Cali, monumentos y delitos

Julio 31, 2022 - 11:50 p. m. 2022-07-31 Por: Antonio de Roux

La semana anterior pasé por la glorieta de la Estación y caí en cuenta de que la primera locomotora llegada a Cali en 1915, la cual hacía parte del monumento al ferrocarril, ha desaparecido. De ese pedazo de nuestra historia solo queda un pedestal en ruinas.

Desconozco el destino de la máquina pero temo lo peor porque el Alcalde, quien debería ser el primer custodio de nuestra memoria, parece abominar de aquel Cali ancestral que fue progreso y armonía.
Uso la palabra “ancestral” porque los caleños, al igual que las gentes nativas, también tenemos derecho a una “ancestralidad” propia que incluye territorio, tradiciones, anhelos, historia, etc. Un patrimonio inmaterial de varios siglos forjado en la diversidad.

Sobre la locomotora cabe la hipótesis de que haya sido archivada como la estatua de Belalcázar. Sería otro acto de esa pretendida Revolución Cultural municipal que busca despojarnos del pasado para propiciar narrativas de desencuentro y conflicto. Un propósito que no sobrevivirá porque sin importar la carreta incitadora de Ospina, el alma caleña es resiliente y siempre ha de volver por sus fueros. Restituir la estatua no es acto de claudicación ante ‘élites’ perversas sino expresión de democracia frente al reclamo de las mayorías.

No hay duda de que Cali cuenta con la riqueza de varias etnias; tampoco hay duda de que ellas deben ser reconocidas y exaltadas. Aquí hay lugar para indígenas, mestizos, negros, blancos e inmigrantes. Sus trasegares, peculiaridades y contiendas no pueden despreciarse. Son parte de un pasado que debemos hacer respetar e impedir que se lo ponga al servicio de la politiquería.

Belalcázar fue violento pero según cronistas e historiadores el cacique Petecuy, para hablar de un solo jefe, conservaba las pieles disecadas de cuatrocientos enemigos devorados en festines de carne humana. También subyugaba a los pueblos vecinos. Hoy nos hieren esas conductas escabrosas, sin embargo de aquellos personajes, de sus luces y sombras viene lo que somos.

No se construye la Paz Grande, la que propone el nuevo Presidente, mirando la paja en el ojo ajeno y desconociendo la viga del propio. En una Colombia reconciliada todos los que fueron contendores deberían caber, incluso en el mismo espacio físico. Por eso es censurable la falta de acción de un gobierno local que cuenta con medios para desarrollar proyectos que rescaten y conserven nuestra memoria.

Al Alcalde parece no interesarle el patrimonio de la ciudad. Con su indiferencia permitió que durante el paro se desmantelara buena parte del equipamiento urbano. Ese desprecio se extiende a las estatuas y los bienes culturales; no ha comprendido que sus procederes lo están enredando a él, al Secretario de Cultura y a otros de sus colaboradores. Las responsabilidades penales y fiscales podrían tocar a sus puertas.

La estatua de Belalcázar, la primera máquina del ferrocarril y los elementos que conforman esos conjuntos monumentales son bienes de interés cultural inventariados en el POT y confiados al gobierno local. Este no puede escamotearlos, ni cambiarlos, ni permitir que se demeriten o desaparezcan. Si en estos casos el alcalde y sus funcionarios dieron lugar a afectaciones con valor pecuniario, cometieron peculado culposo. Y si alteran su emplazamiento, sus placas conmemorativas o símbolos incurrirán en prevaricato.

Sigue en Twitter @antoderoux

Lee todo el contenido de El País sin límites. Suscríbete aquí
VER COMENTARIOS