El éxodo

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El éxodo

Junio 23, 2020 - 11:35 p. m. Por: Alberto Silva

Para quitarle poder al Estado Soberano del Cauca, que quitaba y ponía en las trascendentales decisiones de la República, el presidente general Rafael Reyes le segregó el Valle del Cauca, acto que recibió el beneplácito de los notables de la comarca a excepción de Buga que siempre aspiró a formar rancho aparte.

Los vallecaucanos una vez triunfante su tesis ancestral de administrarse por sí solos, en 1910 se constituyen en el nuevo departamento que no era nuevo, porque siempre esta región actuó en todas las etapas posteriores a la Conquista como entidad territorial con principios de identidad únicos. Aquí se generaron gran parte de los procesos civiles, políticos y militares libertarios del país, no reconocidos tercamente por el olimpo historiador de la nación. Como colofón a la segregación de la región vallecaucana un inquieto payanés hacía este mordaz comentario con carácter de epitafio: Nos quitaron los potreros de ceba y nos dejaron la casa de la hacienda con el mangón de los terneros.

Con la llegada del ferrocarril, Cali como capital del nuevo departamento se convierte en polo de desarrollo que atrae las miradas de los colombianos, pero especialmente por su cercanía, las de los palmiranos. Palmira y Cali que distaban en tiempos anteriores seis horas a lomo de mulas, se sitúan apenas a 40 minutos a ritmo de tren. Hacia esta última, comienzan su trasteo buen número de familias palmiranas en busca de oportunidades en la capital: colegios, universidades, salud, clubes y negocios. En una interminable lista desfilan apellidos que posteriormente se confundirán en Cali con sus raizales. Algún nativo de la ciudad de las palmas en exaltación de cariñosa hermandad, llego a decir: caleño que precie de serlo, es palmirano.

Ahí van los Escobar, Carvajal, Éder, Caicedo, González, Navia, Bueno, Riveras, Materón, Barona, Molina, Madriñan, Velasco, Guzmán, Becerra y Delgado. En una segunda oleada salen los Prado, Álvarez, Nieto, Raffo, Dorronsoro, Molina, Cabal, Aragón, Cucalón, Campo, Tenorio y Tascón en una procesión de nunca acabar de familias enteras. Solo conservarán como cordón umbilical con la Ciudad de las Palmas, sus predios y negocios establecidos. No demorarán en tomar el tren los Figueroa, Durán, Ramos, Ocampo, Irurita, Barney, Rojas, Escobedo, Rosales y Barona, en fin, toda una descendencia de la tribu generadora de trabajo y esperanzas. La depauperación de mentes y de fuerza empresarial comienza a ser evidente, pero aun así se establecen nuevas empresas.
Queda la máxima del periplo de toda vida, como lo dijo el general americano Douglas Mac Arthur en la guerra del Pacifico: Volveremos.

En la década de los 40 del Siglo XX, la Segunda Guerra Mundial desplaza hacia Palmira ciudadanos alemanes quienes más adelante dejarían su impronta en la urbe: Blanari, Lassman, Kahn, Struger, Mürle y Vohigth son algunos.

El país inicia un proceso nefasto de violencia partidista que afecta especialmente a sectores cafeteros del departamento de Caldas (todavía no se habían segregado Risaralda ni Quindío) desde donde se desplazan a Palmira y Cali buen número de familias, acaudaladas algunas, pero pobres la mayoría quienes buscan en el Valle oportunidades de trabajo. La región como buena nodriza los acoge siempre. Allá vuelven por el norte los Jaramillo, primeros descendientes del tronco que había llegado de España y sentado sus reales en Cali 300 años antes y que ahora regresan al Valle con acento paisa después de amplio recorrido por otros nortes. Ahí vienen los Botero, Ochoa, Vélez, Saldarriaga, Paneso, Gómez y Posada de franco aroma cafetero. De toda la Rosa de los Vientos fluyen inmigrantes en busca de mejores oportunidades. Palmira y Cali no se las niegan. Regresan también los descendientes de los vallecaucanos (anteriormente caucanos) fundadores de la querendona, trasnochadora y morena, Pereira. Acá descansan de la persecución política, trabajan y forman honestos capitales.

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