Crisis de fe

Agosto 22, 2021 - 06:15 a. m. 2021-08-22 Por: Arquidiócesis de Cali

Escrito por: Germán Martínez R., Pbro, vicario episcopal para la Educación

Las fórmulas empleadas por Jesús de Nazaret en el ‘discurso sobre el pan de vida’ son escandalosas: “Yo soy el pan bajado del cielo”. “El pan que yo voy a dar es mi carne”. “Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”. “Es el espíritu quien da vida, la carne no es de ningún provecho”.

Con razón los oyentes califican este discurso como “duro, intolerable, inadmisible”: una persona a la que conocen de pequeño, igual que a su familia, tiene que haberse vuelto loca para decir que ha bajado del cielo, que es superior a Moisés, que quien viene a él no tendrá nunca hambre ni sed, que es preciso comer su cuerpo y beber su sangre, como si fueran caníbales.

El autor del cuarto evangelio se dirige a los creyentes que entienden los símbolos de la fe y saben perfectamente que no se trata de “comer un trozo del brazo de Jesús o de beber un vaso de su sangre”; se refiere a la eucaristía, la acción de gracias por excelencia, la fiesta de la vida, la acción de partir y repartir un pan que capacita para amar, para entregarse como Jesús hasta el final, para construir solidaridad, para ser testigos de algo diferente: Jesús no propuso nunca un mesianismo triunfal o nacionalista, Jesús no buscó nunca la gloria humana ni la prometió a los suyos.

Seguir a Jesús de Nazaret significa renunciar a toda ambición, ese es el mensaje difícil, esa es la crisis de ayer y de hoy y de siempre, el don de sí hasta entregar la vida misma no entra en nuestros planes, 'no aguanta' como decimos en lenguaje callejero. La eucaristía no solo da fuerzas para un día o un mes, la eucaristía garantiza la vida eterna, la vida de comunión con Dios, la vida que se entrega por amor por el esposo o la esposa, por el cuidado del hijo enfermo, por el que no tiene o no cuenta para nadie, por el que está abandonado, por el que nadie se preocupa.
La vida eterna que causó y causa todavía tanta crisis, tantos interrogantes no está en una cajita llamada ‘sagrario’, está en cada uno de los creyentes porque al participar de la eucaristía la presencia de Jesús no termina al cabo de un cuarto de hora, permanece en nosotros, nos nutre continuamente, no tenemos que esperar a morir para experimentar la vida verdadera, ya la vivimos aquí y ahora al orar, cantar, celebrar y vivir la eucaristía dominical, “día en que Cristo ha vencido la muerte y nos ha hecho partícipes de su vida inmortal”. Sin la eucaristía no podemos vivir.

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