Jan Bartelsman, el salvador de los niños judíos que vivió en Cali

Jan Bartelsman, el salvador de los niños judíos que vivió en Cali

Enero 31, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Yesid Toro | Especial para El País
Jan Bartelsman, el salvador de los niños judíos que vivió en Cali

Annemieke Bartelsman, hija del pintor holandés Jan Bartelsman, que nació en La Haya, Holanda, el 22 de abril de 1916 y murió en Cali el 5 de junio de 1998.

Jan Bartelsman fue un pintor holandés que ayudó a decenas de niños a escapar de los alemanes en El Holocausto. Fue considerado Justo entre las Naciones. En 1953 llegó a Cali.

I. 8 de marzo 1945, campo de concentración de Dachau.“Las barracas son el infierno dentro del infierno. Cuando entré esta mañana a una de ellas era terrible el ambiente por la peste de tifus. Tenía que firmar la lista de los muertos, el administrador era un polaco alto que también estaba enfermo. Estaba acostado en una esquina, temblando de fiebre”. Lea también: “De pronto me encontré en libertad, sin saber para dónde coger”: sobreviviente de AuschwitzJan Bartelsman lo miraba aturdido. Odiaba la tifus, aunque esta no lo hubiera tocado aún. Odiaba los piojos que andaban en su cabeza. Detestaba, ante todo, esa tarea inhumana que la SS (escuadra de protección de Hitler) le había impuesto de contar los muertos de los hornos, de la cámara de gas, de los experimentos infames, del hambre y de la fiebre.A solo semanas de terminar su infierno en el campo de concentración nazi de Dachau, a 13 kilómetros de Munich, en Baviera, sur de Alemania, Jan Bartelsman sentía que iba a morir. Llevaba casi dos años en aquel campo de exterminio, el primero que los nazis construyeron, en marzo de 1943, para encerrar a religiosos católicos y protestantes, a aristócratas de Baviera, a intelectuales y políticos, entre ellos Jan."Sé que le arrancaron las uñas y que lo torturaron, pero él hablaba muy poco de eso. Debió hacerlo, pero no lo hizo", dice Annemieke Bartelsman, la segunda de los cuatro hijos de este pintor holandés, que en 1953 llegó a Cali, y donde murió a los 82 años, en 1998, tratando de borrar los recuerdos del Holocausto.Annemieke abraza un libro ya opaco por los años, en el que su padre escribió una bitácora de sus últimos meses en cautiverio. El libro, conservado celosamente por la familia Bartelsman, contiene además un dibujo del campo de concentración y de sus prisioneros.II. Febrero de 1943, Laren, Holanda.Marie y Jan llevaban cinco años de casados y ya tenían una hija, Emily. El joven y entusiasta pintor también ganaba dinero como profesor de música porque tocaba acordeón, flauta y piano. El pueblo era pequeño, y como en casi toda Europa, muchos de los pobladores eran judíos. Pero ser judío, en el 43, ya era una condena a muerte. El exterminio había empezado. "Mi hermana recuerda de esa época las sirenas, no las soporta hoy día porque le traen a la memoria los bombardeos", recuerda Annemieke, mientras mira una fotografía de su padre tocando acordeón, sentada en un restaurante del barrio San Fernando, en Cali.Apenas los nazis comenzaron la ocupación en Holanda, quienes no comulgaban con los propósitos de Hitler eran hechos prisioneros y llevados a campos de exterminio.Jan pertenecía al Partido Comunista, con muy buenos contactos entre las autoridades locales. Entonces él y su esposa, conmovidos por la suerte aterradora de los judíos del pueblo, muchos de ellos amigos suyos, decidieron esconderlos y hasta falsificar documentos para que pudieran salir de Holanda con rumbo a Londres.“Fue así como salvó a muchos niños judíos, arriesgando su vida y la de su esposa; escondiéndolos en sótanos, seguramente evitando que los nazis inspeccionaran su casa. Por eso delante de Jan Bartelsman siempre hay que inclinar la cabeza, por ese ser humano enorme que era”, dice María Thereza Negreiros, la artista brasileña radicada en Cali hace varias décadas, amiga del pintor holandés.No hay un registro de a cuántas personas salvó. Nunca lo escribió. Pero algunos de sus amigos en Cali, de la Sociedad Hebrea, dicen que conseguía buses, trazaba rutas y hacía que los pequeños se acostaran para evitar ser vistos, luego los llevaba a La Haya, desde donde podía enviarlos rumbo a Londres. III. 1 de abril de 1945, 5:30 de la tarde, Dachau."Esta tarde hubo 371 muertos. Es aterrador. Yo quiero ver la victoria, quiero vivir, aspirar a un mejor futuro. Pero yo creo que voy a morir también".Jan tenía miedo. Escribió a cerca de algunos de los que estaban con él, que murieron por la tifus. Finalmente él enfermó. La peste de 1945 mató a casi 1.400 personas en Dachau.Abril fue el último mes en ese sitio siniestro. Jan y otros prisioneros, algunos luteranos, habían escuchado acerca del avance de los Aliados. Entre quienes daban voces de esperanza estaba el sacerdote alemán Josef, quien durante su reclusión se las arregló para dejar testimonio y enviar noticias al exterior, documentando gran parte de las vivencias internas en Dachau.Jan aprendió mucho de él. En especial de su interés por dejar testimonio escrito de las atrocidades que allí se vivieron. Se cree que 200 mil prisioneros fueron recluidos en Dachau. Las estadísticas del campo hablan de 41.500 personas asesinadas, además de otros miles que murieron víctimas de las pésimas condiciones de vida. "Cuantos más de esos perros matemos, menos tendremos que alimentar", decían los hombres de la SS. Los muertos los contaba Jan Bartelsman. Él odiaba hacerlo. Cinco días después anotó: "136 muertos. Otra vez menos pan, cuatro veces la alarma. Ya no recibimos papeles de Múnich. Hay rumores cada vez más fuertes de que la Armada de los Estados Unidos está cada vez más cerca, está creciendo. Creo que todo puede suceder en un mes, entonces estaremos libres”.IV. 27 de enero de 2015, Cali, Colombia."Mi padre pesaba 48 kilos y medía 1.84 metros cuando la guerra terminó", recuerda Annemieke.Su cara larga y desgastada por los horrores lo habían transformado casi en un espectro. Una imagen inmortalizada de su estado famélico quedó plasmada en una pintura que Jan Bartelsman exhibió en Cali."Hombres de la SS lo llevaban prisionero. Se ve él caído en la nieve y en el cielo hay una estrella y de ella se aferró y sobrevivió. Fue como me explicó ese cuadro, porque Jan hablaba muy poco de esa tragedia", recuerda María Thereza Negreiros.Cuando los franceses lo rescataron estuvo un mes recuperándose antes de regresar a casa. Marie había sufrido. Emily estaba más grande. Su esposa se tuvo que esconder, vendió todos los cubiertos de plata, varios cuadros. Era eso o morir de hambre. Pero la guerra había terminado y la esperanza regresaba. Solo que el futuro no pintaba favorable en una Europa derruida."En 1949 mi padre viajó a Chile. Fueron tres días de vuelo, primero Brasil, luego Argentina y finalmente a Chile. Allá vivía un hermano de él. Pero cuando llegó no se amañó. Casi semanas después le envió una carta a mi madre diciéndole que no vendiera la casa, que se quedara en Holanda, pero era tarde. Ya mamá y nosotros, mi hermana y mi hermano que nacimos después de la guerra, estábamos embarcados. El destino es caprichoso. El futuro estaba en Cali”, recuerda su hija. V. 29 de abril de 1945 6:30 de la mañana, Dachau."La SS puso una bandera blanca en la puerta del campo. Las emociones son indescriptibles. Todos caminamos al sitio de la bandera, con los ojos llenos de esperanza, pero llenos a la vez de desconfianza".Jan les contó a sus hijos años después que ese día le llegó una carta firmada por el propio Hitler concediéndole la libertad. "Si esa carta existiera sería un documento histórico impresionante, pero cuando le preguntamos por ella mi padre dijo que había hecho otra cosa con ella (risas)", relata Annemieke. El campo de concentración nazi para no judíos más grande de la Segunda Guerra Mundial llegaba a su fin. Los prisioneros fueron considerados como enemigos infrahumanos del Tercer Reich y fueron objeto de castigos físicos y psicológicos.En Dachau se realizaron también cientos de experimentos médicos ilegales e inhumanos. Jan menciona que gran cantidad de prisioneros sanos fueron deliberadamente infectados con tifus para mantener la bacteria viva. Los nazis buscaban luego determinar la efectividad de diferentes vacunas y varias sustancias químicas. La mayoría morían.Pero Jan no murió, aunque hasta el final de sus días le costaba trabajo dormir. Cuando fue rescatado por los franceses estaba enfermo, pero aún podía recuperarse. Se salvó de la tifus, de los golpes, de las balas, de los gases, del odio. Vivió para ser llamado Justo entre las Naciones, honor que recibió del Estado de Israel. El último día en las barracas no escribió. Jan no tenía fuerzas.

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