China cochina

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China cochina

Enero 27, 2020 - 11:40 p. m. Por: Aura Lucía Mera

Respeto al gigante asiático. Su cultura milenaria. Su estoicismo ante las terroríficas dictaduras que han sometido a sus millones de habitantes a las más crueles y dementes represalias. Su capacidad de resiliencia ante las adversidades tanto naturales como políticas. El silencio casi autista que la mantiene herméticamente encerrada hacia otras culturas y modos de vida. Su progreso económico que ha sabido traspasar todas las fronteras y su capitalismo salvaje disfrazado de socialismo.

China era, es y será siempre un imperio desconocido y misterioso para el común de los occidentales, que somos colonias del capitalismo salvaje norteamericano así pretendamos ser independientes, autónomos y democráticos. Recuerdo un dibujo de Quino sobre Mafalda y el globo terráqueo, afirmando que si todos los chinos pisaban fuerte al mismo tiempo, la tierra cambiaría su eje. Un zapatazo chino nos arranca callos, querámoslo o no.

Pero, y sin ningún ánimo de levantar polémicas racistas, discriminatorias, étnicas u ofensivas, basta caminar y adentrarse por China Town en Nueva York o San Francisco para salir espantados por la falta de higiene y el mugrero que rodea la venta de comidas. Los olores se amotinan. Cadáveres de patos colgados y rostizados aparentemente, se mezclan con toda clase de pescados de extraña contextura y hedores, y otras carnes que ni el mago de Oz podría adivinar su procedencia.

Mi última experiencia fue en julio pasado. Con dos de mis nietos fuimos a almorzar a Little Italy a un restaurante llamado Il Cortile, sagrado en recuerdos para esta tribu familiar desde hace cuarenta años. Me estremecí al ver que Little Italy ha desaparecido rodeada de chinos que se apoderan como pulpos de esas callecitas de tradición e historia de los inmigrantes italianos que se abrieron paso, contra viento y marea en el territorio estadounidense.

Caímos de sopetón en la invasión china. Nada que ver con el ambiente de años atrás. Ahora es un enjambre de hombres y mujeres hostiles que caminan de prisa, con la mirada baja, evadiendo cualquier pregunta y saturando andenes y calles de porquerías disfrazadas de comestibles. Escupiendo en las calles sin el menor respeto. El templo de Buda desapareció. En fin.

No es difícil imaginar ese mercado de la ciudad de Wuhan vendiendo colas de serpientes, alas de murciélago, sopas de cerebro de micos, carne molida de ratón, calamares con mercurio. Olla pitadora de microbios y bacterias, disparadora del llamado coronavirus por su imagen verde y linda en el microscopio, que se riega por el mundo.

Existe un refrán despectivo, cuando alguien decide ir a comer a un restaurante chino de garaje: “Ojo con lo que pida. ¿Usted ha visto alguna vez un cementerio chino?”. Yo por lo menos me cuido, no sea que me vayan a dar gato por liebre, para decir lo menos.

No es la primera vez que el gigante asiático además de inundar los mercados internacionales de contrabando, imitaciones falsas, desestabilizando la industria legal, inunda también el mundo con epidemias.

Si algo les debemos los occidentales a los romanos con sus termas y a los árabes, fue la cultura del agua. Andalucía y la mitad de España heredaron la costumbre de bañarse regularmente. Y de Estados Unidos la cultura de la ducha y el inodoro bien diseñado. Con esto basta para estar agradecidos.

Como si no tuviéramos suficientes muertes diarias, la amenaza nuclear encima y el calentamiento global, nos llega la cereza del pastel con el coronavirus. Y éste si no es imitación de carteras Louis Vuitton ni zapatos Nike. Este producto made in China llega directo a los pulmones y nos despacha directico y sin escalas al Más Allá.

***

PD.
A título personal no volveré a ningún restaurante ni compraré ropa ni chanclas made in China. De resto los respeto mucho. Pero cual buen torero trataré de hacerle el quite a la embestida letal del coronavirus. ¡A comer sancocho, a comprar ropa colombiana y a no dejarnos coronar!

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