Porto, la joya discreta de Europa

Porto, la joya discreta de Europa

Abril 23, 2019 - 11:34 p.m. Por:
Texto y fotos: Paola Guevara, editora de Sé
Porto

Desde el Castillo de Cristal se tiene una gran vista sobre Porto, ciudad donde se unen el río Douro y el Atlántico en un baño de azul.

Paola Guevara / El País

Un emperador se marchaba a toda prisa de su reino. Cargaba un cofre lleno de oro, plata y piedras preciosas; pero se tropezó en la huida y las joyas se derramaron sobre la ciudad. Su río se cubrió de oro, y desde entonces es llamado Douro.

Las paredes de sus edificios se cubrieron de piedras engastadas a mano; sus muros, de mármol blanco, negro y rosado; sus casas e iglesias, de finos azulejos y mosaicos. Hasta sus playas quedaron pobladas con diminutas piedras de muchos colores que, si no fuera porque nuestra conciencia moderna indica que son solo rocas tan prescindibles como abundantes, convertiríamos hoy en joyas de todo tipo.

Esta ciudad se llama Porto. Y mi historia no pertenece a una leyenda portuguesa. Es solo la forma que uso para describir este cofre de cielos de un azul platinado donde todo parece refulgir, tanto como su gente dorada de mirada marina, de generosidad desmedida.

No comprendo a quienes me advertían que sentiría la decepción de visitar una ciudad europea menor, “nada tan imponente como Madrid, Praga o París”, decían; “menos romántica que Lisboa”, su vecina capital portuguesa; “menos”, “menos”, como si la grandeza o la belleza residieran en el tamaño y el número de cámaras pendiendo como segunderos –tic, toc- del cuello de turistas apurados.

Porto es imponente de otra manera, a su manera, a su ritmo tranquilo; en su acento suave y melódico, menos cantarino y alegre pero quizá más nostálgico que el brasilero.

Porto tiene calles empedradas que cuando llueve se convierten en un desafío para las leyes de la Gravedad, pero en las que no vi a alguien caer, y en cambio sí recitar los versos de Pessoa en voz alta para nadie, o cantar fados tristes para transeúntes que, sin ser muy conscientes, protagonizaban una película musicalizada, a la vez triste y feliz.

Esas calles parecen un ajedrez, en blanco y negro, en torno a las cuales emergen casas de colores de cuyas cuerdas a veces penden ropas que se elevan con la misma gracia de las gaviotas, primer sonido que anuncia la madrugada.

Decían que no sería mágico Porto. Y tan mágico resulta que en su preciosa librería Lello se inspiró la escritora J.K. Rowling para crear la historia del joven brujo Harry Potter.

Comprende uno la profundidad de la palabra ‘saudade’ al dejar la ciudad, en la playa de Matosinhos, frente a la escultura de José Joao Brito que congeló el instante exacto en que mujeres y niños reciben la noticia del naufragio de la embarcación que transportaba a sus familiares, 152 pescadores humildes, en la noche del 1 al 2 de diciembre de 1947.

Entiende uno allí, en la opacidad de esos rostros en bronce que miran al mar, que gritan un grito inaudible, que la ‘saudade’ es propia de pescadores. Porque ese mar tan hermoso también contiene una larga historia de partidas, de desarraigos, de desasosiegos, de amores separados; ese mar que te da de comer también te quita. Solo queda rogarle que otra ola, una benévola, quizá, nos traiga pronto de vuelta.

Capela das almas: los azulejos celestiales
Porto


La Capilla de las Almas, del siglo XVIII y estilo neoclásico, es inconfundible por los bellísimos azulejos que la recubren. Una visita obligada en Porto, a pocos pasos de la icónica librería Lello.
Los 16.000 azulejos de capilla, en blanco y celeste, fueron fabricados en Lisboa, en el taller cerámico Viúva Lamego, encargados al pintor Eduardo do Leite. En ellos quedaron grabadas diversas escenas religiosas que repasan la vida y el martirio de Santa Catalina, así como episodios de la vida espiritual de San Francisco de Asís, santos a los que está encomendada esta iglesia.

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