XXIV Domingo del tiempo ordinario

XXIV Domingo del tiempo ordinario

Septiembre 11, 2016 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

A propósito del Año Jubilar Extraordinario de la Misericordia, la liturgia dominical nos propone hoy el capítulo 15 del evangelio según san Lucas, que contiene las parábolas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido.Sobre este texto, el Papa Benedicto XVI señala que Jesús “vino al mundo para hablarnos del Padre, para dárnoslo a conocer a nosotros, hijos perdidos, y para suscitar en nuestro corazón la alegría de pertenecerle, la esperanza de ser perdonados y de recuperar nuestra plena dignidad, y el deseo de habitar para siempre en su casa, que es también nuestra casa” (Ángelus, domingo 16 de septiembre de 2007).A través de las tres parábolas el protagonista es el Padre que Jesús nos revela como lleno de misericordia, dispuesto siempre a perdonar y con una sensibilidad especial por el ser humano aherrojado por el mal. Es un Padre que no lleva cuentas de los delitos de sus hijos. Para Él, en cambio, basta una chispa de arrepentimiento para abrir sus brazos y acoger al “hijo pródigo” de nuevo en el seno de su casa, tratándolo no como siervo sino recuperándole su dignidad. No le importan los argumentos, no quiere escuchar excusas, tampoco está pronto a descargar una andanada de juicios o de condenaciones; de Su Corazón brota ternura y perdón.El Papa Emérito concluye que “la verdadera religión consiste, por tanto, en entrar en sintonía con este Corazón ‘rico en misericordia’, que nos pide amar a todos, incluso a los lejanos y a los enemigos” (Ángelus, domingo 16 de septiembre de 2007). Ahí está el corazón del evangelio, ahí está la esencia de la vida cristiana. El cristiano fiel a las enseñanzas de Jesús no tiene armas en su corazón, no cae en las trampas de los enjuiciamientos, los odios, las venganzas y el lenguaje violento y agresivo. El discípulo de Jesús no pacta con la violencia y se compromete a fondo por la tolerancia, el respeto y la construcción de una vida en armonía y en paz.Entrar en la casa del Padre, es entrar en un estado de alegría, es sentirse con Él corresponsable y partícipe de sus mismos sentimientos. Si el Padre Dios nos trata así, nuestra responsabilidad es de construir un mundo donde entre nosotros deba forjarse el mismo modo de relacionarnos. El Papa Francisco nos dice que “La alegría más grande para el padre es ver que sus hijos se reconozcan hermanos” (Audiencia General, miércoles 11 de mayo de 2016).Estamos en tiempos difíciles, donde las emociones parecen controlar a la razón. Siempre es bueno, a la luz de este Rostro maravilloso y cercano de un Padre que sabe inclinarse hacia nosotros con mirada tierna y amorosa, preguntarnos si es pertinente hacer entre nosotros un pacto por la convivencia pacífica, comenzando por el desarme de las palabras que hieren e inmisericordemente pretenden la destrucción del otro antes que los argumentos serenos y en el marco de la sensatez y el respeto. Si Dios nos ha tratado así, es lo mínimo que nosotros deberíamos intentar.

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