Dios es nuestro futuro

Dios es nuestro futuro

Septiembre 25, 2016 - 12:00 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

La fe cristiana mira y asume la vida humana de adelante hacia atrás. Porque, como diría San Pablo, "ustedes han muerto y su vida está oculta con Cristo en Dios" (Colosenses 3,3). Dios es nuestro futuro y, desde Él, hemos de comprender y vivir las realidades de la vida temporal y terrena. Dios, entonces, nos hace capaces de relativizar nuestro yo, nuestro saber, nuestros goces, nuestro poder y riqueza. Relativizar no quiere decir que estas realidades sean malas en sí mismas. La riqueza, por ejemplo, como nos lo dice el Evangelio de este domingo, no es en sí un pecado. Pero es pecado la riqueza que permite que los pobres mueran, que los niños se malogren, que se destruya la creación. Es pecado la riqueza que divide a los humanos y a los pueblos de la tierra, y consiente que algunos naden en la abundancia, en la opulencia y los excesos, mientras que tantos otros fracasan en un mundo de hambre y miseria, de indigencia y degradación.Una mirada universal, global, nos permite entender que los déficits de unos países son iguales a los excedentes de otros. Que las ganancias de unos, son las pérdidas de otros. Que la opulencia de unos pocos es la carencia de muchos. El problema fundamental no es la lucha de clases, ni la distribución de la tierra, ni el reparto del capital. Es el equilibrio en la lucha por la supervivencia, el cuidado y sostenibilidad de los recursos, la inclusión en la legalidad, en el bienestar y en las oportunidades de toda persona, familia y nación.Vista así la existencia cristiana, no tienen cabida ni "la orgía de los disolutos", ni "la indolencia ante los desastres de José", es decir, de los hermanos más débiles y pequeños, como denuncia el profeta Amós. Tampoco tiene cabida, como nos dice el Evangelio de San Lucas, el contraste abismal entre los pobres Lázaros de la tierra y los ricos epulones de la Lista Forbes, los más ricos del planeta. Lo definitivo y verdaderamente cristiano, será lo que indica San Pablo a su discípulo, el Obispo Timoteo: practicar la justicia y la religión, librar el buen combate de la fe, conquistar la vida eterna, vivir la soberanía del Rey Jesús que rindió testimonio ante Poncio Pilato. Porque si Jesús es el Señor de nuestras vidas, los pobres serán los comensales de nuestra mesa y los hermanos por cuya dignidad sacrificamos la nuestra. ¡Que tengan todos una feliz semana!

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