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"No fue un secuestro político, fue un secuestro extorsivo"; así fue la negociación.

Proceso de la mascara

La pesca de La María fue una pesca con atarraya, no llevaban caña de pescar. Entonces cayeron los que ellos habían estudiado y  todos los demás que estábamos en esa misa. De todos es sabido que ese secuestro más que político fue económico; fue un secuestro típicamente extorsivo. Incluso, al segundo día, que nos llevaron a una casa medio abandonada, Camilo Valencia le preguntó a ‘El Viejo’ (uno de los comandantes del ELN):  ‘oiga, ¿esto es un secuestro político o económico?’ y el comandante le contestó: ‘tiene de ambas cosas, político y económico’”.

Jaime Cifuentes, uno de los 194 secuestrados de la Iglesia La María, el 30 de mayo de 1999, quien para esa época era el director de Vivienda de Comfandi, recuerda que al inicio del cautiverio los guerrilleros del ELN los llevaron “como a un confesionario y a cada uno nos atendió un tipo, para que le contáramos quiénes éramos, qué hacíamos... nos confesó”.

Hay un acuerdo tácito entre las víctimas  de no decir cuánto pagaron. Cada negociación fue independiente y había un delegado de la familia para la misma. Pero sí se pudo establecer que, incluso, los que salieron en la  liberación ‘humanitaria’ del 15 de junio de 1999, un grupo de 35 personas,  tuvieron que hacer un ‘pequeño aporte’. 

Y que el ciudadano francés Bernard Leguenouart, que  trabajaba en la Ptar de Cañaveralejo, tuvo que cancelar una de las cifras más altas, porque se hizo efectivo su seguro contra secuestro. Cuando salió libre, Bernard pagó  y salió de inmediato del país.

Isabella Vernaza cree que  de las víctimas de La María son alrededor de 50 personas las que abandonaron Colombia, luego del secuestro; muchas afectadas emocionalmente por lo ocurrido y otras, por no poder pagar la totalidad de la deuda que les dejó el plagio.

“Nosotros (su esposo y ella)  fuimos los únicos que tuvimos que negociar la liberación de cada uno. Y en ese momento me decían que era un secuestro político y como yo era crédula,  pensé que era cierto”.

Alfredo Otoya relata que una de las dificultades con el ELN es que nunca fueron claros con sus secuestrados. “Decían, incluso, que negociarían con nosotros directamente allá en la montaña y nunca se hizo  realidad, a pesar de que yo les decía: tomaron a toda mi familia y por mí no hay quién negocie”.

Jaime Cifuentes precisa que en su caso fue su hermano quien se encargó de su negociación y que al final pagó  una cifra muy  inferior a la que inicialmente pedían por él, porque tenían unas expectativas muy altas: “pensaban que como funcionario del Municipio me había beneficiado de un negociado que fue muy sonado en Cali en esa época, con unas matrículas de unos taxis. Eso fue como en el año 97, eran como 800 matrículas. Entonces mi hermano les explicó que yo había trabajado allá hasta el 96 y que por lo tanto no estuve cuando se dio esa situación”.

Dice también que los guerrilleros tenían infiltrados en muchas dependencias claves del Estado para establecer quiénes eran sus víctimas, averiguar sus bienes, sus placas, todo. Jaime dice que le tocó pedirles a los comandantes que le condonaran un pago final porque ya no tenía más dinero con qué responder.

“Durante las negociaciones, el Ejército se hacía el de la vista gorda porque sabía que la gente estaba subiendo a pagar a San Antonio (parte alta de Jamundí). No se hacían pagos electrónicos. Había que subir el dinero”.

 Los que decidieron irse del país, aún sin cancelar el total de su deuda lo hicieron con sus familias completas, porque ya en la montaña la guerrilla les había advertido que si se iban, dejaban familia y ellos sabían dónde hallarlas.

Con lista en mano nos dijeron: ´a los que llamamos siguen con nosotros’. Me llamaron de segunda en la lista y ahí sí me sentí como en un campo de concentración, porque estábamos a un lado de un alambrado. Ya nos habían seleccionado”. Adriana Tafur, víctima del secuestro.

En el Juzgado Cuarto Penal del Circuito Especializado de Descongestión de Cali, reposa la sentencia contra Tulio Gilberto Astudillo, alias El Viejo o ‘Silvio’; Israel Ramírez Pineda o ‘Pablo Beltrán’; y Ovidio Antonio Parra Cortés, alias Julián, por ser autores del secuestro de  La María, con fecha del 29 de febrero de 2012. En ella están las declaraciones de varias de las víctimas denunciando los cobros del ELN. 

Tanto Jaime como otros exsecuestrados narran cómo fue que en ocasiones los señalaron de oligarcas.  “Decían: ‘esto es un golpe a la oligarquía caleña’. Entonces no entiendo para qué montaron un show de una liberación masiva, el 15 de junio, con comisión humanitaria”.

Cecilia Ruiz explica que alguna vez se oyó algo así, “como que nos lo merecíamos (el secuestro)”. Y que ella estuvo hablando con uno de los comandantes y le insistió en que había muchos empresarios entre los secuestrados, que si se acaban esas empresas la gente se quedaba sin trabajo. A lo que el comandante le contestó que  los empresarios trataban mal a los empleados, que para qué tenían dos carros, que por qué vivían en una casa grande... “Yo le refuté diciendo que a él no le constaba que trataran mal a sus empleados, que les pagaban sus prestaciones. Para mí eso no es una filosofía válida, eso tiene otro nombre, es un resentimiento”.

Pero además del golpe económico, las familias se enfrentaron a un fuerte golpe emocional, al tener que retomar sus vidas, después de esa experiencia. 

“Regresar del secuestro es una de las cosas más difíciles, pues uno está con la autoestima perdida, con una inseguridad  frente a todo. Estar secuestrado es perder el control y la responsabilidad de todo lo que tú tienes al alcance, dependes de otro”, expresa Isabella Vernaza, quien volvió a casa el 1 de noviembre del 99, mientras que su esposo lo hizo el 13 del mismo mes.

Patrick Martínez cuenta que al inicio, en libertad, perdió la fe y la confianza;  dejó la universidad y se fue a vivir al exterior tres años. “Pero después de un tiempo, ya con calma, uno entiende que todavía hay mucho por hacer en Colombia, por trabajar”.

Proceso de la mascara

Hace varios años, Patrick se encontró con uno de sus secuestradores. Ocurrió en un bus en el que iba al Lago Calima junto a su novia (hoy su esposa). “El guerrillero se subió al bus, iba con una gorra, pero yo lo reconocí y fue muy chocante, muy fuerte ese momento. Mi novia se dio cuenta de lo que estaba pasando y apenas tuvimos la oportunidad nos bajamos del vehículo. Luego, a nuestros familiares les contamos lo que había ocurrido, pusimos el denuncio y parece que con ello logramos frustrar algo que tenían planeado hacer allá”. 

Cecilia Ruiz, la mamá de Patrick, recuerda  que al volver del secuestro sufría una migraña muy fuerte, pero que sabía que  tenía una responsabilidad grande en casa (su esposo había fallecido el 8 de abril de ese año) “entonces yo me enfoqué todo momento en que tenía que estar sana”.

Pero quizás lo que más les sirvió a las víctimas del plagio masivo más grande en la historia del país fue  hacer el ‘duelo común’, como explica Flavio Reyes. “Aquí logramos conformar un grupo; eso ha sido muy importante. Como también hay otra gente que no quiere saber nada de La María”. 

Veinte años después se ven con mucha frecuencia, reviven anécdotas, historias desconocidas de la montaña, recuerdos. Adriana Tafur, integrante del grupo, manifiesta que le gusta hablar de lo ocurrido  en La María porque cree que es necesario “que la gente sepa que esto de los secuestros masivos fue verdad, que lo vivimos, que realmente existió, que la guerrilla ha hecho mucho mal y que lo sigue haciendo”.

¿Cómo ve a Cali y a Colombia 20 años después de La María?