“Estoy amenazado. Llevo cuatro atentados ordenados por organizaciones que se han querido infiltrar(...) Yo fui, hasta mi último atentado, el 1 de abril (2016), el líder de Barón Rojo Sur por casi dos años(…) En ese tiempo tuve ofrecimientos por $120 millones para dejar manejar el tema de lavado de dinero(…) Barón Rojo es la organización más grande de jóvenes en el Valle. Ellos pretendían que yo fuera un referente camuflado entre los jóvenes(...) Ese ofrecimiento me lo hizo una de las personas que ahora está capturada: Pablo Pereira (…) Como yo no acepté, él puso la queja en la empresa y le ponen precio a mi cabeza. Empezó en $15 millones… desde la cárcel me dicen que valgo $30…”.

Nueve meses después de estas revelaciones que entregó en una entrevista exclusiva a El País, alias ‘Toyota’ fue asesinado en Cali. Se llamaba Yeison Johanny Jaramillo y hasta el día del crimen, el 1 de febrero del 2017, era uno de los testigos clave en la investigación que para entonces la Policía y la Fiscalía llevaban en el intento de descifrar cómo el narcotráfico había permeado la barra: de acuerdo con la hipótesis, ese había sido el punto de inflexión para una seguidilla de disputas internas que concluyeron en 21 muertos.

“Hay un bloque muy prestigioso, el Bloque Norte, que se permeó por personas que se dedicaron a la delincuencia(…) Generación Pérdida le ha hecho daño a la barra del América. Ellos tienen un lema: ‘la que robó a todo el mundo y volvió a dar la cara para quedarse’. La venta de droga en la barra podía generar entre tres y cinco millones de pesos por partido(…) Cogen a unos pelados que tienen amigas y a ellas les queda fácil coger un condón y llenarlo de droga, no las pueden requisar en sus partes íntimas. No la meten ni en las banderas ni en los bongos porque eso es requisado…”.

A ‘Toyota’ lo mataron a tiros en la Carrera 47D con Calle 54D del barrio Ciudad Córdoba, al oriente de Cali. Tenía 34 años y su colaboración con las autoridades había sido determinante para varias capturas, entre ellas la de alias ‘Pablo Pereira’, señalado para ese momento como uno de los responsables de la línea de microtráfico que empezó a funcionar a través de la estructura de la barra. Antiguo jefe de patio en la cárcel de Cartago, a ‘Pablo Pereira’ le imputaron cinco homicidios, entre los que le relacionaron a varios miembros de Barón Rojo Sur: ‘Nacho’, asesinado en Yumbo; ‘Richar’, líder del bloque Los Hijos de Caín; ‘Chinchi’, ‘Chingo’, y un adolescente.

“Existe una estrecha relación entre barra y prácticas delincuenciales de forma que genera un estigma. Muchas de estas conductas terminan enlodando los procesos de barrismo. Un claro ejemplo ha sido lo que pasó con Barón Rojo, donde se ha comprobado por parte de la Fiscalía su relación con el sicariato y bandas criminales”, recuerda Alejandro Villanueva, doctor en ciencias del deporte, docente de sociología del deporte en la Universidad Pedagógica Nacional de Colombia y fundador de la ONG Goles en Paz Latinoamérica.

Pero lo que ha pasado con la barra-brava del equipo del ‘diablo’ es apenas una representación a escala de la situación en el resto del país. El primero de noviembre del 2007, para citar un ejemplo randómico, 93 seguidores del Independiente Medellín fueron detenidos cuando intentaban llegar a un juego entre su equipo y el Deportivo Cali, armados con un arsenal propio de una guerra entre pandillas. ¡Es inaudito!, dijo el entonces comandate de la Policía de la capital de Antioquia, al descubrir el ‘equipaje de mano’ que llevaban camuflado en varios buses con destino a la capital del Valle: una granada, dos revólveres, dos changones, diez mil gramos de marihuana, basuco, 50 cuchillos, navajas, machetes, pólvora, un bate de béisbol, caucheras y sacol. Entre los 93 hinchas, cuatro eran menores de edad.

En septiembre de 2018, una de las barras más grandes de Atlético Nacional se vio envuelta en un caso de tráfico de droga de manera conjunta con una barra del club Laferrere, de la cuarta división argentina. Sebastián Parra Jaramillo, de 27 años, quien formaba parte de ‘La Legión Nación Verdolaga', fue capturado junto a otras 14 personas en una operación que dejó al descubierto el método de cooperación binacional: la banda de Parra conseguía droga ‘en consignación’ que mandaba hasta Argentina, donde era distribuida en la provincia de Buenos Aires.

Estos son los colores del club Laferrere, cuadro de la cuarta división argentina. En septiembre de 2018, una de las barras más grandes de Atlético Nacional se vio envuelta en un caso de tráfico de droga que los vinculó a su par gaucho. Habían establecido un método de cooperación binacional: desde Colombia les enviaban droga en cosignación que era distribuida en la provincia de Buenos Aires.
Estos son los colores del club Laferrere, cuadro de la cuarta división argentina. En septiembre de 2018, una de las barras más grandes de Atlético Nacional se vio envuelta en un caso de tráfico de droga que los vinculó a su par gaucho. Habían establecido un método de cooperación binacional: desde Colombia les enviaban droga en cosignación que era distribuida en la provincia de Buenos Aires.
Foto: Hugo Mario Cárdenas.
“No se puede esperar que los barristas sean los que den el mejor ejemplo de cumplimiento de la ley cuando los directivos del fútbol son el peor ejemplo de criminalidad: Luis Bedoya está preso en los Estados Unidos, Ramón Jesurún está siendo investigado, así como Jorge Perdomo. No olvidemos que los grandes equipos de fútbol han estado en manos del narcotráfico. Entonces no podemos tener un rasero para juzgar a las barras y otro para los directivos”, reflexiona el Fundador de la ONG Goles en Paz Latinoamérica.

Piñas, tiros y piedrazos

Aunque este es el único lugar del mundo donde se creó una política social en torno a la lucha colectiva que requiere la violencia que desborda el fútbol, el Plan Decenal, que es como fue bautizado el proyecto en el que participaron 3.600 colombianos, no ha servido de mucho por falta de financiamiento. Las barras reflejan el estallido social del país y algunas llevan tiempo infiltradas por organizaciones delictivas que persiguen su volumen masivo y su poder de convocatoria para mover sus particulares intereses.

La cifra de 149 personas asesinadas durante los últimos doce años en Colombia por razones asociadas al fútbol, no es un dato coincidencial. Las barras hace rato que se desvirtuaron como tribus reunidas alrededor de un escudo para transformarse en clanes sin ley, compuestos en algunos casos por celulas de fojaridos, casi mercenarios al servicio de la oportunidad.

Diego González (Piojo), uno de los líderes distritales de la Guardia Albirroja Sur, del Independiente Santa Fe, cuenta por ejemplo que desde la barra llevan tiempo trabajando para evitar que los infiltren. Y recuerda el día en que cambió todo: “Fue una noche terrible en el Campín, en un partido Santa Fe-América donde invadimos la cancha: una persona murió en la Tribuna Oriental, le pegaron al árbitro, y de lado de nosotros un hincha cae de la parte lateral alta, a la baja (foto principal). Ese fue el día que la barra se cansó porque había una bandita de fleteros y una mini-olla. Ese día la barra en su ‘sabia violencia’ se reveló y decide atacar a los pelaos. Quedó como precedente en la tribuna y tomamos de nuevo el control, dijimos que estamos dispuestos a morir o a irnos presos, pero esto no es una olla para nadie…”.

Durante un partido entre Santa Fe y América jugado en El Campín en el 2005, la barra del equipo cardenal hizo un proceso de depuración interna, atacando a los líderes de una línea de expendio que los tenía infiltrados. Este es el instante exacto en que empujan a uno de los expendedores de la tribuna.
Durante un partido entre Santa Fe y América jugado en El Campín en el 2005, la barra del equipo cardenal hizo un proceso de depuración interna, atacando a los líderes de una línea de expendio que los tenía infiltrados. Este es el instante exacto en que empujan a uno de los expendedores de la tribuna.
Foto: Hugo Mario Cárdenas.

En una investigación de la Universidad de Buenos Aires denominada ‘El aguante y las hinchadas argentinas, una relación violenta’, se explica la forma en que la violencia está determinada en la genética barrial, casi como valor humano: “A las piñas, a los tiros o a los piedrazos son las formas que tienen los hinchas de mostrar lo que los distingue. El recuerdo de incidentes, de enfrentamientos, con la policía o con barras rivales es parte del discurso. Las experiencias de los combates pasados emergen también en los cánticos y en las marcas corporales”.

Desde la localidad de Suba, en Bogotá, Sandra Sandino recuerda con tristeza el cántico que la hinchada del Cali le dedicó a su hijo Óscar Bayardo Sandino, asesinado en la capital del Valle el 22 de junio del 2013. Óscar, fanático de Millos, era líder de Comandos Azules y murió en un salvaje ataque a manos de seguidores del equipo rival, que lo emboscaron cuando se trasladaba en un taxi al estadio Pascual Guerrero: “Ni con las esferas del dragón podrán resucitar a Asmaaaa…”, dice Sandra que cantaron en un estadio. A su muchacho le decían así, Asma. Tenía 27 años y era uno de los pioneros del barrismo social en el club azul.

La división entre barra deportiva y banda delincuencial, ha estado marcada en muchas ocasiones por una línea muy delgada, casi transparente. Mantienen prácticas de celebración vandálica calcadas del hampa y existen muy pocos registros que hablen de procesos colectivos en los que le hayan mostrado otra cara al país. Más allá de algunos partidos mediáticos donde han posado como falsos embajadores de la paz, son pocos los recuerdos de barras uniéndose para caminar juntas y con un propósito distinto a matarse.

Tal vez uno de los episodios más célebres en este sentido pudo ocurrir en junio del 2001, cuando unos 800 hinchas del Nacional y de Millonarios armaron una revuelta bíblica al encontrarse en El Doradal, a unos 180 kilómetros de la capital antioqueña y de camino a un juego. Según dicen, la confrontación quedó conjurada con la aparición de una columna de las autodefensas que operaba en el Magdalena Medio: acompañado de 300 hombres, el comandante paramilitar ordenó a las hinchadas desplazarse a una zona montañosa en dirección a Puerto Triunfo, donde las tuvo retenidas por varias horas hasta que reunieron la plata para pagar los destrozos que hicieron. Vaya curiosidad: las barras rivales, calladas y sumisas, se juntaron por primera vez, y derrotadas por el miedo, trabajaron en equipo.

Pasión mortal: inventario de una tragedia

Durante los últimos doce años, 149 personas fueron asesinadas en el país por llevar la camiseta de un equipo de fútbol. Una quinta parte de todas las víctimas eran menores de edad.

“La barra refleja los problemas sociales del país”

Alirio Amaya, experto en convivencia y seguridad en el fútbol, habla del significado de que 149 jóvenes murieran en los últimos años por llevar la camiseta de un equipo.

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