El pintor abanderado

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El pintor abanderado

Abril 14, 2019 - 11:35 p.m. Por: Alberto Silva

Uno de los abanderados de las tropas patriotas para el combate de El Palo fue el santafereño José María Espinosa, quien se destacaría por su valor en la batalla y curiosamente dibujó años después el famoso cuadro: Batalla del río Palo. Valiosa obra guardada con todo esmero por el Museo Nacional de Colombia en Bogotá.

Afortunadas coincidencias se dieron para que Espinosa estuviera presente en aquella batalla. Él había sido abanderado de las tropas centralistas del general Nariño cuando se enfrentaron a las federalistas de Camilo Torres, dos años antes durante la primera “guerra civil” de la Nueva Granada. Acompañó luego a Nariño en su famosa travesía de la Cordillera Central junto con Cabal en toda la Campaña del Sur y estuvo presente como uno de los portadores de la bandera tricolor en las batallas del Alto Palacé, Calibío, Juanambú, Cebollas, Tasines y Ejidos de Pasto, esta última en donde cayó preso Nariño.

A partir de ese momento, actuó como soldado raso en la pavorosa retirada de Cabal hasta Popayán y luego hasta Cali, donde percibió la cordial acogida del pueblo caleño a las tropas de la Unión y que años después describiría en su libro Memorias de un Abanderado, el bello cuadro paisajístico de Cali visto desde los llanos de la Hacienda Cañasgordas:

Apenas pusimos el pie en el pintoresco y ameno valle del Cauca, cambió totalmente la decoración: campos alegres y bosquecillos agradables a uno y otro lado del camino, que en lo general era llano, sombreado por elegantes árboles y refrescado por aguas puras. Aquel era un paraíso, tanto más delicioso para nosotros, cuanto mayores habían sido las penalidades y fatigas que habíamos tenido que sufrir durante mucho tiempo por ásperas montañas y riscos inaccesibles. Pero lo que coronaba este cuadro y hacía más agradable el hermoso contraste, era la hospitalidad de los habitantes de aquella comarca que por dondequiera nos recibían bien. Desde el llano de Cañasgordas alcanzábamos a descubrir un monte espeso, que supimos era de árboles frutales, y a la medida que nos íbamos acercando distinguíamos las palmas de coco, que parecían brindarnos desde allá sus ricos frutos. Todo está sabiamente compensado en la vida: después del desierto, la tierra de promisión que mana leche y miel. Aquello era en efecto para nosotros, y sólo sentíamos la pérdida de muchos de nuestros compañeros, muy especialmente de nuestro general Nariño, cuya suerte ignorábamos.


Detrás de ese enjambre de esbeltas palmas se dibujaban a lo lejos las torres blancas de una población considerable. Cali y sus alrededores eran el hermoso paisaje que teníamos a la vista, llenos de gozo. Las mutuas felicitaciones que nos dábamos y el placer que tendríamos de atracarnos de sabrosas frutas, ya se lo figurará fácilmente el lector que haya sido soldado, o hallándose en circunstancias semejante a las nuestras. Por lo demás, ningún contratiempo experimentamos, ni de parte del enemigo ni de parte del clima o de los habitantes.

A principios de 1815, José María Espinosa integraba de nuevo el ejército de la Unión en su calidad de soldado abanderado. Combatió de manera sobresaliente en El Palo. Un año después combatiría en La Cuchilla del Tambo donde es hecho prisionero.

Después de las contiendas independentistas, José María Espinosa plasmó sobre el lienzo las imágenes de múltiples hechos y batallas, que de otra manera no habrían podido recrear los historiadores desde sus cómodos sillones en la capital de la República. Rescató del olvido las páginas más gloriosas de la campaña libertadora de la Nueva Granada, ratificando así, el magno aporte y protagonismo del Valle del Cauca, mucho antes de que el Libertador Simón Bolívar pisara por primera vez territorio vallecaucano, seis años después.

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