La paz esquiva

La paz esquiva

Octubre 03, 2018 - 08:27 a.m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

La Universidad del Valle lanzará en la próxima Feria del Libro del Pacífico, la última semana de octubre, el primero de una serie de libros relacionados con la ‘Violencia’ de los años 1950, preparados por un grupo de profesores con base en nuevas fuentes documentales. Su nombre es ‘La entrega de armas de las guerrillas del Llano’ y consiste en una colección de fotos y documentos inéditos acerca de lo que sucedió en esa región del país en el momento en que se desmovilizan 1474 insurgentes entre los meses de septiembre y octubre de 1953. Una presentación y una cronología ofrecerán al lector todos los elementos de juicio necesarios para la comprensión del texto.

El primer proceso de negociación con alzados en armas que se lleva a cabo en Colombia se produce en el momento en que llega Rojas Pinilla al poder el 13 de junio de 1953. El país ardía consumido por una violencia atroz que en los siete años anteriores había dejado más de 150.000 muertos. Se calcula que el número de combatientes activos que había en ese momento era cercano a los 80.000. La llegada del nuevo Presidente, en reemplazo de Laureano Gómez y Roberto Urdaneta, despertó toda clase de ilusiones y creó las condiciones para la pacificación.

El nuevo gobierno instauró un lenguaje de reconciliación. Los alzados en armas comenzaron a ser asumidos como “fuerzas rebeldes y beligerantes con las cuales era por lo menos concebible negociar”. Se reconocía que se habían cometido muchos errores tanto por parte de los insurgentes como por parte de las autoridades gubernamentales y que detrás de los enfrentamientos existían razones sociológicas de fondo, que era necesario afrontar y transformar. Las propuestas tuvieron plena acogida y en pocas semanas regresaron sigilosamente a sus lugares de origen, en buses y camiones, multitudes de campesinos que abandonaban sus guerras en diversos lugares del país.

La voluntad de paz de Rojas era positiva así las entregas no necesariamente se llevaran a cabo de manera limpia y transparente y la conducta de las Fuerzas Militares no siempre fuera homogénea, clara y coherente con los objetivos de la pacificación. La nueva política se convirtió en fuente fundamental de legitimidad del nuevo gobierno, al menos durante los primeros 18 meses. Y hubo que esperar 29 años, hasta la llegada de Belisario Betancur a la Presidencia en 1982, para que de nuevo apareciera en cabeza del Estado una voluntad de paz que reconociera las ‘causas objetivas’ del conflicto y no lo considerara simplemente como un problema de delincuencia o de terrorismo.

Después de concluidas las entregas de armas en los Llanos, las condiciones sociales que dieron origen a la insurrección no variaron significativamente. El gobierno incumplió buena parte de sus promesas y la reconstrucción económica de las zonas afectadas se quedó a mitad de camino. Los caciques regionales impulsaron una persecución contra los sectores de la población que seguían luchando por reivindicaciones sociales o contra los antiguos combatientes. Guadalupe Salcedo, el símbolo de la rebelión llanera, es asesinado el 6 de junio de 1957 en Bogotá y Dumar Aljure, quien había regresado a la lucha ante el incumplimiento de las promesas, muere sitiado por el Ejército el 5 de abril de 1968 en Rincón de Bolívar (Meta).

Un lugar común dice que quien no conoce la historia está condenado a repetirla. Pero lo que observamos aquí es todo lo contrario: es increíble que después de tanta agua que ha corrido bajo los puentes, las historias se repitan. Todavía seguimos en procesos de negociación con los alzados en armas. Todavía el Estado sigue incumpliendo sus promesas. Todavía se siguen asesinando líderes sociales y reinsertados. Todavía siguen vigentes las dificultades de la paz y la reconciliación: 65 años después.

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