Gorgona y paz

Gorgona y paz

Enero 23, 2015 - 12:00 a.m. Por: Angela Cuevas de Dolmetsch

Después de 39 días del ataque guerrillero al puesto de policía de Gorgona, y haber cerrado la instalación turística, El María Patricia, barco pionero de buceadores, comandado por el lobo de mar Harold Botero arribó a la Isla. Como los antiguos navegantes, desde tempranas horas nos alistamos en la proa para cerciorarnos que sí existía, que no había desaparecido o sucumbido ante los embates de la guerra. Queríamos tocarla, explorarla, preguntarles a los escasos habitantes si todo estaba bien, si los micos habían regresado a sus refugios y si las babillas habían sobrevivido la contaminación de la pólvora. Los tiburones y las mantas huyeron despavoridos junto con los escasos turistas ojalá para volver en un futuro cercano pero el mero gigante, residente permanente del Planchón seguía allí, orgulloso, seguro de si mismo, sin abandonar su morada, desafiando la violencia como lo hacen nuestros indígenas cuando las balas asesinan los acosan.Dicen que hay cese al fuego, pero los coletazos también acaban con el país. La Armada está presente, el patrullero del Ejército, los comandos especiales contra guerrilla, los camuflados mimetizándose entre la selva feroz. Las grietas de la guerra se ven en sus rostros jóvenes, asumen su trabajo con valentía y están agradecidos por la visita que llega a romper la monotonía del día a día. Hablamos de la posibilidad de certificarse como buzos, sería un premio pequeño a la dedicación de nuestras Fuerzas Armadas, pero no hay donde quedarse. Aviatur, el operador turístico alegó fuerza mayor para acabar el contrato y los instructores tendrían que aprovechar los viajes de buceo de fin de semana para dar los cursos. La estación de buceo está abandonada y se teme que si la concesión turística no se adjudica pronto, la humedad y el clima inclemente podrían acabar con el complejo que con tanto amor construyó el señor Besudo.Hay una calma chicha como en todo el país, mezcla de la desconfianza y la incertidumbre que generan los diálogos de La Habana. ¿Será que el presidente Santos logra convencer a los insurgentes de parar la masacre? O, ¿es que Uribe tenía razón, para lograr la paz hay que ganar la guerra? Y aún más grave, ¿cómo será la Colombia de la postguerra, dónde irán a vivir los guerrilleros, quién les va a dar puesto? ¿Podría ser Clara López la próxima presidenta o tendremos que aguantarnos a un comandante verde y no tan ‘maduro’ para terminar en la ruina como Venezuela? Todas estas preguntas alteran el sosiego de colombianas y colombianos que no queremos el sacrificio de nuestro bello país. *** Se nos fue Germán Patiño adalid de la cultura. Cómo nos vas a hacer de falta.

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