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La Iglesia, alabada y cuestionada en el secuestro de La María

Proceso de la mascara

Derrumbado. Así sorprendió la noche del 30 de mayo de 1999 a monseñor Isaías Duarte Cancino. En los cuatro años que llevaba como arzobispo de Cali, era la primera vez que una de sus parroquias era profanada.

Un sacrilegio contra Dios, pero también contra las 194 personas que guerrilleros del ELN se habían llevado esa mañana de un templo a medio hacer, después de interrumpir el Padre Nuestro y amenazar al sacerdote que presidía la eucaristía dominical.

Pero en medio de las lágrimas, Monseñor asumió su rol de pastor de la Iglesia de Cali tal y llamó al entonces sacerdote Hernando David Torres, a quien había pedido prestado de la Diócesis de Apartadó y el mismo que antaño lo había acompañado en gestas humanitarias en el Urabá Antioqueño. 

Después de consolarlo con un abrazo y escuchar su devastación, el padre supo que su misión era preparar el camino para lo que seguía. “Me pidió que acompañara a las familias, que las escuchara y empezara a ver cómo se hacía el acercamiento entre ellas y el comando del ELN que tenía a los secuestrados”, recuerda Hernando, 20 años después en la sala de su casa.

Pero monseñor Isaías quería estar seguro del real propósito de la guerrilla, así que, tras reunirse con los allegados de quienes habían pasado esa primera noche en el frío de la montaña y en medio del mayor sigilo, al día siguiente partió para el Cauca.

Eso sí, a monseñor Saúl Aramburo, uno de sus más cercanos colaboradores y al padre José González, entonces canciller de la Arquidiócesis de Cali, les dejó una orden: “Si me dejan secuestrado, no van a dar ni un solo peso. La plata es para los pobres”.

Fue solo. No quería exponer a nadie más. Logró que los jefes del ELN lo recibieran y, tras confirmar que se trataba de un secuestro extorsivo, les exigió que les respetaran la vida a todos y que todos fueran liberados.

En adelante, el padre David fue el encargado de hablar “en nombre de la Iglesia” con los captores, los mismos que desde Antioquia le expresaron su disgusto porque monseñor “había hecho tanto escándalo tratándose de un secuestro de ricos”.

No sabían que la máxima evangélica por la que el Apóstol de la Paz ya era reconocido internacionalmente era que “la gloria de Dios es el hombre que vive”, y que en ella no cabían distinciones económicas, pese a las amenazas de “juicios políticos” por parte de guerrilleros o paramilitares.

Con los familiares, la primera tarea fue hacer un taller para que, en medio de la desesperación, supieran cómo debían negociar con los plagiarios.

 “Era ayudarles a entender que para la guerrilla sus seres queridos eran considerados objetos que tenían un valor y que ese valor era muy alto, y que la negociación partiría de una cifra muy alta”, narra David, que hasta ahora había preferido mantener en el anonimato su papel en la resolución del primer secuestro que tuvo lugar en un templo de Colombia.

Lo que siguieron fueron muchas idas y venidas por empinados parajes que le eran totalmente desconocidos. Por eso recurría a estrategias como pedirles a los familiares que midieran el kilometraje que marcaban los carros hasta el punto donde eran citados y que retuvieran el número de retenes que tenían que atravesar en el camino. 

Otra táctica que había aprendido durante sus años como miembro de la Comisión de Justicia y Paz de la Diócesis de Apartadó era fijarse en cuántos guerrilleros estaban en un lugar “para saber de antemano el nivel del interlocutor con que se iba a encontrar”.

De ese conocimiento se valió el día que se encontró con algo inesperado: en las lomas de Jamundí, una de las víctimas había convenido pagar una suma de dinero que no tenía. “De la mano del Espíritu Santo” lo acompañó hasta donde los captores para pedirles una ‘rebaja’, a sabiendas del peligro que eso implicaba para la vida de ambos, pero, gracias a Dios, dice, el comandante aceptó renegociar.

Mientras tanto, en Cali monseñor Isaías Duarte no se que quedaba quieto. Tras realizar una ceremonia de desagravio en La María, todas las tardes llegaba hasta la chocita que aun se mantiene en pie para darles fortaleza a padres, hijos, esposos y demás desconsolados. 

Fiel a su talante bumangués, convocaba a las autoridades, a las empresas, a los demás sacerdotes, a todo el mundo para que rechazara lo hecho por la guerrilla en una de sus parroquias.

Fruto de ese ánimo y de toda una mañana de trabajo con el padre José González, surgió un lema que se volvió clamor en todo el país: ‘¡Los queremos vivos, libres y en paz!’.

Con esa consigna, acogida por un comité de la sociedad civil que se constituyó en la Cámara de Comercio de Cali, la ciudad entera asistió el 6 de junio a una marcha en contra del secuestro que se convirtió en hito histórico de movilización nacional.

“Recuerdo que pusimos una tarima en La Ermita y desde ahí la vía se veía hasta el Hotel Intercontinental absolutamente abarrotada de gente. Las empresas locales obsequiaron camisetas y les dieron la mañana libre a sus empleados para que pudieran asistir”, anota el padre González.

Era la forma de decirle no al secuestro y no a la guerrilla, pero sí al liderazgo de monseñor Isaías Duarte Cancino, a quien 20 años después las víctimas de La María siguen añorando por la devoción con la que durante casi siete meses los ayudó a sobrellevar el dolor por la abrupta separación de sus seres queridos.

El Padre Cadavid: testimonio de una herida que sigue abierta en La María

El padre Jorge Humberto Cadavid Morales fue el sacerdote que protagonizó el mayor secuestro masivo de la historia de Colombia. Justo en el momento en que impartía la primera misa de la mañana aquel 30 de mayo de 1999, en esa capilla en construcción que era La María, los hombres del ELN se lo llevaron junto con sus feligreses.

Aquel día su vida cambió para siempre. No solo por el impacto del acto sacrílego contra su parroquia y por haber sido víctima de un hecho violento, sino ante todo porque después del plagio el vínculo entre sacerdote y comunidad se quebró por completo.

Aunque durante años el asunto se mantuvo bajo la reserva de las personas directamente involucradas en el hecho, con el paso del tiempo salieron a la luz pública las profundas diferencias y los duros señalamientos que se hicieron contra quien era el párroco de la iglesia La María en 1999.

Como él mismo lo señala abiertamente hoy, fue acusado por otras víctimas del secuestro como cómplice de la guerrilla del ELN. Y las heridas que dejó ese señalamiento se han mantenido abiertas durante 20 años.

¿Qué fue lo que pasó aquel día y durante el cautiverio? ¿Qué responde el sacerdote frente a los cuestionamientos que le hacen los plagiados? ¿Qué pasó con su vida y cómo ve hoy los hechos que ocurrieron?

El padre Jorge Humberto Cadavid respondió a esas preguntas en este video de El País:

Proceso de la mascara

Padre Cadavid, ¿cómo recuerda lo sucedido el día del secuestro?

Yo venía de la muerte de mi papá, muy trasnochado y dormía en el seminario porque en La María no había casa, así que me cogió la tarde. La misa empezó como a las 10:15 y yendo por el Padre Nuestro observé un escuadrón en la única entrada que había y pensé que el Ejército venía por alguien. Rodearon la chocita y dos de ellos se subieron al altar y me cogieron por lado y lado y me decían cosas al oído mientras yo seguía la misa: que había una bomba, que eran del Gaula y que diera la orden de salir. Yo miré de reojo y vi que no tenían ningún distintivo, pero sí vi a una mujer que se le soltó el cabello. Ahí me di cuenta de que eran guerrilleros. Me acordé de la película ‘La vida es bella’ y me dije: ‘padre Cadavid, le tocó actuar, porque esta es su parroquia y esta es su gente’. Después me enteré que les habían dado 25 minutos para tenernos arriba y yo los estaba demorando, pero era con la intención de hacer tiempo a ver si reaccionaban Ejército o Policía, pues había una Estación a cinco minutos. Entonces, con voz de drama y con gestos, les dije: ‘Me dicen estos señores que hay una bomba aquí y que ustedes tienen que salir’. Exageré para que ellos no me creyeran, pero los guerrilleros me dijeron ‘si algo pasa, usted es el culpable’, y les dije ‘no, los responsables son ustedes’.

¿Qué siguió después?

Afuera estaban los dos camiones, un furgón y uno de carpa. Yo estaba con los ornamentos, no alcancé a quitármelos y subí con ellos hasta una zona donde tuvieron que parar y allí nos juntamos todos. Éramos como 180 y, según escuché, era la caseta comunal de El Diamante. Allí les dije a los que estaban comandando, que eran ‘Jonathan’ y ‘Nicolás’: ‘Ustedes no son capaces con toda esta gente, no están preparados para esto, soltemos a las personas según lo que ustedes dijeron en el manifiesto de Maguncia (un documento que el ELN había firmado días atrás en un intento de diálogos de paz en Alemania) y me dijeron: ‘Usted que lo conoce, aplíquelo’, y me inventé esto: ‘En Maguncia ustedes dijeron que no secuestraban a personas mayores de edad, entonces son las primeras que hay que soltar, a los enfermos y a los niños... En todo el tiempo no oí aviones ni helicópteros ni enfrentamientos, pero dicen que los helicópteros ya estaban rodeándonos, entonces les dio afán.

¿En qué momento se confirma que es un secuestro extorsivo?

Yo les dije a los secuestrados que nunca se dejaran humillar, que se enfrentaran a ellos con cultura, pero a la misma altura. ‘No les digan comandante, sino por el nombre que tienen en el uniforme, que eso los iguala’. Yo mantuve esa posición y de ahí viene el problema: yo ordenada y ellos obedecían. Yo iba conversando con una muchacha que se llamaba Guadalupe y ella me dijo: es secuestro y es extorsivo y es el ELN, lo dijo cuando estábamos subiendo la montaña. Cuando llegamos allá, ellos empiezan a hacer grupos, tenían un listado, estuvimos todos juntos los dos primeros días y luego nos repartieron. A mí me iban a soltar en varias oportunidades y eso lo supieron los secuestrados, porque yo todo lo decía públicamente. En una oportunidad me llevaron aparte para conversar con los comandantes y me pidieron que porqué no bajaba para hacer las conversaciones y arreglar todo rápido. Pero les dije: ‘Primero, no les creo nada de lo que ustedes dicen. Si no me dan por escrito lo que debo decir abajo, no voy, porque después ustedes me desmienten. Dos, no puedo aceptar bajar porque yo soy el pastor de esta comunidad y me queda muy mal, como capitán del barco, que sea el que se baje’.

¿En algún momento sintió miedo por lo que pudiera pasarle?

El único miedo lo sentí al comienzo, porque en mi imaginativo estaba que los del ELN eran más sanguinarios que las Farc, pero al mismo tiempo pensé: ‘Lo que tuve que vivir, ya lo viví. Si me queda más tiempo, pues maravilloso, es un regalo’, y me dije: ‘Entonces fuerte y no se venda, siga haciendo lo que usted es y haga las cosas bien’.

¿Cuándo se produce su liberación y cómo fue?

A mí me soltaron el 16 de junio, yo ya lo sabía desde la noche anterior, porque me lo habían dicho los comandantes, pero no se lo comuniqué al grupo porque en varias oportunidades decían que nos iban a soltar y la depresión de la gente era bárbara cuando no sucedía, sobre todo la de las mujeres, había unas que se volvían histéricas. Al otro día fue la liberación, vinieron los candidatos a la Presidencia del momento, unos negociadores de Alemania y una comisión del Obispo de Bucaramanga. Pero el único que se me acercó en la bajada fue Humberto Alzate, que estaba reemplazando en la Gobernación a Gardeazábal (Gustavo Álvarez). Me dijo: ‘Padre, para qué le sirva, porque a usted lo van a poner a hablar, nunca se dio la orden de irlos a buscar’. Ese no fue el primer grupo, porque primero se liberaron 7 u 8, y ahí termina la parte mía del secuestro. En ese momento habían liberado 48 y quedaban como otros 48 arriba.

¿Por qué nunca ha regresado a la parroquia La María?

Voy a decir la frase muy fuerte: porque de allá me sacaron como guerrillero, pero no los guerrilleros, sino los feligreses, y también hay que decirlo duro: parece que la Iglesia les colaboró a los que pensaban que yo era guerrillero. Yo le dije al Arzobispo (monseñor Isaías Duarte Cancino): ‘Usted conoce a mi familia, es paisano mío, puede ir a la parroquia y decir: yo lo conozco, yo lo nombré’, pero nunca fue. Cuando apareció Piedad Córdoba ofreciendo sus servicios para las liberaciones, a mí nada me comunicaron, había un pacto de que conmigo no hablaban porque yo era peligroso.

¿Pero por qué cree que lo tildaban de guerrillero?

Por mi manera de hablar, que es muy directa. Yo les dije: ‘Si estamos secuestrados es por alguna razón y causa tenemos en el secuestro por esto y por esto’. Creo que por eso hablan de irrespeto, pero hubo otras cositas que pudieron hacerles creer: el hecho de que yo haya desaparecido la semana del secuestro para enterrar a mi papá sin que nadie supiera. Un dato anterior: cuando llegué a la parroquia, el primer día que oficié misa, subió una señora al altar, que después estuvo en el secuestro, y me dice: ‘Padre, con usted no vamos a colaborar en esta parroquia, porque nos hemos enterado que usted, por ser amigo del Arzobispo, sacó al párroco de acá y le pidió la parroquia’, y eso es falso… a principios de enero, monseñor llegó a mi parroquia y me dijo: ‘Necesito cambiar el párroco de La María’ y me dio tres razones para hacerlo. Lástima que yo no las pueda decir, y le dije: ‘Usted mande y yo obedezco’. Parece que el párroco anterior le tuvo que decir algo a la comunidad, porque estaban prevenidos. Tanto, que no me llamaron para su despedida, a mí no me entregaron la parroquia. Entonces ya empecé mal y después hubo una reunión en la que cité a toda la Junta anterior para ponerlos al tanto de cómo íbamos a seguir la construcción y les propuse que mensualmente dieran $50.000 por familia para mantener la construcción viva... y, sí, acepto que cometí el error de que una de las primeras frases que les dije cuando íbamos subiendo fue: ‘No querían dar $50.000 para la construcción de un templo y ahora les va a tocar dar millones para armas y para que nos maten’. Creo que eso les quedó muy adentro...

¿Qué más les decía en el cautiverio?

Entiendo que una cosa soy yo, que no tengo hijos y no soy casado, pero fui muy irrespetuoso: ‘Partan con esa realidad exterior y vivan aquí, porque el mundo se hace de las realidades reales, no de las ficticias que uno quiere’. Más aún, dije allá: ‘Uno tiene que pensar que está muerto para que pueda hacer una vida nueva acá’. Esa fue mi posición y por eso, cuando bajaron, un familiar de uno de los secuestrados escribió una carta en la que decía que yo era guerrillero y daba las pruebas… eso también produjo una división con monseñor Isaías. Luego pactaron una reunión en Ciudad Jardín, donde el padre Andrés, ‘para que hagan las paces’ y yo dije: ‘Las paces se hacen reconociendo que han cometido un error y que me están calumniando y en este momento es peligrosísimo que digan que soy guerrillero porque están los paramilitares’. Se hizo la reunión y yo fui por obedecer, pero no reconocían que me habían dicho eso, querían tomarse una foto conmigo para El País y para decir ‘estamos en paz’. No me dejé tomar la foto y me fui. Ese es mi temperamento... Luego pasó otra cosa: cuando nos iban a liberar, el comandante le dijo a todos que para lo de los arreglos, o sea los pagos, quedaba encomendado el padre Cadavid en la parroquia, entonces yo le dije: ‘No señor, cómo se le ocurre. Ni sirvo para negociar, ni voy a traerles plata a ustedes, porque la vida no se negocia’.

¿Qué otro episodio recuerda de esos meses posteriores al secuestro?

Cuando mataron a Jaime Garzón, el 13 de agosto (1999), la primera llamada del día me cogió por fuera de base, porque yo no sabía del asesinato. Me llamó un periodista y le dije: ‘¿De qué me habla?’. ‘¿Padre, usted no se ha enterado de que mataron a Garzón?’ ‘¿Y por qué me llaman a mí?’. Entonces el locutor me dice: ‘Es que a usted lo comparan con él por las negociaciones, usted está como del lado de la guerrilla y está negociando con la gente’, y le dije: ‘No señor, eso es falso’ y ahí supe que estábamos al aire. Luego llamó Gobernación, Alcaldía y Arquidiócesis: ‘Véngase inmediatamente que lo necesitamos’. Frangey (Rendón), uno de los encargados en la Gobernación, me dijo: ‘Padre, ¿no hablado con el Señor Arzobispo? La vida suya peligra y hay que sacarlo del país y cambiarle la identidad’, y me hizo la ligazón con Garzón, y en la Arquidiócesis, monseñor me sacó una carta que le habían escrito mis hermanos desde enero, y estamos hablando de agosto, en la que le pedían encarecidamente que me defendiera porque me estaban acusando de guerrillero y los paramilitares podían venir por mi cabeza. Entonces, le dije que no sabía de la carta, pero que estaba de acuerdo con ella. Me dijo: ‘Entonces respóndala’, y yo le dije: ‘Es que no me la escribieron a mí, respóndala usted’. Monseñor Aramburo me dijo: ‘Pero usted es como grosero con el Señor Arzobispo’, y le dije: ‘No soy grosero, le digo la verdad, y le voy a decir otra, él se quiere lavar las manos y me pone a mí en peligro’. Para que vean cómo estaban las relaciones, lo cual nunca entendí, porque a pesar de eso, monseñor siempre iba a mi casa parroquial a almorzar.

¿Cómo fue su salida como párroco de La María?

Monseñor Isaías nunca me utilizó a mí, usó a otros padres y empezó el aislamiento mío de todo lo que tuviera que ver con el secuestro. Más aún, cuando la salida de La María, que fue en septiembre, yo ya le había dicho a él: ‘Ni se atreva a sacarme, porque es confirmar que yo soy guerrillero y por seguridad de la gente me saca. Cómase ese sapo y trate de que yo limpie mi imagen allá, ayúdeme’. No se hizo nada.

Si hoy usted se pudiera reunir con las familias de La María, ¿qué les diría?

Más bien los escucharía. ¿De qué me acusan?, ¿qué fue lo que yo no hice o hice, que les fastidió, ¿qué es lo que ellos notaron mal? Y ya oyendo eso, puedo hablar, pero no sé de dónde se desprende no digo odio sino ese rechazo a no estar conmigo, tanto que mi mayor frustración como sacerdote es no haber podido aclarar eso ni ser párroco de la parroquia en la que me nombraron. Más aún, a ningún aniversario de La María me invitan.

¿Cómo ve a Cali y a Colombia 20 años después de La María?