“De pronto me encontré en libertad, sin saber para dónde coger”: sobreviviente de Auschwitz

“De pronto me encontré en libertad, sin saber para dónde coger”: sobreviviente de Auschwitz

Enero 27, 2015 - 12:00 a.m. Por:
Patricia Lee | Corresponsal de El País
“De pronto me encontré en libertad, sin saber para dónde coger”: sobreviviente de Auschwitz

Vestido con la piyama de rayas, este hombre regresó al sitio de concentración.

Eugenia Unger lleva en el antebrazo izquierdo la marca que la identificó en Auschwitz. Hoy, 70 años después de su cierre, narra los últimos momentos de horror en ese campo.

Eugenia Unger, de 89 años, quien todavía lleva tatuado en el brazo el número 48914, recuerda como si fuera ayer las horas finales en el campo de concentración de Auschwitz, hace 70 años, cuando se acercaban los soldados del Ejército Rojo de la Unión Soviética para liberarlos. Lea también: A 70 años del Holocausto, el odio a los judíos sigue presente“Los alemanes empezaron a gritar que saliéramos lo más pronto posible. Era una locura. Uno corría atrás de otro, pero a los primeros que salieron, los mataron con ametralladoras. Después, nos pusieron en filas y nos sacaron, en pleno enero, vestidos con trapos, en ese frío atroz. Tuvimos que caminar con nieve, piojosos, rapados, con esa piyama de rayas que teníamos encima.Estaban apurados, porque llegaba el Ejército Rojo. Pensamos que nos iban a liberar, pero en realidad empezaba la marcha de la muerte. Caminamos en fila por horas, sin comer, y de pronto me encontré libre, sin saber para dónde agarrar. Tenía casi 20 años y pesaba 27 kilos. Lo había perdido todo”.Eugenia, que vive en Argentina, tenía 13 años cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Vivía en Varsovia, en el seno de una familia acomodada, pero cuando los nazis decidieron juntar a todos los judíos en el gueto, la niña solo alcanzó a llevarse sus muñecas.Allí, hacinados en un barrio amurallado, cerca de medio millón de judíos convivieron durante casi cuatro años. El padre de Eugenia había construido un búnker en el sótano del edificio, de donde ella y su hermano salían por un agujero para vender las joyas y pieles de su mamá y con eso lograban sobrevivir. En 1942, cuando se produjo el levantamiento del gueto contra los nazis, Eugenia estaba ahí. “Yo presencié cómo luchaban miles de héroes, mis hermanos. Estábamos escondidos en un horno de pan con otras trece personas, pero tiraron bombas de gas y nos obligaron a salir. Me dijeron que me desnudara, pero de los nervios y la tensión, me vino la menstruación y estaba toda manchada de sangre. De ahí, nos trasladaron a la plaza Umschlagplatz, a donde juntaban a los judíos. Nos metieron en trenes sin agua ni ventilación y nos llevaron al campo de concentración de Majdanek, de allí nos trasladaron a Birkenau, donde me tatuaron el número en el brazo y me pusieron el piyama de rayas, y al final nos enviaron a Auschwitz”.El campo de concentración, cuyo aviso de entrada decía ‘El trabajo libera’, era un complejo en el que funcionaba un campo de trabajos forzados, al lado de varias cámaras de gas y un crematorio. Cerca de un millón y medio de personas murieron allí, de los cuales un millón fueron judíos, pero también homosexuales, gitanos, polacos, prisioneros soviéticos y europeos. “Vivía llena de piojos, con sarna, frente a las cámaras de gas, el fuego salía día y noche del crematorio. Había gitanos, a quienes yo quería mucho, porque me tejieron un saco con papeles retorcidos, pero un día me levanté, y ya no quedaba ninguno”, recuerda Eugenia. Al quedar libre, la mujer no tenía nada, ni familia, ni país, hasta que llegó a un campo de refugiados en Italia, donde conoció a su esposo, también combatiente del gueto de Varsovia. En Italia nació su hijo Leonardo, y dos años después, a través de una pariente de su esposo, lograron viajar a Argentina.“Me cuesta comer carne asada, me cuesta entrar a una pizzería, porque recuerdo el gueto y los lugares donde viví”, cuenta. Durante muchos años, sus hijos se despertaban de noche al oír los gritos de Eugenia y de su esposo. De allí nació su necesidad de contar todo, para exorcizar sus fantasmas y para que nunca se repita. De espalda a los liberadores En 2005, las Naciones Unidas estableció el 27 de enero, fecha de la liberación de Auschwitz, como el Día Internacional del Holocausto, en homenaje a los cerca de seis millones de judíos asesinados durante la Segunda Guerra Mundial.Este año, la conmemoración se ha teñido de polémica porque a pesar de que el Ejército Rojo liberó el campo en 1945, el presidente ruso Vladimir Putin no fue invitado, como consecuencia de la crisis en Ucrania.El canciller polaco, Grzegorz Shetyna, llegó a decir que Auschwitz fue liberado por los ucranianos. En realidad, la tarea fue cumplida por el Primer Frente Ucraniano del Ejército Rojo, pero como es sabido, el Ejército soviético incluía rusos, ucranianos y ciudadanos de todas las demás repúblicas de la URSS. Efraim Zuroff, el famoso ‘cazador de nazis’ del Centro Simon Wiesenthal en Jerusalén, señaló la semana pasada que “el presidente ruso es un invitado especial” porque “el Ejército Rojo liberó Auschwitz y puso fin al asesinato masivo en el campo que es el símbolo del Holocausto. Las fuerzas soviéticas jugaron un papel trascendental en la derrota final del Tercer Reich, y sin ese enorme sacrificio, nadie sabe cuánto más se hubiera alargado la Segunda Guerra Mundial. En otras palabras, si alguien tiene que estar en la ceremonia de aniversario, es Vladimir Putin”.Para Zuroff, “hay una campaña mundial para minar la especificidad del Holocausto y promover la equivalencia entre los crímenes del nazismo y del stalinismo”, porque en casi todos los países del Este de Europa “la colaboración con los nazis significó la participación en los asesinatos masivos y, ante la opción de elegir entre ser países de víctimas o de perpetradores, es claro lo que las nuevas democracias prefieren”. Por eso, según el investigador, “la presencia de Putin sería un claro indicador de la identidad de los liberadores, un hecho que los miembros de la Unión Europea de Europa del Este prefieren olvidar”.

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