Vino nuevo, generoso y abundante

Vino nuevo, generoso y abundante

Enero 20, 2019 - 06:10 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Por: monseñor Édgar de Jesús García Gil, obispo de Palmira

La primera manifestación pública de Jesús como Dios, según el evangelio de Juan, se realizó en Caná de Galilea en medio de unas bodas. María estaba en la casa de los novios. Jesús y sus discípulos fueron invitados. Cuando el vino de la fiesta se acabó, María es quien se da cuenta y le comenta a su hijo Jesús. Y es ella quien ejerce sobre su hijo una dulce presión para que haga algo por el bien de los novios. Y Jesús convierte el agua en vino. Juan 2, 1-12.

La conversión del agua en vino que estaba en seis tinajas de piedra, destinada a las purificaciones de los judíos, es, sin lugar a dudas, el primer signo-milagro que Jesús realizó para mostrarnos cómo es el amor de Dios para nosotros. Es un amor generoso, abundante y bueno. Y este es el amor que Dios quiere para el matrimonio y para la familia.

Pero también esta presencia de Jesús en las bodas de Caná hace parte de una intención programada por Dios a lo largo de la historia de la salvación. Así como el diablo quiso dañar desde el comienzo de la creación la belleza de la familia cuando hizo caer a nuestros primeros padres en el pecado de la desobediencia, Dios en su infinita sabiduría responde con una historia de salvación tejida solo con familias en el pueblo de Israel.

Se inició con la familia de Abraham, llegó a la plenitud de los tiempos con la sagrada familia de Nazaret y en su primera manifestación de Jesús como mesías salvador Jesús bendice con su presencia el matrimonio y le regala el vino nuevo de su amor. “Cuando el maestresala probó el agua convertida en vino le dijo al novio: todos sirven primero el vino bueno, y cuando ya están bebidos, el vino inferior. Tú, en cambio, has reservado el vino bueno hasta ahora”.

No hay otra imagen más sugestiva a lo largo de la historia de nuestra salvación en la Biblia que la imagen del amor entre los esposos para que nosotros entendamos como es el amor de Dios por su pueblo, el amor de Cristo por su Iglesia, ya que es el matrimonio y la familia el mejor lugar para que Dios muestre al mundo su comunión de amor como Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Por supuesto que este amor de Dios es muy exigente como debe ser todo verdadero amor. Es un amor de conquista, de entrega, de sacrificio, de donación, de perdón y de capacidad de martirio como lo demostró Jesús en la cruz. No es un amor de novela, de consumo, de comercio, de usar y desechar en el cual lamentablemente muchos han ido cayendo porque no tienen a Dios en sus vidas.

La belleza de la familia solo brilla con el amor de Dios.

Conecta con la verdad. Suscríbete a elpais.com.co
VER COMENTARIOS
Columnistas