El perdón, causa de alegría

El perdón, causa de alegría

Marzo 31, 2019 - 06:10 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Por: monseñor Juan Carlos Cárdenas Toro, obispo auxiliar de Cali


Llegamos al IV Domingo de Cuaresma, tiempo, hoy marcado por la alegría. ¿Y alegría por qué? El Capítulo 15 del evangelio según san Lucas ofrece tres parábolas llamadas de la misericordia: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo perdido. La tercera parábola es la que ocupa el espacio principal en la liturgia de hoy. Este relato es conocido como ‘la parábola del hijo pródigo’. Pero el protagonismo no está en la persona perdida sino en el amor incondicional del padre, cuya bondad no cambia para con el hijo; sabe que en él hay una chispa que no se extingue y que en algún momento le hará retomar el camino perdido.

Este hijo sintió que era el momento de ‘emanciparse’ de su padre y tomar una vida al margen de él. No obstante, condujo irresponsablemente su vida hasta caer muy abajo. Allí, en la situación más crítica, aquella ‘chispa’ del recuerdo del amor de su padre le dio la lucidez para entender que algo debía cambiar y ese era un amor del cual necesitaría siempre. Y decidió volver. El amor le movió, pero también cuando regresó, el amor le sorprendió. El reencuentro con el padre no fue de recriminaciones sino de una tierna acogida que le restableció la dignidad perdida. Esa vida antes oscura vuelve a ser luminosa. Esa vida recupera la alegría.

Allí está reflejado el camino que todos estamos llamados a recorrer. El del hijo: tomar conciencia de cuán lejos estamos de Dios y Su Amor; volver a Él seguros de que en lugar de juez encontraremos al Padre tierno que nos dará su abrazo de perdón, regresándonos a la alegría de una vida liberada de resentimientos, heridas y frustraciones. Pero también hemos de recorrer el camino del Padre. Pedir perdón a Dios puede ser difícil, pero parece que nos cuesta más perdonar. En el padre está figurada la vocación del perdón; a ello estamos llamados; debemos perdonar como Él nos perdona. En el padre descubrimos que estar abiertos a perdonar es causa de paz profunda y alegría incondicional. El padre no esperó a que el hijo le explicara los motivos de su alejamiento. En su corazón ya había ‘dado vuelta a la página’.

Cuánto dolor llevan muchos…, ¡por años! Solo porque prefieren vivir prisioneros del odio y los resentimientos, sin darse cuenta que se ‘autodestruyen’. Surge así la imagen del ‘otro hijo’, del mayor, que no quiso unirse a la fiesta del perdón y prefirió rumiar la amargura de sus resentimientos. No sólo se destruye a sí mismo quien odia; desata una cadena de actitudes tóxicas que contaminan: familia, trabajo, amigos e incluso la sociedad entera.

Tal vez sea necesario purificarnos de los mitos hacia el perdón. Este no es un acto emocional, sino racional y libre. Se trata de una decisión. Tampoco se trata de una ‘transacción’ (doy algo para recibir otra cosa a cambio); el perdón no depende de los méritos del ofensor. El perdón se da unilateralmente, como un acto de liberación. Me libero, doy vuelta a la página y lo demás lo dejo en manos de Dios y, si es el caso, también de la justicia. Finalmente, el perdón no está necesariamente atado al olvido.
Es inevitable recordar acontecimientos que nos han producido dolor. Pero cuando se perdona, Dios da la gracia de purificar la memoria y convivir en paz con aquellos recuerdos, aprovechándolos del modo más positivo posible, de manera que nos impulsen a ser alguien mejor y a convertirnos en protagonistas de un mundo mejor. No nos privemos de vivir la alegría que da el perdón.

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