Llano infinito

Enero 09, 2018 - 11:40 p. m. 2018-01-09 Por: Álvaro Guzmán Barney


En un corto receso de fin de año aproveché para recorrer, parcialmente, la única parte del país que no había tenido la oportunidad de conocer: la región del Llano de los departamentos del Meta y Casanare. Grata experiencia de la que quiero compartir algunas impresiones.

El viaje de ida lo hice vía Bogotá y Sogamoso, usando la vía que pasa entre el Quindío y el Tolima, por el paso de la Línea. Este trayecto lo hice de ida y de regreso. Es incomprensible e injustificable que este tramo tan importante para la economía colombiana se encuentre tan atrasado como infraestructura vial. En un año, es muy poco lo que se ha avanzado, no parece que se esté trabajando en los túneles, hay varios viaductos no terminados y se nota ya deterioro en las construcciones. Esta carretera es un indicador de nuestro atraso, en medio de una jerga vacua de ‘competitividad’ que ya lleva varios años.

De Sogamoso a Yopal, pasando al lado de la laguna de Tota y subiendo hasta el páramo (¿de Pisba?), se transita por una carretera en buen estado, que ha tenido recientemente una inversión importante aunque tiene algunos pasos deteriorados, pero manejables por un automóvil de ciudad. Es una carretera que pasa por unos paisajes hermosos en la parte andina de Boyacá y que depara una sorpresa inimaginable cuando se llega a ‘Pajarito’ y claramente, ya en el pie de monte llanero, a Aguazul.

El poeta Carranza, en su oda al Llano, describe muy bien esa sensación de grandeza y de fuerza que le produce al visitante este territorio inmenso, lleno de puertas sin puertas. Puede ser una sensación similar a la que nos produce el mar por primera vez, pero en este caso con una naturaleza con rasgos de riqueza inigualables. En el Llano, las carreteras son muy buenas, por lo menos hacia Yopal y Orocué, o bien hacia Villavicencio y Puerto Gaitán. Eso sí, con un intenso y aburrido tránsito de camiones cisternas cargados con petróleo.

Al entrar al Llano, la sensación de grandeza se mantiene, pero se matiza: hay hatos ganaderos muy grandes, siembras considerables de arroz y de palma de aceite. Se hace notar un problema que amerita cuidado y planificación muy pronto. En efecto, se nota degradación de los suelos que parecen pobres, en algunos casos erosión. Los bosques de morichales y las ciénagas se han visto afectados por la ganadería y los cultivos industriales. De esto son conscientes los pobladores de la región, aunque condescendientes por la idea que manejan de progreso.

En Villavicencio, tuve el privilegio de llegar al hotel de la antropóloga Nancy Espinel y de recorrer la ciudad con su socio y amigo, el arquitecto Ángel Núñez, formado en Univalle, quien se ha preocupado por recuperar el patrimonio urbano: casas, espacio público y los andenes del centro por donde se puede caminar de manera placentera.

La paradoja con la infraestructura vial, fue tomar rumbo entre Villevicencio y Bogotá por una carretera con varios viaductos y túneles imponentes, uno de ellos de 7 kms, que en dos horas llevan al interesado a Bogotá, para pasar enseguida otras dos horas, esta vez atravesando la ciudad capital.

Quedé ciertamente ansioso por volver al Llano, por compartir más despacio con sus pobladores y escuchar otra vez el joropo cantado al atardecer por los vaqueros. Es posible que los llaneros hayan sufrido consecuencias de desempleo con la baja del petróleo, pero, por otro lado, están recibiendo turismo nacional e internacional en forma. Hay almorzaderos, estaderos y alojamiento por doquier. Su amabilidad es muy grande y la conversación se mueve entre los recuerdos, la necesidad de doblar la página sobre el conflicto armado y la búsqueda de un mejor vivir.

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