Codicia contra honradez

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Codicia contra honradez

Septiembre 22, 2019 - 06:10 a.m. Por: Arquidiócesis de Cali

Por: Monseñor Darío de Jesús Monsalve mejía, Arzobispo de Cali.

“La raíz de todos los males es el afán de dinero. Algunos, al dejarse llevar de él se extraviaron de la fe y se atormentaron con muchos sufrimientos”, (1Tim. 6,10). Esta idolatría del dinero, amarrada a la ansiedad y gula del consumo, a la disolución de costumbres y depredación del bien común y de la “casa común”, es hoy un camino de violencia, de robos, de corrupción, de abusos sexuales y trata de personas. Se nos pierde ese ideal de que “podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro” (2da. lectura).

Y mucho más, esa capacidad de sentir como propio el bien colectivo, lo público, la paz social y el orden y el espacio públicos, el cuidado de los recursos que se nos confían, no para abusar de ellos, sino para administrarlos con honradez ante Dios y austeridad ante el bien y la justicia social necesarios (1da. lectura).

“El que no es honrado en lo poco, tampoco en lo importante es honrado. Si no fueron capaces de fiar en el vil dinero, ¿quién les confiará lo que vale de veras?”. ...”No pueden servir a Dios y al dinero”, sentencia el Evangelio de este domingo.

Nuestra enfermedad colectiva es la codicia depredadora de riquezas, para comprar, con mentalidad depravada, conciencias, falsos testigos, asesinos, armas, medios de comunicación, y acumular tierras, poder, orgías, despojando de vida, honra, bienes, dignidad y derechos a los más débiles, como lo denuncia el profeta Amós.

Bien vale la pena que nos situemos ante este caos de la codicia y esta pérdida de toda honradez con Dios, único dueño verdadero, y con el prójimo excluido y descartado socialmente, verdadero ‘rostro de Cristo Jesús’ ante nuestras conciencias acumuladoras y la globalización de las migraciones por miseria y opresión.

Un gigantesco cambio de mentalidad que nos desplace del ideal de riquezas sin límites al del bienestar sostenible y la equidad social, a la dignificación de la vida humana, es indispensable para todos. Es el desafío que nos pone el Evangelio. Empecemos por lo personal y familiar. Sigamos con lo empresarial y lo público. Esto tiene que ser cambiado por todos, con todos. Amén.

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