Los abuelos no lo supieron

Los abuelos no lo supieron

Septiembre 10, 2014 - 12:00 a.m. Por: Alberto Silva

Como anillo al dedo les ha caído a los docentes y alumnos de escuelas y colegios, el libro ‘Mis Tesoros Palmirindios’, obra editada por los grupos educativos de Inciva y la Fundación Ecoparque Llanogrande de Palmira, con el objeto de dar a conocer gran parte de la historia oculta precolombina del Valle del Cauca, sólo hasta ahora rebelada en especial estilo didáctico que causa admiración. La historia de los habitantes del valle geográfico del río Cauca, anterior a la Conquista española, nunca la conocieron los abuelos. Hasta hace poco tiempo no contaba la región con universidades ni con los elementos técnicos, ni arqueológicos para estudiarla y saber de ella. Los abuelos apenas sospecharon que existía. Por eso jamás nos la pudieron contar. Ellos en su tiempo no sabían que dos mil años atrás existió una floreciente sociedad indígena establecida en territorio palmirano, que había desaparecido como por ensalmo. Solo en 1992, el hallazgo arqueológico ocurrido en el predio rural de Malagana, en el corregimiento del Bolo San Isidro,  reveló la existencia de un cementerio que contenía gran cantidad de elementos de alfarería y orfebrería, incuestionable certificado de tradición y fe de bautismo de aquella sociedad indígena. A los arqueólogos les tomó su tiempo para analizar detenidamente los vestigios encontrados y reconstruir su historia.El arado de un tractor que preparaba la tierra para un cultivo en la finca Malagana, fue lo que permitió el afortunado descubrimiento del antiguo cementerio a través del cual se pudo conocer que más de dos milenios antes, había palmiranos con grandes conocimientos de la agricultura, el manejo del oro, del agua y el barro, quienes enterraron en sus tumbas apreciable cantidad de objetos que han causado perplejidad del mundo entero.Esos indígenas palmiranos no eran como los habitantes de hoy y ese es el encanto del libro, que nos enseña la razón por la que somos diferentes. Como fueron previsivos, guardaron con mucho cuidado sus objetos y restos mortales, para que pudiéramos conocer sus costumbres y entenderlos. De esta manera nos facilitaron más conocimientos acerca de nuestro común origen.Algún niño al hojear la obra decía: “Nuestros padres se van a sentir muy felices cuando les podamos explicar lo que nuestros abuelitos a su vez no les pudieron contar. Además, cuando seamos grandes, vamos a contarles a nuestros hijos con mucho orgullo, esta historia tan interesante y rica de nuestra querida tierra”. Por estos años de estío e inundaciones sin control en todas partes del país, es preciso recordar el hábitat disfrutado por las tribus indígenas que nos precedieron y la cultura que nos dejaron. Un contraste increíble. Grandes selvas los rodeaban cargadas con recursos aparentemente inagotables que les ofrecían cualquier cantidad de productos alimenticios, los cuáles parecían suficientes para la población indígena de esos tiempos, pero sus expectativas de vida eran muy cortas comparadas con las de ahora. De igual forma el censo poblacional era muy inferior al de hoy, y ahora la diferencia es muy amplia: decenas de millones de habitantes.No se pueden comparar entonces las dos situaciones al mismo tenor. Por eso mismo debemos hoy considerar en serio el desarrollo sostenible, que abarca un manejo técnico y científico de nuestros recursos naturales y el control también científico de la natalidad, si queremos mitigar el calentamiento global ocasionado por razones suficientemente conocidas que demandan nuestro total empeño para afrontarlo.Es reconfortante que las dos instituciones hayan comenzado por el principio: la educación, para enfrentar los grandes retos de la humanidad, como son detener el calentamiento global y acelerar el desarrollo sostenible de las naciones, sin los cuales no será posible la vida en el Planeta en un futuro muy cercano.

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