En blanco pero institucional

Mayo 01, 2018 - 11:40 p. m. 2018-05-01 Por: Álvaro Guzmán Barney

Todo indica que las preferencias electorales se inclinarán tal y como esbocé hace un mes: a favor de Gustavo Petro, por la izquierda y de Iván Duque, por la derecha. Sobre el primer candidato, indiqué que no lo apoyaba por su talante autoritario y por su incapacidad demostrada para el buen gobierno. Es un político más que un estadista. Sobre el segundo, no me preocupan su juventud ni su falta de experiencia. Mis objeciones tienen que ver con el programa que defiende, en el que se habla de todo superficialmente y algunas veces de manera inconsistente y populista, como en el caso de la reducción de impuestos y el aumento de salarios, con un denominador común: busca mantener los privilegios arraigados de tiempo atrás en la sociedad y que están en la raíz de la desigualdad social en Colombia. Pero mi diferencia central con su candidatura tiene que ver ante todo con el entorno político que lo acompaña, del cual se dice que puede ser un títere, especialmente del líder máximo del Centro Democrático. Su lógica política va encaminada al revanchismo con el gobierno de Santos, a desconocer los Acuerdos de Paz de la Habana y a debilitar todo aquello que signifique justicia y lucha contra la impunidad. Se requiere algo de memoria para recordar cómo se originó esta vertiente política, quiénes la apoyaron, cómo buscaron perpetuarse en el poder modificando ilegalmente principios constitucionales y cómo buscaron disolver el poco de institucionalidad legal con la que contamos.
Preocupa sobre manera que el candidato Duque no pueda contrarrestar esta fuerza debilitadora del Estado de Derecho en la que se encuentra inmerso. En suma, votaré en blanco en la segunda vuelta, si hay que elegir entre estos dos candidatos.

Votar en blanco es una modalidad democrática que significa desacuerdo con las opciones existentes, derecho a la oposición y también defensa de la institucionalidad del Estado, todos temas importantes para la sociedad colombiana. En gran medida, lo que manifiestan las elecciones en nuestro país es una gran incapacidad ciudadana y política para asumir un rol de oposición. A la hora de la verdad, todas las opciones, incluyendo las de izquierda, no se contentan con participar en el Parlamento y hacer oposición, sino que buscan de una u otra manera acceder al Poder Ejecutivo del Estado. No se asume el valor estratégico de la oposición en la democracia, seguramente porque no se espera vivir como político con un salario, sino que se busca más bien vivir del lucro que significa participar del presupuesto estatal. Esta ha sido una modalidad tradicional de enriquecimiento en Colombia, desde hace mucho tiempo. Por esta razón se requiere darle contenido y prestigio renovado al papel de la oposición, dentro del sistema democrático.

La anterior reflexión conduce a un planteamiento que no puede considerarse oportunista. Se trata, en las circunstancias actuales, de defender la institucionalidad colombiana, independientemente de quién resulte vencedor en la contienda electoral. Lo más probable es que esto se haga desde la oposición, como ya se comentó, pero en función del interés colectivo, del cual debe ser garante el Presidente, cualquiera que sea su proveniencia partidista. En otras palabras, a partir del 7 de agosto, se debe promover el interés nacional y el bienestar de los colombianos.
Sobre esto aparecen de nuevo las convergencias y divergencias, pero juzgadas con un rasero diferente y se espera que menos impregnado por los amores y odios personales que han caracterizado el presente debate y la manera como se viene haciendo la política, en Colombia y en otras partes del mundo.

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