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Oh temporas, oh mores

Enero 07, 2021 - 11:50 p. m. 2021-01-07 Por: Armando Barona Mesa

Los tiempos cambian, las costumbres también. La historia cambia. La civilización y la ciencia, todo cambia, pero el hombre seguirá siendo el mismo, con más conocimientos. Las pasiones, las emociones, los sentimientos de amor y de odio, su instinto a la destrucción o al caos son el viejo arquetipo del hombre. Mezcla extraña de una psicología que ennoblece la especie, pero al mismo tiempo la envilece y torna en criminal como amante de la sangre y la violencia, al mismo hombre. En un poema mío que titulé ‘El hombre y la vida’ digo en unos versos: “Un monstruo me devora: soy yo mismo. / Un ángel me rescata, soy yo mismo. / Y puedo crear un mundo, que también soy yo mismo”.

Bueno, inicio el año con estas reflexiones, en medio de una pandemia creciente. Y me es fácil de entrada recordar cómo, hasta no hace tanto tiempo, los salteadores de caminos usaban un pañuelo de máscara. Era abominable que se taparan la cara con una tela para robar y matar. Pero como los tiempos cambian, hoy todos tenemos que ponernos la máscara, mientras los antiguos bandidos andan con la cara limpia.

Erasmo de Rotterdam escribió en 1509, como es conocido, ‘El elogio de la locura’. Ésta, como una diosa, habla y dice cosas que penetran. Veamos: “Salomón en el capítulo XV afirma que ‘la locura es la alegría del loco’, o sea que sin esta locura no hay en la vida nada grato. Confirma esto mismo la frase que dice: ‘Quien añade ciencia añade dolor y en el mucho saber siempre hay mucha pena’. El mismo Salomón afirma en el capítulo VII que ‘en el corazón de los sabios reside la tristeza, y en el de los locos, la alegría’”.

Ah, la locura está presente en los actos grandes del ser humano. Fue un loco quien tendió un puente sobre el abismo; también lo fue quien inventó la música y se puso a bailar; y fue un loco el que inventó el vino y se abrieron espacio la poesía y el teatro. Han sido locos los poetas. Un loco subió al Himalaya, la montaña más alta y bajó de allá confundido con las nubes; pero también otro loco se atrevió a navegar bajo las aguas e inventó el submarino. Un loco inventó la brújula y con ella se descubrieron los continentes y la tierra misma. Fueron locos los que subieron a la luna y no hay que olvidar en la ‘Balada para un loco’ de Piazzola, a ‘los locos que inventaron el amor’. Fue así mismo un loco el que inventó la bicicleta de dos ruedas, una grande y otra pequeña que transitaba por las calles de París mientras la gente decía: “Qué bárbaro, a esa velocidad se va a matar”.

El mismo Erasmo recuerda a Luciano de Samósata, escritor sirio del 1225, quien escribió sobre su gallo, que transmigraba a varias personalidades: primero nos encontramos a Pitágoras reencarnado en gallo y luego sucesivamente en hombre, en mujer, en rey, en pez, en caballo, en rana. Pero se convenció por fin de que no había animal más desdichado que el hombre, porque todos los animales se contienen dentro de los límites de su condición, y sólo el hombre intenta franquear los límites impuestos por la Naturaleza. Eso, por supuesto es la locura. Pero en verdad no era triste. Lo que marca es la posibilidad del hombre de sentir el todo.

En mis años de abogado un día me llamaron a defender al poeta nadaísta Elmo Valencia. Lo habían sapiado mientras con unos amigos fumaban la yerba. La policía llegó y los detuvieron. No quedaban sobre la mesa sino las semillas. En la indagatoria Elmo dijo que las semillas eran de una mata de escobadura, de la que sacaban escobas. Él la tenía para irse a dedicar a la agricultura en el Alto Amazonas. Iba a estar cinco años allá. Y sería un buen negocio, porque al volver el mundo estaría lleno de basuras. Bueno, ese era un Monje Loco.

Sigue en Twitter @BaronaMesa

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