James, Colombia y una imagen dolorosa: crónica de un corazón roto - Mundial de Fútbol 2018
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James, Colombia y una imagen dolorosa: crónica de un corazón roto

Julio 03, 2018 - 08:51 p. m. Por:
Daniel Molina Durango - Reportero de El País
James Rodríguez

James Rodríguez lloró con la eliminación de Colombia del Mundial de Rusia 2018.

Efe / El País

Se te rompió el corazón. Y un dolor seco, que no sabés exactamente de dónde viene, te recorre el alma. Brotan las lágrimas, mientras te preguntas cada segundo por qué tuvo que terminar así, por qué, eso que tanto anhelabas con el corazón, no se pudo cumplir.

Esa fue la imagen que proyectó ayer James Rodríguez, quien sin nadie a su alrededor, se lamentó amargamente la eliminación de Colombia del Mundial a manos de Inglaterra en los penales. Sentado en el banquillo que le correspondió al equipo nacional en el estadio del Spartak de Moscú, el ‘10’ lloró sin consuelo por haber perdido un partido que no pudo jugar por lesión.

El mismo desconsuelo tenía Pékerman, a quien los nervios le impidieron ver los penales. Y cómo no iba a ser así, si el veterano estratega gaucho, tres Copas del Mundo atrás (Alemania 2006) se había enfrentado a esa misma ‘lotería’ dirigiendo a Argentina y perdiendo por esa vía la chance de jugar semifinales.

Con la misma desazón quedaron los jugadores que dejaron hasta lo que no tenían en 120 minutos de infarto. Un sentimiento triste que se trasladó a los miles de colombianos que estaban en el estadio alentando, y también a los otros 50 millones que desde sus ciudades rezaron porque la historia del partido de octavos de final ante los ingleses hubiese terminado de otra manera. A todos ellos también se les rompió el corazón.

***

A miles de kilómetros de Moscú, antes de que se sucediera esa ruptura colectiva de corazones, Guachené, la tierra del defensor central Yerry Mina, se ilusionaba con un baile que nunca fue.

Camisetas amarillas con el número 13 (el dorsal con el que juega el espigado jugador) estampado en la espalda recorrían las calles como en una especie de procesión futbolera hasta el parque central del pueblo, donde la comunidad, esperanzada en el pase a cuartos de final, fue a ver el partido.

Pantalla gigante. Solazo. Música. Todo estaba dado para que la combinación de esos elementos, y un triunfo de Colombia, produjera al final de la tarde un gran baile, en una tierra en donde las alegrías se festejan moviendo las caderas.

Era tanta la ilusión de fiesta que tenían los habitantes de Guachené, que ni siquiera perdieron la esperanza cuando los ingleses se fueron arriba en el marcador comenzando el segundo tiempo por medio de una pena máxima bien ejecutada por Harry Kane.

Con pitos, gritos y aplausos y encomendándose a los santos, todos esperaron con ansias una especie de milagro, que en principio, parecía, se iba a dar.

Cuando el reloj estaba más allá de los 90 minutos, un cabezazo de Yerry Mina, el hijo ilustre de Guachené, empató el duro encuentro para forzar el tiempo extra.

Hubo explosión de felicidad. De gritos, de abrazos y el ¡Yerry, Yerry! empezó a retumbar por todas las calles del municipio caucano, y también de toda Colombia, de toda Cali, donde las personas pararon de trabajar a mediodía para ver el definitivo juego en sus hogares o en el bar de confianza.

El gol salvador de Yerry —el tercero en su cuenta personal en la Copa Mundo— parecía una señal de que, en Guachené y en Colombia, se iba a producir un baile eterno. Pero llegaron los penales. 

***

¿Existirá algún día una forma de medir cuánta tensión puede generar —en un hincha, un futbolista y un técnico— una definición por penaltis?

Personas cerrando los ojos cada que se iba a cobrar uno de los lanzamientos. Gente comiéndose las uñas, rezando, cruzando los dedos.

Pero esta vez, esa lotería que dicen que son los penales jugó a favor del lado contrario. Mateus Uribe y Carlos Bacca fallaron sus lanzamientos e Inglaterra, en su disparo final, no perdonó.

Allí se rompió el corazón de James, el de Pékerman, el de sus dirigidos, y el de todos los colombianos, que llegaron a pensar que después de tanto luchar, que después de venir desde atrás, se iba a dar el paso a cuartos de final.

Fue un golpe al corazón. Uno profundo, equiparable a un sueño no realizado, a un desamor, sí, a un desamor, porque el fútbol, más que todo, se trata de eso, de amor.

Una derrota difícil pero que quizá, entre suspiro y suspiro, se olvidará, así como ese baile que no pudo ser.

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