El plagio ocurrió a las 4:00 de la tarde del domingo 17 septiembre del año 2000, en los restaurantes la Embajada de Ginebra, La Cabaña y la hacienda Normandía del kilómetro 18 de la vía al mar.  El ELN secuestró a 61 personas.
El plagio ocurrió a las 4:00 de la tarde del domingo 17 septiembre del año 2000, en los restaurantes la Embajada de Ginebra, La Cabaña y la hacienda Normandía del kilómetro 18 de la vía al mar. El ELN secuestró a 61 personas.
Foto: El País
Dos décadas después de que el ELN plagiara a 61 personas en la vía al mar, las víctimas aseguran que no ha habido ni verdad, ni justicia, ni reparación. “El Estado nos falló”. Al recordar lo sucedido pretenden visibilizar ante el país este crimen atroz, y que no se olviden a quienes fallecieron a manos de la guerrilla: el cardiólogo Miguel Alberto Nassif, el comerciante Carlos Alberto García y el ingeniero electrónico Alejandro Henao. “Colombia necesita una paz verdadera”.

En la mesa del restaurante estaban la administradora de empresas Marcela Betancourt y su esposo, el ingeniero civil Juan Carlos Giraldo, quienes en aquella fría tarde del domingo 17 de septiembre del año 2000 celebraban sus primeros seis meses de casados.

Los acompañaban las primas de Juan Carlos, Luz Amanda y Evelyn Arteaga. Luz Amanda estudió mercadeo y negocios internacionales mientras que Evelyn, economía. También estaba el ingeniero de sistemas James Aristizábal, en ese entonces el novio de Evelyn. El novio de Luz Amanda, un ingeniero mecánico, no pudo asistir para festejar el Día del Amor y la Amistad. Horas antes del paseo al kilómetro 18 de la vía al Mar, en Cali, en su empresa le informaron que había sucedido un problema, por lo que debía presentarse.

‘El grupo de los cinco’ – como se les llamaría horas más tarde en los periódicos - se ubicó en el balcón trasero del restaurante La Embajada de Ginebra, sobre la carretera que conduce al mar, donde hay una vista increíble de las montañas y los bosques de la zona. El mesero ofreció la especialidad de la casa: sancocho de gallina preparado en fogón de leña, arroz atollado, pato o fiambre.

A eso de las 4:00 p.m. la tranquilidad de aquella tarde de descanso fue interrumpida por ruidos extraños que provenían del primer piso del restaurante. Asomados desde el balcón, el ‘grupo de los cinco’ vio que algunos comensales corrían hacia atrás. Un hombre vestido de militar, armado con lo que parecía un fusil, amenazaba con dispararle a uno de los meseros, que pudo lanzarse por una pendiente y corrió lo más rápido posible montaña abajo.

En una mesa cercana, la ingeniera civil Lourdes Mesa abrazaba contra sí a sus dos pequeños hijos para que no vieran lo que ocurría, mientras su esposo, el ingeniero electrónico Alejandro Henao, un experto en sistemas de cableados estructurales, era conducido a las afueras del restaurante mientras lo amenazaban con un arma.

– ¡Flaco, te amo! – le gritó Lourdes, sin saber que era la última vez que lo vería con vida.

En cuestión de minutos La Embajada de Ginebra era recorrida por tipos armados con brazaletes de la Sijín, pero con un detalle que hacía pensar que no se trataba de miembros de las autoridades colombianas: la mayoría llevaba botas pantaneras.

Cuando obligaron a los comensales a moverse a un salón central, al tiempo que les pedían con palabras soeces las llaves de sus carros apuntándoles sus armas, confirmaron que eran guerrilleros; el frente José María Becerra del Ejército de Liberación Nacional, ELN, al mando de alias Caliche. Apenas 15 meses antes, el 30 de mayo de 1999, el mismo frente interrumpió la misa en la Iglesia La María, al sur de Cali, y secuestró a 180 feligreses.

Ninguno de los del ‘grupo de los cinco’ decía nada. Estaban pálidos. Sobre todo cuando uno de los comensales retenidos, que estaba en la parte externa del restaurante, no escuchó que pedían las llaves de su carro. Un guerrillero tomó por el cuello a un joven que estaba en el grupo y amenazó con matarlo si no entregaban esas llaves. En ese momento disparó hacia el techo y todos empezaron a pedir que por favor entregaran la llave, momento en el cual el propietario del vehículo se percató de la situación y la entregó.

Entre los secuestrados estaba Carlos Alberto García, del grupo de harlistas. Carlos moriría días después, en cautiverio.
Entre los secuestrados estaba Carlos Alberto García, del grupo de harlistas. Carlos moriría días después, en cautiverio.
Foto: El País

En ese punto a los rehenes les ordenaron salir del restaurante y dividirse entre hombres y mujeres. Después, en grupos, los obligaron a subirse a los carros en los que habían llegado ese domingo a almorzar en familia o en pareja, solo que los vehículos eran conducidos por los guerrilleros. Llegaron hasta donde la carretera lo permitió, rumbo a la selva del Parque Natural Los Farallones. Después continuaron a pie montaña arriba.

La misma escena se repetía muy cerca, en el restaurante La Cabaña, y en la Hacienda Normandía. En total fueron secuestradas 61 personas.

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Al pasar de los días, mientras caminaban por más de ocho horas diarias, los secuestrados cayeron en la cuenta de que el plagio del que estaban siendo víctimas era muy distinto a los secuestros que en ese entonces cometían con frecuencia la guerrilla de las Farc y el ELN. Por lo regular los secuestrados eran conducidos a un mismo lugar, un campamento donde permanecían, a veces atados con cadenas.

Esta vez parecía que no había un sitio dónde llegar. Desde que se bajaron de los carros, caminaron en medio del bosque durante el resto de la tarde y parte de la noche. La rutina se repetía a diario. Los guerrilleros levantaban a los rehenes a eso de las 4:00 o 5:00 a.m., y el grupo debía caminar hasta las 7:00 de la noche, aunque hubo días en los que debieron caminar con la luz de la luna para escapar de la presión del Ejército.

Las operaciones militares para dar con los secuestrados fueron encargadas por el presidente Andrés Pastrana a la Fuerza de Despliegue Rápido, Fudra, comandadas por el general Carlos Alberto Fracica. Una de las estrategias para cercar a los secuestradores consistía en realizar operativos contra las estructuras urbanas del ELN, en Cali, y así evitar que les suministraran víveres y recursos a quienes habían cometido el plagio.

Los carros de los secuestrados fueron conducidos por los guerrilleros, hasta donde lo permitió la carretera. Después de abandonar los vehículos continuaron a pie, rumbo a las selvas de los Farallones.
Los carros de los secuestrados fueron conducidos por los guerrilleros, hasta donde lo permitió la carretera. Después de abandonar los vehículos continuaron a pie, rumbo a las selvas de los Farallones.
Foto: El País

Efectivamente, una semana después del secuestro no había nada qué comer. Los secuestrados pasaron días enteros con apenas un café y un trozo de pan duro como alimento. En una ocasión el almuerzo consistió en una lata de atún, dividida entre diez personas. Una noche comieron limones que arrancaron de un árbol y en la mañana desayunaron las cáscaras.

Además del hambre, debían combatir el frío. Septiembre es un mes de lluvias, sobre todo en Los Farallones. Los secuestrados permanecían con la ropa emparamada. A varios de ellos la guerrilla les entregó una camiseta y un pantalón de sudadera color verde que muchos decidieron usar por comodidad pero también los camuflaba con los guerrilleros. Al vestirse de esa manera el Ejército no podía diferenciar a los rehenes de sus secuestradores.

En la selva tampoco había manera de asearse. La administradora de empresas Marcela Betancourt apenas se pudo cepillar una semana después del secuestro, cuando vio a una guerrillera con un cepillo. Le preguntó si podía comprarle uno. A la guerrillera le dio risa. Sin embargo, decidió regalarle su cepillo.

En el cambuche improvisado donde se encontraban, en cercanías a un caserío llamado La Playa, rumbo al río Naya, había una manguera con la que los guerrilleros bajaban agua desde una quebrada. Marcela se sentó allí para cepillarse. Su esposo la siguió y le pidió prestado el cepillo. También James, Evelyn, Luz Amanda, el ‘grupo de los cinco’. Detrás se formó una fila de unos 15 secuestrados que hicieron lo mismo. No tenían otra opción. La seda dental eran las tiras de un costal sintético que Marcela le había quitado de la boca a un perro manso durante una de las caminatas.

Los secuestradores, mientras tanto, liberaban en grupos a algunos rehenes - los que no les interesaba para exigirles dinero a cambio de su libertad - una estrategia que utilizaron en el secuestro de la iglesia la María para agilizar su paso en la selva y presionar al gobierno para suspender los operativos. Al final se quedaron con un grupo de 24 secuestrados. Tres de ellos morirían.

El peligro era inminente no solo por los combates y el sobrevuelo de helicópteros artillados a los que los guerrilleros llamaban ‘La marrana’ (en una ocasión, cuando sobrevolaba un helicóptero, los rehenes debieron correr por una montaña pisando justo donde lo hacía el guerrillero que iba adelante debido a que habían sembrado de minas la zona) sino que eran muy frecuentes los accidentes: secuestrados que rodaban por barrancos, que se caían después de sostenerse en ramas húmedas, que se golpeaban contra rocas debido a que no contaban con zapatos adecuados para atravesar la selva. Marcela, que llevaba unas sandalias, se arrancó las uñas de sus manos cuando intentaba agarrarse a la tierra mientras caía por una pendiente.

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En Cali, el alcalde Ricardo Cobo se sentía molesto. El sábado 16 de septiembre del año 2000 había estado en una montaña a un kilómetro de los restaurantes donde, al día siguiente, se cometería el secuestro.

Ese sábado Cobo celebraba su cumpleaños. Se sentó en el pasto a tomarse unos vinos mientras disfrutaba del paisaje. El domingo, cuando el Ejército hizo un barrido de la zona, le informaron que él había estado a solo 300 metros de donde los guerrilleros acamparon.

Aunque su molestia no se debía a que hubiera estado tan cerca de los secuestradores sin percatarse. Se sentía desplazado por el Gobierno Nacional para manejar la situación, debido, sospecha, a sus posturas sobre los grupos armados ilegales. Ricardo no estaba de acuerdo con los diálogos de paz que se sostenían con las Farc en el municipio de San Vicente del Caguán, ni con los acercamientos con el ELN. Por lo menos no estaba de acuerdo en la manera como estaban planteados los diálogos.

– Era una época en la que Cali estaba sitiada por la guerrilla y las autoridades no le seguían la huella a un tractor. No tenían tecnología operativa ni hombres suficientes para vigilar la región. Y a mí el Gobierno no me escuchaba – dice el exalcalde.

El ELN secuestraba ciudadanos a cualquier hora del día. Uno de ellos fue un jovencito de 15 años que fue plagiado cuando iba para su colegio, al sur de la ciudad. El muchacho fue conducido por la guerrilla con el grupo de secuestrados del kilómetro 18, y al final logró fugarse, lo que generó divisiones entre los secuestradores. Un mes antes de su plagio, en febrero del año 2000, también había sido secuestrado por el ELN el empresario Mario Scarpetta, quien permaneció diez meses en cautiverio.

– Cali era una ciudad atemorizada. Creo que era la primera vez en el mundo en el que un grupo armado interrumpe una misa para secuestrar civiles, como ocurrió en la iglesia La María. La primera vez en el mundo que irrumpían en sectores turísticos en un día de descanso para hacer lo mismo, como en el kilómetro 18. Meses después ocurriría el plagio de los diputados en pleno centro de la ciudad. ¿Dónde estoy seguro entonces? ¿Dónde me puedo sentir seguro?, se preguntaba la gente – recuerda el exsacerdote Gonzalo Gallo, quien estuvo al lado de los familiares de los secuestrados, junto a Monseñor Isaías Duarte Cancino, brindando apoyo espiritual.

20 años después Gonzalo se sostiene en las mismas palabras que fueron consuelo para las familias: no a la violencia, porque la violencia genera más violencia. Y entender que el perdón no es ingenuidad. El Dalái Lama lo decía: si no perdonas por amor, no lo hagas. Hazlo por egoísmo. Perdona por tu bienestar, por tu felicidad, porque de lo contrario, el que está cautivo eres tú.

Entre el gobierno y algunos miembros de las Fuerzas Armadas había divisiones. Mientras el General Jaime Ernesto Canal Albán, comandante de la Tercera Brigada, insistía en que debía desplegarse una acción militar para recuperar a los secuestrados del kilómetro 18, el presidente Andrés Pastrana insistía en dos caminos: los operativos y la negociación. “Preservar la vida de los secuestrados es la prioridad”, repetía en los noticieros.

Al final, tras la liberación de los rehenes, el general Canal pediría la baja de las Fuerzas Armadas, por lo que consideraba una victoria “agridulce”.

El Presidente, por su parte, lo cuestionaba. El gobernador del Valle, Juan Fernando Bonilla, le había informado en un consejo de seguridad que el secuestro masivo en el kilómetro 18 ya estaba anunciado. “Todos sabíamos que iba a haber un nuevo operativo de la guerrilla, Presidente, ‘una pesca milagrosa’. Estábamos hartos de haberle informado eso a las Fuerzas Militares y no sirvió para que tuviéramos una respuesta eficaz”.

– ¿Por qué no actuó?, le preguntó Andrés Pastrana a Canal.
El Ejército rápidamente cercó al ELN. Varios de sus campamentos fueron desmantelados en la persecución.
El Ejército rápidamente cercó al ELN. Varios de sus campamentos fueron desmantelados en la persecución.
Foto: El País

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Días después de las largas caminatas, el cardiólogo Miguel Alberto Nassif, uno de los plagiados, tuvo su primer accidente, quedando bastante lastimado. Posteriormente tuvo un nuevo accidente con el palo que utilizaba como bastón, que le ocasionó una herida que lo llevó a la muerte.

La noticia fue devastadora para los rehenes, quienes pensaron que no saldrían con vida de esa selva. Menos con lo que pasó después. El comerciante Carlos Alberto García, otro de los secuestrados, quien ese domingo 17 de septiembre había ido al kilómetro 18 con un grupo de harlistas, informó que no se sentía bien.

Los guerrilleros no le creyeron. Encima lo trataban con dureza. Carlos les respondía fuerte porque no permitía los abusos, pese a que su estado de salud se deterioraba. Tenía una úlcera reventada. Cuando se confirmó su fallecimiento, el grupo de secuestrados se desmoralizó aún más.

Lo mismo ocurrió una semana antes de la liberación, cuando murió el ingeniero electrónico Alejandro Henao, esposo de Lourdes Mesa, después de tener un accidente que le causó una herida en el pie, la cual se infectó de gravedad.

Miguel Alberto Nassif, Carlos Alberto García y Alejandro Henao, murieron durante este secuestro. Colombia jamás debe olvidarlos.
Miguel Alberto Nassif, Carlos Alberto García y Alejandro Henao, murieron durante este secuestro. Colombia jamás debe olvidarlos.
Foto: El País

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Cuando el Comisionado de Paz del Gobierno, Camilo Gómez, vio a los secuestrados en la selva, sintió dolor. Jamás había visto un trato más inhumano a unos rehenes, recuerda, y eso que durante su gestión logró entregarles a sus familias 410 colombianos que habían sido secuestrados, entre civiles y militares. Los plagiados del kilómetro 18 no solo estaban demacrados por el hambre. Entre las víctimas estaba un hombre que no podía caminar, y sin embargo los guerrilleros lo obligaban a hacerlo. Se había caído al fondo de una quebrada, donde se fracturó dos vértebras. Médicamente no tenía movilidad en las piernas, y sin embargo, mientras le apuntaban, sacaba fuerzas para hacerlo.

La negociación para la liberación de los rehenes se desarrolló en dos frentes: uno, en la selva, con el grupo de secuestradores. El otro era con el comando central del ELN, entre los que se encontraban los guerrilleros Francisco Galán, Felipe Torres y Pablo Beltrán, los dos primeros en la cárcel de Itagüí.

Sin embargo había divisiones entre el comando central del ELN, que había dado la orden de la liberación, y el grupo de secuestradores, que se negaba. El Comisionado sospechaba que incumplirían los acuerdos. Por su experiencia, sabía que el ELN no siempre respeta sus compromisos. Sin embargo también sabía que los guerrilleros no tenían nada que comer, y eso les había hecho perder el quicio.

Entonces hizo una propuesta: comida por rehenes. Camilo Gómez enviaba dos libras de café, por ejemplo, y a cambio enviaban a un grupo de tres secuestrados. Una libra de lentejas y otro grupo, unas panelas y otro grupo.

Como garantía para escapar de la selva una vez no tuvieran secuestrados, los guerrilleros exigieron que algunos funcionarios del gobierno se quedaran con ellos. Finalmente los rehenes fueron liberados el 1 de noviembre del año 2000, tras 45 días de cautiverio, y el ELN tuvo 100 horas de tregua para escabullirse. Fue lo que molestó al General Canal, por lo que solicitó la baja. Después se lanzaría a la política.

Marcela Betancourt, como los demás secuestrados, lo primero que hizo una vez llegó a Cali fue comer todo lo que pudo: un plato de arroz, de fríjoles, con huevos pericos. Los soldados le compartieron sus raciones de lecherita.

El novio de Luz Amanda Arteaga, el ingeniero mecánico que no pudo acompañarla el día del secuestro al kilómetro 18, le propuso matrimonio apenas la vio de regreso a la libertad. Lo mismo hizo James Aristizábal con su novia Evelyn. El grupo de los cinco se convirtió en el ‘grupo de los seis’ casados.

 En Cali y el resto del país hubo grandes movilizaciones para rechazar el secuestro de los colombianos. Monseñor Isaías Duarte Cancino y el sacerdote Gonzalo Gallo fueron el apoyo espiritual para las familias de las víctimas.
En Cali y el resto del país hubo grandes movilizaciones para rechazar el secuestro de los colombianos. Monseñor Isaías Duarte Cancino y el sacerdote Gonzalo Gallo fueron el apoyo espiritual para las familias de las víctimas.
Foto: El País

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Tras el secuestro, una gran parte de las familias que fueron víctimas de esta barbarie se exiliaron en el exterior. Aún lo están. Tenían miedo. El ELN continuaba amenazando con un nuevo plagio en caso de que no pagaran altas sumas de dinero. Cifras que por supuesto, no tenían. La mayoría eran familias de la clase media de la ciudad.

Dos décadas después algunas de ellas decidieron unirse para recordar lo sucedido, con el objetivo de visibilizar ante el país y las nuevas generaciones este crimen atroz, y que no quede en el olvido; para que las víctimas de este secuestro no sean olvidadas ni tratadas como víctimas de segunda categoría por un Estado que, aseguran, hasta el momento no los ha reparado; para que como sociedad se haga un homenaje a las tres familias que perdieron a sus seres queridos, dejando viudas, huérfanos y familias destruidas.

Buscan que dos décadas después se dé, por fin, lo que se necesita para sanar: verdad, justicia y reparación; y que los que aún siguen delinquiendo entiendan que esta guerra carece de sentido.

“Colombia necesita una paz verdadera”.

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