El sermón de la planicie

El sermón de la planicie

Febrero 17, 2019 - 06:10 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Lucas, en el Evangelio de hoy, nos dice que Jesús, en el sermón de la planicie, llama “bienaventurados” a los pobres y pronuncia un “ay” dolorido sobre los ricos.

Revisando el ‘The New International Greek Testament Commentary’ nos encontramos con que el antónimo de pobre (ani) no es rico (asir) -como traducen la mayoría de las versiones de la Biblia- sino violento (rasa) y, en consecuencia, ¡que su “ay” dolorido se dirige no al ‘rico’ sino al ‘violento’, aun cuando es un hecho que muchas veces los violentos son o terminan por ser ¡enormemente ricos!

Para entender el sentido de las palabras y los lamentos del Señor meditemos sobre la violencia. Tiene que ver con el ser y el poseer. Es la destrucción o supresión del ser, no solo del ser humano o del ser vivo en general, como un pez o una planta, sino de todo ser, como un río o una montaña. Y es el despojo de los bienes que un ser necesita para realizarse en plenitud.

El violento destruye, mata, despoja, aleja el pan de la boca hambrienta y la gota de agua del labio sediento.

Los rostros de la violencia son múltiples. La más sutil y elaborada es la de los creadores de las visiones del mundo y de la historia, la de los pensadores y filósofos, cuando construyen ‘explicaciones del todo’ sobre la base del primado de la moneda sobre la vida y cuando en la versión ética de su sistema entre el bien de la economía y el bien de la ecología eligen el primero en detrimento del segundo.

Luego sigue la violencia del hacedor de leyes que avalan los órdenes perversos del primado de las cosas sobre las personas y del mercado sobre la vida. Luego la de los estadistas y políticos que los implementan; la de los guerreros que los protegen; la de los medios de comunicación que los propalan; y la de las personas del culto que con sus silencios o con sus palabras melifluas los bendicen.

Pero sobre todo y ante todo es violento el mercado que, haciendo uso de las formas de violencia anteriores o produciéndolas con la varita mágica del dinero, acumula ingentes cantidades de monedas -pasando por encima de los mínimos vitales ecológicos y humanos- por el prurito de acumular, sin tener en cuenta el hambre y el llanto y la tristeza de los desheredados de la tierra y los signos de muerte del Planeta.

En el evangelio de hoy Jesús declara entonces bienaventurado al pobre no porque deba sentirse dichoso con su pobreza sino porque esa pobreza, que Dios rechaza, tiene que desaparecer con el advenimiento del Reino o reinado de Dios, cuya concreción específica es la forma sublime de la justicia que pone a la vida a primar sobre la moneda.
Y, declarándolo dichoso en perspectiva de futuro, nos reta a tomar una decisión o por el Reino de su Padre o contra Él.

Porque si los ecosistemas esquilmados y las sociedades empobrecidas pueden soñar con un mundo mejor es porque ese sueño se realiza no por arte de magia sino por la operocidad de los ciudadanos del Reino.

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