El Bautismo de Jesús

El Bautismo de Jesús

Enero 13, 2019 - 06:10 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La escena de Jesús siendo bautizado en el Jordán, por Juan el bautista es antes que nada sobrecogedora. El encuentro de los dos testamentos, antiguo en el bautista y nuevo en Jesús de Nazaret se harán plenitud en el acto que ahora inaugura quien es el Hijo de Dios y quien se ha hecho hombre para conceder a la naturaleza humana la condición divina.

En efecto San Agustín dice: “Dios se hizo hombre para que tú te hagas Dios”, cuando aparece el bautista cerca al Jordán donde Jesús también va y le pide que sea bautizado la gente seguramente se encontraría sorprendida. Él venía de Galilea y allí en ese lugar que tiene tanta trascendencia histórica, teológica y de revelación, se encuentra con el bautista y la muchedumbre y es justamente Jesús quien pide a Juan que sea bautizado, él entonces se resiste, pero Jesús insiste y se presenta la bellísima escena donde el Hijo de Dios al entrar al agua y recibir el efluvio de gracia, que no necesitaba por ser Dios pero que para reivindicar la condición humana ahora Él pide, entonces la voz del Padre se escucha ratificando que es su Hijo el amado; es lo que suele llamarse en la teología bíblica una teofanía, es decir, una manifestación de Dios.

Esta revelación reivindica una vez más que no necesitaba de este sacramento, que como la Iglesia lo enseña, se hace para corregir el pecado original con el que todos nacemos. Él siendo Dios no tuvo ninguna huella de pecado. Siendo de condición divina, dice el apóstol Pablo: se hizo en todo semejante a nosotros menos en el pecado, asumió nuestra naturaleza y nos regaló la divinidad.

El Bautismo de Jesús es también la santificación de un signo vital para la vida: ¡El agua!, que da vida a todos los humanos, a todos los seres pueden nutrirse de ella; es el agua que también había desbordado a aquella generación y que la precipitó, y que a otros les dio la salvación cuando pasando el mar Rojo, Dios hizo el milagro de estar presente en favor de su pueblo Israel; lo es ahora en favor del nuevo pueblo suyo, que será la Iglesia.

Desde entonces las aguas bautismales se hacen gracia y bendición para todos los que a ella acudimos: es la puerta de ingreso a la comunidad católica, a la comunidad cristiana, es la primera señal de que ahora en adelante, en efecto seremos hijos de Dios.

Pidámosle a Jesús de Nazaret, cuyo misterio en el bautismo hoy celebramos, que nos dé la gracia de perseverar en esta enorme amistad y cercanía que Él nos ha regalado, que seamos capaces como Él de cumplir el plan que el Padre ha trazado sobre cada uno de nosotros, seamos conscientes de la inmensa grandeza de ser hijos de Dios por el Bautismo, es el momento de volverle a decir al Señor: gracias porque me has librado y me has hecho tu hijo.

Caminemos en la Iglesia por el camino del bautismo, introduzcámonos en el misterio de los sacramentos y reavivemos cada día nuestra condición de hijos de Dios.

Que esta nueva celebración sea para nosotros un motivo de inmensa alegría y de profunda reflexión.

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