El padre sol

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El padre sol

Diciembre 26, 2019 - 11:50 p. m. Por: Alberto Valencia Gutiérrez

El sol, nuestro padre sol cantado por todas las culturas, es una estrella como cualquier otra -con un ciclo de crecimiento, auge y caída- que tarde o temprano se apagará. Nuestra vida en la tierra depende en buena medida de este ‘instante en el tiempo’ en que podemos aprovechar de esa fuente que nos da la vida. Según los cálculos estamos a mitad de camino y aún nos quedan 4000 millones de años, tiempo suficiente para resolver los grandes problemas de nuestra convivencia, que no nos amenazan tanto desde afuera como desde adentro, desde nuestras propias formas de existencia. Más aún, llegado el momento habrá que encontrar la manera de ‘mudarnos’ a otro lugar del universo, por fuera del sistema solar, que presente condiciones similares a las de la tierra, donde podamos seguir disfrutando de los logros de nuestra civilización, antes de que llegue el apocalipsis, que las religiones tanto se complacen en anunciar.

¿Y cuáles son esos ‘grandes problemas’ que tenemos que resolver? Al menos tres: acabar con la pobreza, para que no haya en el mundo personas que mueren de hambre por carecer de los mínimos recursos para su subsistencia; controlar la agresividad, para no seguirnos matando de manera insensata y absurda por el control de un pedazo de tierra; y defender nuestra casa, el planeta en que vivimos, porque de no hacerlo se abreviará enormemente el ciclo de vida de la humanidad y tendríamos que adelantar la ‘mudanza’ a otro planeta.

Sin embargo, las noticias no son las mejores. Los seres humanos parecemos empeñados en hacer cada vez más invivible el entorno en que habitamos. Hay un millón de especies de animales y plantas en peligro de extinción, nuestras actividades han alterado el 75% de la superficie de la tierra y el 66% de los océanos, de acuerdo con los informes de la Plataforma Intergubernamental de Biodiversidad y Servicios Ecosistémicos (Ipbes), entidad encargada del cuidado de la diversidad biológica. La temperatura se ha alterado significativamente como resultado de la pérdida de la capa de ozono, que nos protege. Nuestra vida depende de las plantas pero la deforestación es cada vez mayor. El año que termina las llamas acabaron devorando parte de la Amazonia, el más importante de nuestros pulmones y algo similar ocurrió en otros lugares. Los polos y los páramos se deshielan amenazando las costas y las poblaciones ribereñas.

La naturaleza misma no es la responsable del desastre sino nuestras formas de organización social y un capitalismo desenfrenado, no sometido a controles, que penetra en todos los ámbitos en búsqueda de ganancias, sin pensar en las consecuencias. Los grandes países del mundo responsables de la emisión de gases de efecto invernadero (Rusia Estados Unidos, China e india) no parecen muy interesados en poner coto a esta carrera loca hacia el abismo y sus dirigentes parecen no tener conciencia alguna de la responsabilidad que les compete.

También la pobreza y la violencia dependen de formas de organización social, que las hacen posible. Los seres humanos no somos malos o buenos de por sí sino dependientes de condiciones sociales que nos llevan a los extremos más inauditos de altruismo o de sevicia, indistintamente. Y por este motivo la única manera de erradicar la agresividad -constitutiva de lo que somos- consiste en crear instituciones que permitan su regulación y su encauzamiento hacia fines loables.

El año 2020 debería ser declarado el año del medio ambiente. No podemos permitir que unos dirigentes delirantes destruyan los pocos logros que hemos alcanzado en la regulación de los abusos contra la naturaleza, como el llamado Acuerdo de París, firmado hace pocos años, en 2016, en una conmemoración simbólica llamada Día de la Tierra, y del que Estados Unidos anunció su retiro bajo el liderazgo de un presidente enloquecido. Ahora estamos en manos de las nuevas generaciones que, a diferencia de la insensatez de las nuestras, sí parecen tener una nueva conciencia ambiental. Un feliz año para todos.

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