Apuntes de viaje

Apuntes de viaje

Septiembre 24, 2018 - 11:40 p.m. Por: Aura Lucía Mera

Recorrer Portugal es meterse en la magia. Lisboa, su capital, no llega a los dos millones de habitantes. Calles empedradas, tranvías que suben y bajan empinadas cuestas, diminutos callejones retorcidos, parques o ‘campos’ llenos de plátanos, ese árbol de troncos veteados ya deja entrever en el amarillo de sus hojas el otoño tardío.

Iglesias, monasterios, lugares en penumbra donde se rasga la guitarra y la mandolina acompañando un fado lleno de sentimiento y ‘saudade’. Un sol que ilumina el horizonte en un cielo sin nubes, de un azul solo entendido por Sorolla, el pintor español de la luz.

Primero, fue Porto su antigua capital. Donde el Duero ha penetrado durante siglos un mar furioso que parece no querer aceptarlo y lo rechaza con olas bravías, revueltas de espuma, como si escucharan el mandato de Poseidón. Porto se instala en la retina para quedarse.

La autopista, qué maravilla de red vial, nos conduce a Coimbra, enclavada en la cima de una montaña, y vemos cómo se yergue orgullosa esa imponente universidad, la segunda más antigua de Europa. Su biblioteca, de más de trecientos años, ahora es una joya que abre sus puertas al público, pero en pequeños grupos y es como entrar a un recinto sagrado.

Personalmente, me impresionó, porque sentí que entraba en un cementerio lujoso de palabras muertas. Ya nadie puede abrir sus páginas ni leer sus libros. Pareciera que se hubieran quedado encerrados dentro de ellos mismos, llenos de historias pero mudos.

Sentí angustia, como una catatumba de palabras empastadas.

Quise gritarles que se rebelaran y soltaran todas sus letras por las calles y las inundaran como un tsunami de sabiduría.

La joyita de este país se llama Obido. Lugar de calles peatonales y escalones inumerables, parada en el medioevo, era el lugar escogido por los reyes para llevar sus reinas a la luna de miel...

Cuántas historias de llanto, desgarre, pasión y terror podrían contarnos los recintos del castillo...

Obido permanece inmutable al devenir del tiempo. No entra a ella a ningún automovil y sobran, por modernos, algunos carruajes tirados por caballos percherones al estilo Cartagena pero bien alimentados.

Obido resistió romanos, fenicios, españoles, reinados, dictaduras, y no se ha dejado invadir por la modernidad.

Parece mentira que de este punto minúsculo, amurallado, pintado de blanco y azul se hubiera gestado la revolución de los Claveles que tumbo al indigno Salázar. De donde menos se espera salta la liebre.

Vuelo a Lisboa, como dice la canción, antigua y señorial, vecina de Cascais y Sintra, donde el Atlántico se choca con sus acantilados y las mansiones, los hoteles boutique, los comederos de pescado y la alegría.

La fuerza vital se siente en el aire, y en los nichos frescos cuando empieza a salir la luna llena, rosada y redonda.

Portugal, ¡gracias por existir así, no vayas a cambiar!

***

P.D.: Leo que ‘La Gata’ amenaza con hablar. ‘La Madame’ amenaza con hablar. Los sometidos a la JEP amenazan con hablar. Los encanados de cuello blanco y alma negra amenazan con hablar. ¡Hablen de una vez por todas a ver si algún día conocemos aunque sea alguito de la oscura verdad!

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