La dura realidad que nos ocultó el Mundial sobre los países destacados en Rusia 2018

La dura realidad que nos ocultó el Mundial sobre los países destacados en Rusia 2018 

Julio 22, 2018 - 08:50 a.m. Por:
 Yefferson Ospina / Periodista de Gaceta
final del mundial

Premiación en la final del Mundial Rusia 2018.

EFE

Martín Caparrós, el periodista argentino, ha contado la anécdota innumerables veces. En 1978, cuando Argentina ganó el Mundial que había organizado, él celebraba el levantamiento de la copa cuando se percató de un detalle levemente atroz: en ese mismo estadio estaba celebrando un canalla, el dictador Jorge Rafael Videla, que había sumido a Argentina en una de los regímenes militares más brutales de la historia de Latinoamérica, y que era el responsable de miles de desapariciones, muertes y exilios.

Caparrós, entonces, cuenta que fue invadido por el desconcierto, no supo si debía o no celebrar el triunfo que celebraba el infame, el triunfo de una selección que, de algún modo, suavizaba la reputación del dictador. Entonces, dice el argentino, lo descubrió: el fútbol, ante todo, crea ficciones. La ficción de la patria que todos amamos – tanto el dictador como el periodista que lo denuncia -, la ficción de que el deporte puede salvarte – como a tantos africanos o caucanos para quienes el fútbol fue un futuro -, la ficción, también, de que el mundo es tan bello, con solo algunos desajustes, pero todo es tan perfecto...

Lea también: ¡De fantasía! Estos son los 10 mejores goles que dejó el Mundial Rusia 2018

Hace una semana terminó el Mundial de Rusia. Y las ficciones continúan: el mundo entero cayó rendido ante la simpática Croacia, con Luka Modric en el medio, con una presidenta atractiva y encantadora; también ante la Rusia cálida y exuberante de la que hablaron los periodistas deportivas y ante la Francia que, al menos en el campo de juego, es la escenificación perfecta del multiculturalismo y los logros de la tolerancia a la migración...

En fin, ficciones.

Iban menos de diez minutos del segundo tiempo cuando un grupo de mujeres y hombres vestidos con uniformes de policías irrumpió en el campo y frenaron la final del Mundial. Corrieron, los guardas corrieron tras ellos, algunos jugadores croatas los ignoraron, otros les espetaron cosas, el bueno de Mbappé chocó las manos con una de ellas.

Se supo después, cuando los sacaron de la cancha, que hacían parte del colectivo ruso 'Pussy Riot', un grupo de activistas y artistas que luchan, entre otras cosas, por la defensa de los derechos humanos en uno de los países europeos en donde más denuncias por violaciones a esos derechos se presentan. Rusia.

Se supo, también, que las 'Pussy Riot' querían que el mundo entero, el mundo que veía el Mundial, se enterara de lo que pasa en Rusia más allá del fútbol: nos enteráramos de que en Rusia todos los días crece el número de presos políticos, de que en Rusia es ilegal la propaganda sobre diversidad sexual, de que cada vez más líderes de derechos humanos son encarcelados con cargos falsos, etc., etc.

Pero el partido siguió, y lo de los manifestantes corriendo en el campo de juego fue apenas una conmoción menor. No podía, claro, ser de otro modo.

Y la Rusia de la que hemos oído es la calurosa, la cálida, la que recibió a los periodistas, dicen, con un entusiasmo que el prejuicio nunca le atribuyó a esos seres extraños que caminan por la Plaza Roja. Se creía que los rusos eran fríos, silenciosos, incluso antipáticos hasta que empezó el Mundial, cuando aparentemente descubrimos que son los tipos más festivos y querendones del mundo, y nos desconcertamos con la belleza de las ciudades que nos presentaron los programas deportivos en los momentos en que había que dar un descanso a la información sobre el fútbol...

De lo demás se dijo poco, o casi nada.

La selección de Egipto, por ejemplo, fue hospedada en Chechenia, una de las regiones federales de Rusia en donde, exactamente hace un año, un grupo de militares auspiciados por el gobierno local, realizaron lo que llamaron 'La purga de los homosexuales' que fue, básicamente, la persecución y el asesinato sistemático de las personas homosexuales de la zona. Se dice, aunque el gobierno lo niega, por supuesto, que se establecieron campos de concentración con personas gays en donde se torturaron, se asesinaron y se los obligó a confesar la dirección de otros de su comunidad...

Nada se dijo de que Rusia es uno de los países más peligrosos para las minorías sexuales en donde la cultura homofóbica es tal, que en algunas familias asesinan a sus miembros homosexuales para limpiar el nombre de los apellidos... Y tampoco se dijo nada de los líderes de derechos humanos como  Andrey Rudomakha, quien según Amnistía Internacional, fue golpeado y torturado por agentes estatales luego de denunciar una serie de construcciones en un área natural protegida en Krasnodar, suroccidente de Rusia.

Cosas que recuerdan vagamente a Colombia...

Era el mundial. Uno podría decir, desfigurando la histórica sentencia de Maradona, que “la pelota no se mancha” hablando de lo que no corresponde. Era tiempo de la fiesta...

El caso es que, al parecer, sí corresponde. Croacia perfectamente se habría ganado el premio a la simpatía, si existiera. Tiene un jugador que todos admiramos no solo porque es un verdadero maestro del juego exquisito, sino porque lleva consigo una historia de durezas y despojos que lo convierten en una especie de héroe griego: Luka Modric.

Y también tiene a una presidenta que no tenía problemas con celebrar los goles a grito impúdico en el palco de la FIFA, que asistía a los camerinos de los jugadores para abrazarlos uno por uno mientras ellos se cambiaban la pantaloneta, que además es atractiva y que luego se supo que se pagaba los tiquetes de avión a Rusia con su propio dinero, que había bajado el salario de los congresistas y que, en fin, es la mujer más buenaza e inteligente de la Europa occidental...

Es decir, amamos a Croacia por su fútbol y por su historia: un país de menos de cinco millones de habitantes que hace 30 años no existía y hace 20 se levantaba de las ruinas de la guerra. Entonces sí, cabía, cabe, hablar de otras cosas más allá de, digamos, los goles de Mina.
Y aquí, la otra ficción. Todavía seguimos hablando de esa tipa tan encantadora que se puso la camiseta de su país para abrazar a cada uno de los jugadores de su equipo de fútbol mientras llovía, en la entrega de las medallas, y a ella no le importaba, no necesitaba un paraguas, como sí lo necesitó Putin, no, era la gloria, y la gloria es más poética con la lluvia... Pero hay tantas cosas sin decir...

Por ejemplo, que Croacia se comprometió ante la Unión Europea en 2017 a admitir a al menos 1600 migrantes y que durante ese año solo recibió unos 100. Que la política de migración de ese país es casi idéntica a la de Trump en EE. UU.: la mayor parte de los migrantes ilegales que llegan hasta Croacia son devueltos a sus países de origen sin que se les respete el derecho al estudio de una petición de asilo... Solo los devuelven, sin más. Tampoco se ha dicho que la presidenta pertenece a un partido político de ultraderecha y católico en el que cada vez se menguan más los derechos de las mujeres y minorías sexuales, y que el odio a naciones que como Serbia, que antes constituían Yugoslavia, aún no se supera y permite brotes de lo que se podría llamar un neofascismo croata...

¿Cómo decir esas cosas sin perder simpatía por Modric o por Kolinda, la presidenta, o por ese jugador lleno de garra que es Mandzukic y que nos vengó contra Inglaterra?

Y fue conmovedor ver a Pogba, a Umtiti, a Mbappé, a ese tipo que no conoce el cansancio de apellido Kante, a Matuidi, a tantos morochos dándole una copa a Francia, la hija mayor de la Iglesia. Y se dice que lo que sucede es que Francia es la realización utópica de un territorio de la mezcla, de la riqueza de los migrantes, en donde negros y árabes y blancos y no tan blancos viven tan contentos y juegan a las rondas juntos.

Lo mismo se dijo en el 98, cuando también fueron campeones y tenían a Zidane, de origen árabe; y a Thuram y a Desailly y a Vieira y a Henry, de origen africano e incluso a Trezeguet, de ascendencia sudaca...
El problema es que poco después la ficción se derrumbó, el entusiasmo pluricultural se desvaneció y empezó a saberse que varios políticos lamentaban la presencia de tantos negros en el equipo y pronosticaban con amargura el día en que la selección fueran “once negros”, y se supo también, por ejemplo, que en 2011 el director técnico nacional, François Blanquart, planteó la posibilidad de establecer cupos en las categorías inferiores para limitar al 30 % la presencia de jóvenes con doble nacionalidad, para evitar tantos negros y árabes, claro...

Y no se habló, en medio de la euforia, de que en esa Francia paraíso de migrantes, los partidos de ultraderecha antiinmigración cada vez tienen más votantes y se acercan a los tradicionales.

Hay una mejor forma de entenderlo. El documental  ’Les Bleus, otra historia de Francia’, que puede verse en Netflix y en el que se analiza las relaciones entre fútbol, política y migración en Francia, lo deja claro: cuando el equipo gana se dice que son árabes, negros y blancos unidos, pero cuando pierde, se dice que el equipo está compuesto por un montón de negros y árabes de suburbios... Sale a relucir la Francia profunda... ¿Cuánto durará esta vez el ímpetu multicultural?

Escribió Caparrós: “el fútbol es la mayor máquina de ficciones”, pero dice también un hombre que es a la vez bestseller e historiador y pensador reconocido de nuestro tiempo, Yuval Noah Harari: “las ficciones siempre han movido al mundo”.

VER COMENTARIOS
CONTINÚA LEYENDO
Publicidad