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El ocaso de la fiesta

Enero 03, 2021 - 06:25 a. m. Por: Alberto Silva

Todos quienes hoy ostentan 64 o más años de vida, fueron testigos de la inauguración de la Plaza de Toros de ‘Cañaveralejo’ en 1957. No sospecharon que ahí se daría en ese lapso una amplia etapa de la fiesta taurina mundial que causaría asombro en el universo hispano, evento hoy a riesgo de extinción por el Congreso de la República.

La emulación existente entre la plaza de toros ‘Agustín Barona’ de la vecina ciudad de Palmira, empujó al grupo de aficionados caleños a emprender la magna obra de la construcción de la plaza de toros de ‘Cañaveralejo’.

Hasta aquel año en Palmira se efectuaban corridas de toros, donde concurrían miles de aficionados caleños para ver a las figuras de la torería que por ese tiempo se paseaban por las mejores plazas de América. En ese entonces, sin duda alguna, Palmira ocupaba un sitio destacado en el ambiente taurino nacional y en su coso se escribían páginas memorables que aún recuerdan con nostalgia los viejos aficionados.

Eran los tiempos en que caravanas de automóviles atestados de aficionados hacían su recorrido desde Cali por la vía de Candelaria, cuando anunciaban la presentación en la plaza palmirana de los diestros: ‘El Choni’, ‘Nito Ortega’, ‘Morenito de Valencia’, Antonio Bienvenida, Luis Miguel Dominguín, Luis Procuna o ‘Cantinflas’.

Aquella rivalidad provinciana, típica de una etapa de nuestra historia ya superada, empujó al grupo caleño ‘Plaza de Toros de Cali S.A.’ a la iniciación de la construcción del monumento que tanto enorgulleció a la afición nacional.

Una hermosísima y moderna construcción en forma de copa de champaña en concreto armado, fue la esbelta figura de la plaza, levantada por prestantes caleños a orillas del río Cañaveralejo con capacidad para 17.000 aficionados, dotada de los elementos esenciales para el desarrollo de corridas de postín: cómodos tendidos, espectacular ruedo de arena dorada, enfermería con sala de cirugía, oratorio, oficinas administrativas y amplios corrales y patios de manejo de ganado y de caballerías. Su primer presidente de corrida fue don Joaquín Paz Borrero en la inauguración de la primera temporada, con un cartel formado por Joaquín Bernadó, Gregorio Sánchez, Antonio Borrero ‘Chamaco’, Juan Antonio Romero, ‘Joselillo de Colombia’ y su hermano ‘Manolo’ Zúñiga.
Se lidiaron toros de las ganaderías nacionales de Clara Sierra, Fermín Sanz de Santamaría, Ernesto González Piedrahita, Pepe Estela y Benjamín Rocha Gómez.

Quedaban abiertas las puertas de Cañaveralejo a más de seis décadas de esplendor taurino nunca visto en España y América. A tanto llegó el furor de sus temporadas, que en ellas se llegaron a dar corridas diurnas y nocturnas, hasta en 14 festejos seguidos por temporada, con todas las boletas vendidas anticipadamente en forma de ‘abonos’, cuando en Bogotá en la Santamaría apenas se daban tres o cuatro corridas por temporada.

Pisaron el hermoso albero caleño las figuras más destacadas de la torería como Manuel Benítez ‘Le Cordobés’, Santiago Martín ‘El Viti’, Paco Camino, Francisco Rivera ‘Paquirri’, Julián López ‘El Juli’ y el maestro colombiano de todos los tiempos César Rincón. Sería muy largo relacionar los diestros importantes que les alternaron en estas 64 temporadas.

Con ansiedad eran esperados en España los delegados empresariales caleños, para ajustar los carteles con que se darían las corridas de temporada en Cali. Era todo un acontecimiento. Los apoderados españoles se disputaban siempre un espacio para sus figuras en los carteles feriales de la sultana. Nacieron en el Valle del Cauca diez ganaderías de lidia que engrandecieron aún más la raigambre bovina que siempre exhibió la región desde sus inicios. Se importaron encierros de las mejores ganaderías de lidia de España y Méjico cuando disposiciones sanitarias lo permitieron. Luego vino el ocaso, como se verá en próxima entrega.

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