninguno de estos actos de barbarie tiene justificación. Las ceibas de Cali deberían ser patrimonio sagrado de la humanidad. ¡Alguien tiene que responder!

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