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El vestido blanco

Mayo 27, 2021 - 11:50 p. m. 2021-05-27 Por: Armando Barona Mesa

Digamos, a manera de premisa, unas verdades: la primera, que el Gobierno de Iván Duque no es una dictadura ni es corrupto. Él es un hombre joven de buenas intenciones, que obtuvo la mayor votación de la historia, cuando el país buscaba a un ser nuevo, no contaminado. Cierto es que ha cometido errores. Es humano.

La segunda, probada documentalmente hoy, que esos izquierdistas petristas desde un principio montaron una campaña de diatribas e infundios contra él, en la que estaban los señores muy ricos de Fecode (tienen mucho dinero que no se sabe de dónde sale y que gastan en fluidas campañas de radio, televisión, alta prensa y la organización de movilizaciones, dentro del paro indefinido que han montado).

La tercera verdad, que la sabemos los colombianos de buena fe, estriba en que las ONG comprometidas en derechos humanos, manejadas en su mayor parte por el senador Iván Cepeda, mueven resortes en el exterior y hacen creer que aquí hay una violación permanente de derechos humanos y que la Policía, como en las peores épocas de la dictadura militar argentina, desaparece a los demócratas progresistas.

El país no comprometido con los planes de la extrema izquierda, sabe que hay interés del narcotráfico en matar a los líderes que no juegan dentro de sus intereses. Y además tenemos una guerrilla y otras disidencias que se nutren de los dineros maléficos del narcotráfico, fuera de las bacrim y una delincuencia común que azotan la tranquilidad y el progreso.

Pues bien, a la protesta comedida y alegre han sumado unas bandas terribles de delincuentes que roban, matan con deleite, saquean, incendian y bloquean las vías principales para generar la quiebra de industrias sanas, subir los precios de los escasos alimentos e impedir la locomoción al trabajo y a los hospitales. Ellos han creado, durante un mes, una situación despótica insoportable de dominio y maldad, que el Gobierno no ha querido reprimir con el ejercicio pleno de las fuerzas armadas, pero que sin duda alguna nos han sumido en la desesperanza.

Petro se siente ya presidente, a pesar de lo que hicieron sus seguidores en Popayán. Y acaban de golpear en Tuluá, como en los tiempos que recoge en su obra Gustavo Álvarez Gardeazábal. Y en Neiva, en Bogotá, Medellín y la costa.

Empero, asistimos esta semana sin distinción de política, ni de clase social o económica, a un acto con vestido blanco que inundó el Bulevar del Río, dio vuelta al Paseo Bolívar y colmó la plazoleta Jairo Varela, en orden perfecto, alegría en los rostros, brillo luminoso en las miradas y una carga de esperanzas incontenible. Todos queremos la paz, la integración de la gente del terruño tradicionalmente alegre que siempre hemos sido. Los vándalos intentaron irrumpir, pero no los dejaron utilizar la violencia.

Tuve entonces la convicción que hoy me reanima, de que esos malos y violentos no serán los que gobiernen en el futuro inmediato. El pueblo, aún sin utilizar la fuerza, sabe que allí está el enemigo. Que todos queremos la paz y luchar conjuntamente contra la pandemia, pero amamos la democracia y por supuesto los bienes de la concordia que defenderemos con entereza y decisión armados solo con nuestro vestido blanco. El blanco de la paz, la armonía y la buena voluntad.

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