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Piazzola y Belli

Septiembre 16, 2021 - 11:50 p. m. 2021-09-16 Por: Armando Barona Mesa

Nació hace cien años en Mar del Plata. Su padre Vicente Piazzola era un inmigrante italiano, como casi todos los argentinos. Pero por los vientos del destino, en el año 24 se fue a vivir a Nueva York con su prole, dentro de la que descollaba un pibe de nombre Astor. Vicente amaba el tango y, sobre todo, a Gardel quien para los años treinta y algo llegó a aquella metrópolis a grabar música y a hacer cine. Un día Vicente, al que le decían Nonino por apodo, talló la figura de un viejo con esmero y arte. Le pidió entonces al pibe que se la llevara a uno de los edificios empinados donde vivía el Morocho del Abasto. Pero no lo dejaron entrar.

No obstante, el pibe dio la vuelta al edificio y se subió por la escalera de incendios de la parte de atrás los treinta pisos con la frescura de una Coca-Cola, que estaba recién en el mercado. Avanzado el ascenso vio por la ventana a un hombre sentado en un sofá con un amigo. Distinguió a Gardel, le tocó el vidrio, el cantor le abrió, entró, se sentó y desempacó al viejo que entregó con orgullo a Gardel.

A un lado el pibe vio un bandoneón. Preguntó si lo podía tocar y lo tomó, espació sus primeros acordes y sonó una melodía incomprensible. Gardel dijo entonces: Tocas muy bien, pero eso no es un tango. Piazzola lo miró sonriente e inició los compases de La Mariposa que era un tango que Gardel amaba. Y bajo el agudo y el grave de las notas, iban cayendo lágrimas del ídolo argentino.

Cien años quedaron atrás, pero el nombre de Piazzola se sostiene como un arco iris en el aire. La sala Beethoven del Instituto de Bellas Artes reventaba de expectativa. La parte de cuerdas de la orquesta hacía sonar sus instrumentos afinándolos, cuando apareció con riguroso frac, alto como un rascacielos, pelo lacio y sobresaliente y su cara de muchacho bueno Francesco Belli, ese director italiano tan conocido en Cali donde lo amamos; y después de unos saludos a los músicos e inclinaciones ante el público, dio inicio a la música de Piazzola, que se podía sentir en el ambiente como si hubiere adquirido vida propia. Las blancas manos de Belli volaban y su batuta se movía como dirigiendo el nacimiento de la aurora.

Cuando murió Vicente Piazzola, con su nostalgia como un bandoneón, Astor fue acompasando su dolor con unas notas perdidas en el sentimiento, jugando entre la vida y la muerte como una estrella errabunda que no encuentra sino el dolor de una ausencia irreparable.
Adiós Nonino salió para los tiempos por venir, con su carga nostálgica del músico llorando y ese director, Belli, que todo lo entrega y agoniza dos veces en cada función y hasta muere, para resucitar al final como si todo volviera a nacer.

Bello concierto, variado, que recoge a ese argentino, pasados los años, que una vez caminando por la Quinta Avenida vio en una tienda de anticuarios la figura del viejo tallado por su padre, quemada en varias partes, sin que nadie supiera cómo había llegado allí después del accidente de 1935 en Medellín, cuando murió Gardel. Éste siempre portaba aquella escultura que le había entregado el muchacho, tallada por su padre, en ese edificio de Nueva York donde conoció a un bandoneonista inmortal que hacía llorar no solo a los instrumentos.

Nota de rechazo. Con energía y convicción rechazo y condeno a la execración a los bandidos que se han atrevido a amenazar de muerte a una poeta bella, noble como un soneto, que lleva con orgullo su condición humanística y ha grabado en los estratos cultos de nuestra sociedad su nombre, Betsimar, como si fuera un blanco ramillete de jazmines.

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