Camilo

Febrero 24, 2016 - 12:00 a. m. 2016-02-24 Por: Alberto Valencia Gutiérrez

La semana pasada se llevaron a cabo varias conmemoraciones de los cincuenta años de la muerte en combate del cura Camilo Torres, en un remoto lugar del departamento de Santander. Sin desconocer que se trata de un personaje que tuvo una alta significación en un momento dado, como muchos lo han señalado, hay que reconocer que muchos de esos homenajes resultaron poco satisfactorios por lo difícil que es valorar y entender su figura a la luz de nuestra actualidad. La vida de Camilo, antes de su ingreso a la guerrilla del ELN, resalta de manera notable por su compromiso con los pobres; por su afán de romper las estructuras anquilosadas de la jerarquía eclesiástica del momento; por su oposición a unas elites políticas totalmente ciegas frente a la precaria situación de la inmensa mayoría de los colombianos que vivían en la exclusión social; por su intento de dar un contenido social y popular al mensaje evangélico. La inmensa movilización que promovió gracias a su carisma, a su sotana y a su don de gentes, conmovió al país y lo puso a reflexionar. Sin embargo, la pregunta difícil de responder es por las razones que llevaron a este hombre, dotado de un gran capital social y cultural, a considerar que la única solución posible era la vía armada.Y la respuesta tal vez se encuentre en una ponencia que presentó en el I Congreso Nacional de Sociología, realizado en Bogotá en 1963. Camilo señala allí, con base en su formación de sociólogo, que la “Violencia” de los años 1950, la que enfrentó a liberales y conservadores y en la que murieron más de 200.000 personas, constituía un “factor importante de cambio social”: los campesinos, tradicionalmente aislados, organizaron comunidades, tomaron conciencia de su situación, desarrollaron liderazgos nuevos, rompieron las estructuras vigentes. Camilo lee la “Violencia” en “clave positiva”, como queriendo decir que, a pesar de los todos sus horrores, este proceso social produjo algunos resultados valiosos. Y de allí a considerar la violencia como “partera de la historia”, y a justificar la drástica decisión de enrolarse en un grupo armado, solo hay un pequeño paso.El hecho es que Camilo solo marginalmente se refiere en su texto a la dimensión “patológica” de este proceso social -según sus propios términos- y parece no darse cuenta de lo que significó como ruina y humillación del propio campesino, como estrategia para mantener al pueblo rural en su abyección y garantizar la continuidad de un orden social oprobioso. No menciona el carácter fratricida del enfrentamiento entre liberales y conservadores ni el horror de los crímenes. Algunos sectores de las elites políticas sabían muy bien que la mejor manera de mantener el control sobre los sectores populares consistía en ponerlos a pelear y a matarse entre ellos mismos, como ocurrió en ese momento y sigue ocurriendo hoy en día. Una mayor conciencia del carácter regresivo y reaccionario de esa violencia habría llevado a Camilo en otra dirección.Hoy en día sabemos con claridad lo que ha representado la violencia para nosotros en más de sesenta años. Y eso nos obliga a reinterpretar el significado de su figura. Su decisión de irse para el monte, para hacerse matar y convertirse en mártir, más que la búsqueda de algo nuevo, era tal vez la expresión límite de una profunda desilusión con las posibilidades de un cambio social por las vías institucionales. El torbellino de la violencia lo arrastró. Y por eso Camilo, más que una esperanza, es símbolo de una gran tragedia nacional, que considera que la violencia es la única vía posible para realizar en este país el cambio social.

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