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No nos descuidemos

Marzo 28, 2021 - 11:35 p. m. 2021-03-28 Por: Alejandro Éder

La semana pasada tuvo un sabor amargo que hace rato no sentíamos, por lo menos no en tal intensidad. Es cierto que, si bien la violencia había menguado en años recientes, no había cesado como lo muestra el asesinato de líderes; los desplazamientos forzosos; el reclutamiento de menores; y un sinnúmero de bandas criminales y disidencias delinquiendo. Sin embargo, la ola netamente terrorista que vivimos la semana pasada la sentimos diferente.

En el Valle y el Cauca, la semana comenzó con el secuestro, como en viejos tiempos, del empresario y ciudadano de bien Jimmy Mejía, con reten falso y quemada de carro. Luego, varios días de combates en el norte del Cauca por la zona de Corinto y Caloto entre la fuerza pública, disidencias de las Farc y el Eln. El cierre fue un carro bomba horrendo al frente de la alcaldía de Corinto, cuya ubicación y hora de detonación fue calculada con sevicia terrorista para afectar la mayor cantidad de ciudadanos. 43 lesionados, varios de gravedad.

Todo esto ocurrió con la cortinilla de fondo de los intensos combates en el estado fronterizo venezolano de Apure entre las fuerzas militares de ese país y un grupo disidente de las Farc, que generó miles de desplazados hacia Colombia. Es de anotar que el grupo en cuestión no se quiso alinear con la llamada “Segunda Marquetalia” liderada por ‘Iván Márquez’ y ‘Jesús Santrich’, lo cual genera dudas del porqué de semejante ofensiva cuando al Chavismo nunca le ha preocupado la presencia de guerrillas colombianas en su territorio.

Lo complicado, es que esta situación se vive en algunos de los lugares más apartados del país pero la Colombia urbana pretende interpretarla con el criterio ideológico del mundo político y no como la guerra criminal que amenaza la paz de todos. Es decir, el denominador común de toda la violencia de esta semana, así como la que vivimos hace unos 5 años se debe en un 90% a guerras entre organizaciones criminales que quieren controlar fuentes de lucro perversas y gigantescas. Y la mala noticia para nosotros en Cali y el Valle es que el grueso de ellas está en el Suroccidente.

Según la ONU, más del 50% de la coca en Colombia está sembrada en Cauca, Nariño y Putumayo, y según el Gobierno de Estados Unidos, el 74% de la cocaína que sale de Colombia hacia ese país lo hace por el Pacífico, no por Venezuela como piensan muchos. Para darles idea del dinero involucrado, Estados Unidos estima que en 2019 Colombia produjo 936 toneladas de cocaína. En el conocido ‘Caso Santrich’ se negociaron 10 toneladas del alcaloide por US$15 millones. Es decir, US$15 mil por kilo. Esto significa que la producción de cocaína de Colombia vale $14 mil millones de dólares, más o menos el 4,3% del PIB nacional. Sí a ese número le sumamos la plata de la minería ilegal -que algunos estiman que tiene ingresos mayores a las del narcotráfico- empezamos a entender lo que hay detrás de tanta matanza.

A pesar de esto, el país no está actualmente en la situación desesperanzadora y sin salida en que estábamos hace unos años.
Colombia es hoy un país diferente, y los colombianos tenemos expectativas diferentes. Pero si nos descuidamos, y permitimos que nos desunan y politicen insinuando que “esto es por la paz de Santos” o “se debe al guerrerismo uribista”, en vez de enfocarnos comprender y derrotar este ciclo naciente de violencia, podemos perder el control.
Apoyemos decididamente a las autoridades del orden y trabajemos por una solución integral en democracia, que no permita que se arraigue de nuevo el terror en Colombia.
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