Caña colonizadora

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Caña colonizadora

Enero 10, 2020 - 11:35 p. m. Por: Alberto Silva

Al comienzo de la invasión española al continente americano, los recién llegados no trajeron mujeres blancas para calmar la libido (el deseo sexual). Acudieron por tanto a las indígenas durante las primeras décadas y los primeros siglos. Era inapelable.

Tampoco traían edulcorante alguno para su dieta alimenticia a la que estaban acostumbrados allá en España. Al principio su vida acá en América fue simple y sin sabor a pesar de que en su bagaje genético portaban el gusto por el dulce de los jugos o guarapos de la caña de azúcar madura, solidificados después de su cocción a punto en pailas y calderos con altas temperaturas y enfriados al aire natural en forma de panelas y de bloques o panes de mieles cristalizadas, hábito juiciosamente practicado durante los mil años de haberlo recibido en Málaga y Motril de manos de los moros, y estos de los romanos, los cuales a su vez los habían también heredado desde los confines de la India y Nueva Guinea, dos mil años más atrás.

Así era la cronología de la caña de azúcar hasta cuando fue llevada por los navegantes españoles a las islas de Madeira y Canarias. Allí esperaron pacientemente a que Cristóbal Colón convenciera a los Reyes de Castilla y Aragón para navegar a Occidente y llegar a las Antillas Mayores del caribe, donde los colonos la sembraron en La Española hoy República Dominicana y convirtieron su cultivo en factor importante de la invasión europea a la América tropical. De esta manera lograron endulzar sus vidas.

Entró entonces la caña de azúcar en franca competencia con las especies del reino animal: bovinas, ovinas, equinas, porcinas y caprinas y con otras del reino vegetal, entre ellas, leguminosas y gramíneas que llegaron con los españoles. En los sitios de recría y en los viveros levantados en La Española, Puerto Rico, Cuba y Jamaica, la caña fue preponderante. De inmediato se constituyó en fuente de alimento por su contenido en carbohidratos esenciales para los humanos, en forma de panelas y mieles, lo mismo que en proteína y fibra con el forraje verde (cogollos) que proporciona a los herbívoros.

Se preparó así la caña dulce durante dos décadas, después de la llegada de Colón a las Antillas Mayores, para dar su salto final al continente americano y comenzar el heroico camino de cinco siglos hasta hoy, acompañando a españoles, aborígenes americanos y africanos en la colonización y consolidación de Colombia.

La primera expedición al interior del país desde el Atlántico, la organizó Gonzalo Jiménez de Quesada en el puerto de Santa Marta en 1536 con 800 hombres de a pie, 170 caballos y un tanto de indígenas como cargueros. Su propósito era explorar aguas arriba el río Grande de la Magdalena en busca de oro y más oro hasta el Perú. ¡Qué ilusos! La conquista del Perú ya la había logrado Francisco Pizarro cuatro años antes por mar y los expedicionarios samarios se encontraban a enorme distancia de aquel país. Ni Jiménez de Quesada ni su gente tenían la menor idea que el oro buscado lo llevaban sus indios cargueros a cuestas sobre los hombros en forma de estolones (tallos) de caña miel o caña de azúcar que ya habían aprendido a sembrar con esquejes en los primeros cultivos efectuados en el puerto atlanticense.

En el recorrido de la expedición, en los sitios de descanso donde se detenían para reponer su andar, sembraban matas de caña como mojones señaladores del sendero de regreso que encontrarían meses después ya crecidos para proveerlos con el dulce de sus jugos. Así al menos lo practicaron hasta donde les alcanzó la semilla en ese primer viaje por las sabanas del Cesar.

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