Primer doctor en sociología

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Primer doctor en sociología

Febrero 18, 2020 - 11:40 p. m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

La sociología institucional en Colombia nació en 1959 con la creación del primer programa de estudios en la Universidad Nacional por parte de un equipo comandado por Orlando Fals Borda, el ‘paterfamilias’ de esta disciplina en nuestro medio. El pasado viernes, 60 años después, graduamos el primer doctor en sociología del país en la Universidad del Valle, con una tesis llamada ‘Cultura y barbarie. Los avatares de la saga del narcotráfico en Cali, 1960-2018’. Un jurado internacional compuesto por los profesores Daniel Pécaut de Francia, Gerard Martin de Holanda y Luis Carlos Castillo de nuestro grupo, le dio al trabajo la mención de Summa cum laude, la máxima distinción que se otorga en el mundo académico.

El autor del trabajo, el estudiante Gildardo Vanegas, nos presenta una minuciosa descripción de las siete ‘generaciones’ de narcotraficantes que, de acuerdo con su investigación, se han sucedido en esta ciudad desde sus inicios en los años 1950 hasta la actualidad. El observador espontáneo, el hombre de la calle que recibe informaciones sobre esta materia, se imagina que el narcotráfico es la misma cosa, independientemente de los actores comprometidos. Más aún, cuando se hace referencia a esta ciudad, por lo general se habla sólo del llamado ‘Cartel de Cali’ y se reduce su complejidad.

El trabajo de Gildardo, por el contrario, nos permite ‘descartelizar’ la historia de esta práctica y nos muestra la manera como se han ido conformando equipos que irrumpen, tienen un auge promedio de 13 a 15 años y son sustituidos por otros protagonistas, que toman el relevo. El negocio ha pasado por diversas ‘mutaciones’ para adaptarse a nuevas coyunturas y a múltiples exigencias externas e internas. La conclusión es que mientras tengamos una actividad con estrambóticas tasas de ganancia, muy por encima de las tasas de mercado, siempre tendremos quién reasuma el negocio cuando las circunstancias cambian.

El panorama de las siete generaciones nos permite ver la diversa procedencia de estos personajes, la variedad de vínculos con actividades y con aliados ilegales, las relaciones con las guerrillas, el tipo de tráfico (marihuana, coca, heroína), el carácter del mercado (externo o micro tráfico), la influencia de cada uno de ellos en las élites locales y su grado de integración a la sociedad regional y, sobre todo, el diverso uso de la violencia, que en un principio fue moderada pero que se ha hecho cada vez más intensa. El trabajo nos permite ponderar el peso específico y las características de las violencias originadas en el narcotráfico en el conjunto de las violencias locales.

Además, una investigación tan exhaustiva y de detalle como esta permite dejar de lado muchas de las ideas estereotipadas que se han construido alrededor de este negocio. No es cierto que los ilegales se ubiquen por fuera de la sociedad, que sean portadores de contravalores o antagonistas del orden social. Por el contrario, “utilizan los mismos valores, proceden de la misma matriz cultural, establecen relaciones intensas con los legales” y en ningún momento, a pesar de estar contra la ley, pretenden cambios radicales. Sus formas de influir en las prácticas económicas, sociales, políticas y culturales han sido enormes, como parece bien ilustrado en el texto (entretenimiento, arquitectura, estética mafiosa, forma de consumo, inversiones productivas y así por el estilo), o de favorecer procesos de movilidad social y redemocratización de la riqueza.

La investigación recoge de manera exhaustiva las fuentes documentales que existen sobre el tema, pero también entrevistas. Que sea la ocasión para agradecer a las directivas de El País por la acogida que nos dieron a Gildardo y a mí, como director de la tesis doctoral, para revisar en sus archivos la prensa entre 1950 y 2018. La Universidad del Valle publicará muy pronto este trabajo en forma de libro.

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