Una experiencia olvidada

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Una experiencia olvidada

Julio 10, 2013 - 12:00 a. m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

El tema central que se encuentra en juego en este momento en las negociaciones de La Habana con las Farc toca aspectos absolutamente fundamentales para la reconstrucción de este país: la reparación de las víctimas, la sanción de los responsables y la construcción de la verdad. Y no va a ser tarea fácil encontrar la proporción adecuada entre todos ellos porque querámoslo o no la construcción de la paz implica asumir el sacrificio de algunos valores esenciales y aceptar alguna dosis de impunidad. El problema consiste en definir cuanto sacrificio es posible aceptar para que lo sucedido no vuelva a repetirse.Colombia tiene en su haber histórico una experiencia a este respecto que no debe olvidarse. La llamada ‘Violencia’ de los años 1950 enfrentó a liberales y conservadores y dejó no menos de 200.000 muertos. Para poner fin al conflicto se ideó el Frente Nacional, bajo la idea de que los enfrentamientos cesarían si ambos partidos alternaban y compartían el ejercicio del poder. Sin embargo, este acuerdo fue al mismo tiempo una amnistía implícita y un pacto de perdón y olvido. La idea era hacer ‘borrón y cuenta nueva’ porque, a juicio de sus promotores, cualquier reminiscencia de lo sucedido podía contribuir a revivir las heridas que se querían restañar. Y así fue en efecto. El Frente Nacional se montó sobre la base de una total impunidad con respecto a los crímenes de los años anteriores, sólo alterada por la publicación en 1962 del libro ‘La Violencia en Colombia’, de monseñor Guzmán (y otros), que causó gran escándalo en el país.La reparación de las víctimas de la ‘Violencia’ fue bastante precaria porque los pocos programas gubernamentales que se pusieron en marcha fracasaron rápidamente. Los miembros de las élites políticas que habían participado activamente en los enfrentamientos y habían tenido claras responsabilidades en su promoción y desarrollo terminaron ‘reciclándose’ en la vida política como candidatos presidenciales, líderes políticos, ministros de Estado, alcaldes de grandes ciudades. Y a través de la Gran Prensa se estableció un pacto implícito para tratar de borrar del encadenamiento histórico nacional el significado de esa época, con base en la idea de que la responsabilidad estaba en la ‘dictadura atroz’ de Rojas Pinilla y no en los líderes políticos de los partidos tradicionales.El Frente Nacional contribuyó efectivamente a poner fin a los enfrentamientos partidistas pero al poco tiempo la violencia renació bajo otras formas. El espectro de lo sucedido en esa época siguió estando presente en las mentalidades primarias de los campesinos colombianos. Las nuevas violencias se alimentaron de las venganzas de los hijos y sobre todo los nietos de las víctimas. Los mismos crímenes atroces se volvieron a repetir. Las guerrillas que aparecen en los años 1960 se instalaron en las antiguas zonas de conflicto. Las Farc provienen de los años 1950 y deben mucho de su persistencia, precisamente, a los rencores y resentimientos contra las élites que la ‘Violencia’ dejó en los sectores populares. Y desde finales de los años 1970 estamos en una situación de proporciones muy similares a la que vivimos entre 1946 y 1965.La pregunta que nos debemos hacer es hasta qué punto el hecho de que no se hubiera reparado a las víctimas de la ‘Violencia’, no se hubiera identificado y castigado sus responsables y no se hubiera hecho un esfuerzo por reconstruir la verdad de lo sucedido, han sido factores fundamentales para que la violencia renazca con tanta fuerza en los años 1980 y siga presente. Me atrevería a afirmar que Colombia paga hoy en día un precio muy alto por no haber podido solucionar de manera debida lo sucedido en aquella época. Esta es la gran lección que no debemos olvidar cuando nos enfrentamos ahora a la desmovilización de los paramilitares o a las negociaciones con las guerrillas. Ignorar la historia es condenarse a repetirla, dice el dicho popular.

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