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Dios es justo

Noviembre 22, 2020 - 06:15 a. m. Por: Arquidiócesis de Cali

Por: monseñor José Alejandro Castaño Arbeláez, obispo emérito de Cartago

Culminando el ciclo litúrgico, el evangelio de este domingo antes de iniciar el adviento, nos presenta la imagen de Jesucristo como Rey, pero además como un Dios que no puede menos que ser justo. ¿En qué consiste el reinado de Jesucristo y su justicia?; ante todo que es el enviado del Padre, igual al Padre e investido con el poder del Espíritu Santo, quien hecho hombre revelará a la humanidad la verdadera noción de un Dios humano y también de un Rey a quien corresponde el verdadero imperio. Las múltiples enseñanzas del evangelio escuchadas a través de la lectura de la Palabra de Dios nos han regalado a un Dios profundamente humano, que perdona, que se compadece, que es amigo de los más necesitados y sobre todo que expresa su abundante misericordia; y que al final entrega su vida como oblación definitiva para que la humanidad pueda rehacer la dignidad perdida por el pecado de Adán y tener la certeza de que solo en Él y por Él la humanidad podrá aprender el más grande concepto de bondad, verdad y justicia; todo ello otorga a la vida del creyente las certezas que el mundo le arrebata cuando percibe las continuas injusticias y no pocas atrocidades del comportamiento humano.

Si Jesucristo es Rey como lo afirma la escritura, Él enciende en el corazón de todos los que en Él creemos la certeza de que participaremos de su reinado que es eterno y que de Él recibiremos la más justa y aunque inmerecida paga: “venid benditos de mi Padre a poseer el Reino que os tengo preparado”.

Cuántas veces en el diario acontecer de nuestras vidas, somos testigos de la injusticia humana, ocasionándonos desanimo y derrota; pero no, la auténtica certeza está en que: “Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso… y Él separará unos de otros, como el pastor separa las ovejas de las cabras, y pone las ovejas a su derecha y las cabras en su izquierda”.

No es ésta acaso la única y definitiva esperanza que no defrauda, la justicia auténtica que tantas veces vemos diluida en sentencias acomodadas por parte de la ley humana; se cumplen también las palabras proféticas que Él con sus enseñanzas plasmó para siempre: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me alojaste, desnudo y me vestisteis, enfermo y mi visitaistes, preso y vinisteis a verme”. Es decir, que para poder participar de este reinado y de sus promesas, nuestra fe y nuestras obras han de pasar necesariamente por aquel que sufre, que es nuestro hermano y al que tantas veces la sociedad desprecia de forma inhumana.

Esta es lección de vida.

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