III Domingo del Tiempo Ordinario

III Domingo del Tiempo Ordinario

Enero 27, 2019 - 06:10 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

El inicio del evangelio según San Lucas narra el comienzo del ministerio público de Jesús. Allí aparece como Maestro y como Profeta, ungido con el poder del Espíritu Santo.

«Empezó a enseñar»: regresando del desierto, donde venció las tentaciones del maligno, Jesús se dirigió al centro de culto espiritual para los judíos en Nazaret. Y allí se presentó como Maestro que lee e interpreta los textos de la Torá. Su palabra capta la atención de quienes lo escuchan, pues, como se afirma en otros pasajes, «hablaba como quien tiene autoridad». Para sus discípulos de ayer y de siempre, Jesús es la puerta que nos da acceso al Padre. Sus enseñanzas son inspiración para el actuar de los creyentes.

Por un lado, estamos llamados a volver una vez más los ojos al Señor con mirada de discípulos creyentes, para los cuales la voz de su Maestro sigue siendo la luz que les orienta y acompaña. Estamos invitados a alimentar la admiración por Jesús, admiración que no se queda en la contemplación estática, sino que mueve también a hacer propias cada una de sus enseñanzas, haciéndolas vida en lo privado y en lo público. El mensaje de Jesús Maestro, debe calar el ser de cada creyente y de la comunidad.

«Este pasaje de la Escritura que acaban de oír se ha cumplido hoy». Además de Maestro, Jesús es presentado como el Profeta que hace propias las palabras de la Torá y afirma que en Él estas se cumplen. Abrió el rollo del profeta Isaías, correspondiente al capítulo 61: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque Él me ha ungido y me ha enviado a llevar la buena noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y dar la vista a los ciegos; para dar la libertad a los oprimidos y proclamar el año de gracia del Señor». Profeta es aquel que porta el mensaje de Dios y confirma su veracidad con el cumplimiento de sus palabras. A lo largo de su ministerio público, con sus gestos, milagros, y la coherencia misma de su vida, Jesús demostrará que es un profeta creíble: lo que anuncia se cumple. En Él, Dios ha visitado a su pueblo para traer libertad, justicia, gozo, paz; para “hacer nuevas todas las cosas”.

Esta dimensión profética se debe prolongar en la historia a través del cuerpo de Cristo, que es su Iglesia. En ella, es decir, en todos los bautizados, Cristo sigue mostrando al mundo que Dios no es indiferente a las angustias y sufrimientos humanos, sino que, por el contrario, está cerca de sus tribulaciones y clama para que se respete la dignidad de todas las personas. Esta dimensión es para cada discípulo de Jesús un fuerte compromiso a dejar lo que el papa Francisco llama la “autorreferencialidad” y ponerse en salida, especialmente hacia aquellos más vulnerables y sufrientes, para ser portadores de la Buena Noticia del Señor, acercándolo a ellos con gestos de misericordia, ternura, y caridad concreta.

El gran reto es que en nuestros días, en la vida y obras de cada bautizado, se pueda decir: “Esta palabra se ha cumplido hoy”.

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