Profanación al santuario

En la última década han sido interceptadas 78 embarcaciones realizando pesca ilegal en Malpelo. Casi todas procedentes de Ecuador y Costa Rica. 250 tripulantes fueron puestos a disposición de la Fiscalía, pero solo hubo 31 condenas. La pesca industrial acecha.


Por Hugo Mario Cárdenas López, Reportero de El País | Foto: Fuerza Naval del Pacífico / Especial para El País

La sola presencia de lanchas de pesca en los 2,6 millones de hectáreas que delimitan el área protegida del santuario es un sacrilegio que tristemente se ha vuelto hábito.

Entre enero y mayo, cuando el Pacífico Sur empieza a calentarse, el agua fría de Malpelo atrae especies como el marlin, el pez vela y el tiburón martillo, pero con ellos llega su mayor depredador: el hombre.

La isla de Malpelo es el hábitat natural de especies como el tiburón martillo o el tiburón sedoso, los cuales son de los más apetecidos por los pescadores ilegales y actualmente se encuentran en peligro de extinción.
La isla de Malpelo es el hábitat natural de especies como el tiburón martillo o el tiburón sedoso, los cuales son de los más apetecidos por los pescadores ilegales y actualmente se encuentran en peligro de extinción.
Foto: Fuerza Naval del Pacífico / especiales para El País

Hasta finales de marzo de 2019 era ‘habitual’ ver en el horizonte una o dos lanchas pequeñas haciendo faenas de pesca en el área protegida. Pero en la primera semana de abril se puso en marcha un ataque masivo desde el puerto de Esmeraldas, en Ecuador.

Lo que estaba por venir fue advertido en la madrugada del 8 de abril por funcionarios de la Fundación Malpelo y de Parques Nacionales, quienes en un recorrido por la isla sacaron del agua varios flotadores plásticos, espineles de pesca y dos tiburones martillo muertos.

En la tarde del día siguiente fueron vistas cuatro lanchas y se avisó al buque ARC Punta Soldado de la Armada, que al rodear la isla encontró cerca de 30 embarcaciones que emprendían la huida, aunque testigos aseguraron que eran más de 60 lanchas pescando en zona protegida.

Aunque todos huyeron en distinta dirección, la Fuerza Naval del Pacífico logró retener seis embarcaciones y remolcarlas hasta Buenaventura, donde los 27 tripulantes fueron puestos a disposición de la Fiscalía General por los delitos de violación de fronteras e ilícita actividad de pesca, entre otros.

Un hecho similar no se recuerda desde que en octubre de 2011 ingresaron en el Santuario de Fauna y Flora de Malpelo al menos diez barcos con bandera de Costa Rica y atraparon más de dos mil tiburones a los que les cortaron las aletas, tan apetecidas y cotizadas en la cocina asiática, y los arrojaron de nuevo al mar donde murieron asfixiados y desangrados.

La escena fue vista por buzos rusos que fueron a Malpelo, uno de los diez mejores lugares en el mundo para avistar tiburones, y hallaron los tiburones martillo, ballena y galápago, entre otros, desmembrados y agonizantes.

Para los pescadores ilegales  es más rentable cortar las aletas y arrojar el tiburón al mar porque en las aletas está la mayor ganancia y por razones de peso y espacio.
Para los pescadores ilegales es más rentable cortar las aletas y arrojar el tiburón al mar porque en las aletas está la mayor ganancia y por razones de peso y espacio.
Foto: Fuerza Naval del Pacífico / especiales para El País

Una de las consecuencias de la sentencia de muerte firmada en los años 80 y 90 contra millones de tiburones, cuando les atribuyeron supuestas propiedades médicas y afrodisíacas.

Eso sin contar el daño que generan las -embarcaciones al arrecife coralino con sus sistemas de anclaje o con sistemas de pesca de arrastre.

“Un proceso que la naturaleza tardará décadas o cientos de años, dependiendo del tamaño, en regenerar. Esa presión más problemas de cambio climático podría generar que en 50 o 100 años ya no tengamos los ecosistemas que tenemos ahora”, explica César Peñaherrera, director de ciencias de Migramar, una ONG estadounidense que estudia especies migratorias desde México hasta el sur de Chile.

Sin respiro

El hostigamiento a la riqueza marina del Santuario de Fauna y Flora de Malpelo no da tregua durante el año. Los operativos de la Armada Nacional son constantes y han aumentado en el último periodo.

Información recopilada por El País mediante derechos de petición a la Fiscalía, Parques Nacionales, la Armada Nacional y la Autoridad Nacional de Pesca revela que entre 2010 y 2019 fueron retenidas cerca de Malpelo 78 embarcaciones haciendo pesca ilegal, de las cuales 67 eran de bandera ecuatoriana, 10 procedentes de Costa Rica y 1 más con matrícula de Panamá.

A 490 kilómetros del puerto de Buenaventura, oficiales de la Fuerza Naval del Pacífico adelantan labores de soberanía y control en el Santuario de Fauna y Flora de Malpelo.
A 490 kilómetros del puerto de Buenaventura, oficiales de la Fuerza Naval del Pacífico adelantan labores de soberanía y control en el Santuario de Fauna y Flora de Malpelo.
Foto: Fuerza Naval del Pacífico / especiales para El País

En cuanto a las personas detenidas, señala el contraalmirante Harry Ernesto Reyna, director de Acción Integral de la Armada Nacional, “desde el 2010 al 31 de enero de 2020 fueron capturadas un total de 249 extranjeros por el delito de ilícita actividad de pesca, de las cuales 140 son ciudadanos ecuatorianos, 54 dominicanos, 27 jamaiquinos, 19 costarricenses, 3 nicaragüenses, 3 venezolanos, 2 hondureños y 1 mexicano”.

Pero pese al esfuerzo del Estado colombiano en reglamentar la pesca y fortalecer los controles y las sanciones a la actividad ilícita en los mares del país, aún estamos lejos de tener el sistema que garantice la vida y la tranquilidad de las especies.

Porque de los 249 capturados muy pocos respondieron penalmente por sus actos. Según Santiago de Zubiría, subdirector de Políticas Públicas y Estrategia Institucional de la Fiscalía, “entre el 1 de enero de 2010 y el 31 de enero del 2020 se han registrado en los sistemas de información misional 31 personas de nacionalidad extranjera capturadas por el delito de pesca ilegal con sentencia condenatoria.

Muy pocos teniendo en cuenta que fueron 249 capturas y porque con una tasa de impunidad superior al 85% no hay un factor intimidatorio para que los pescadores ilegales no quieran volver.

Por el contrario, eso anima a arriesgarse más de una vez a los ilegales, como ocurrió con el barco Adonis B, de bandera ecuatoriana, que fue retenida el 16 de marzo de 2019 en Malpelo con cuatro tripulantes y 261 kilos de pescado por el buque de la Armada ARC 20 de Julio y lo dejaron ir tras decomisarle la pesca y los espineles.

Cinco meses después, también en el santuario de Malpelo, es retenida de nuevo por el buque ARC 7 de Agosto de la Armada Nacional, esta vez con 650 kilos de pesca entre tiburones y pez Marlin. Ya la tripulación y el barco están de nuevo en Ecuador.

“La verdad es que muchas veces les quitamos los espineles y los anzuelos que llevan, les decomisamos la pesca y los dejamos ir porque es muy complejo venirnos hacia Buenaventura durante tres días y luego otros tres días para regresarnos y eso deja casi una semana el santuario sin vigilancia”, señala un oficial de la Armada.

El problema es que la realidad de la pesca mundial es cada vez más compleja porque luego de fatigar el recurso en Asia, se vienen acercando cada vez más a este lado del mundo intentando sacar ventaja de cualquier debilidad de los países en sus controles.

Sandra Bessudo, directora ejecutiva de la Fundación Malpelo y quien simboliza la lucha por la conservación del santuario, advierte que las principales amenazas son la pesca ilegal y la pesca industrial en aguas internacionales.

“Ese tipo de pesca es cada vez más tecnificada y como país creo que nos ha faltado seriedad en la toma de información científica de calidad para saber si esta actividad no perjudicará a futuras generaciones porque con la industrialización hemos visto disminuidas muchas especies”, explica Bessudo.

¿Comercio en altamar?

Proteger Malpelo es cada vez más urgente. Las evidencias apuntan a que en las aguas protegidas del santuario, a 490 kms de Buenaventura, se realizarían operaciones ilegales de compra y venta de especies marinas o sus partes por parte de embarcaciones que realizan pesca ilegal.

De acuerdo con la Armada Nacional, en la última década han sido retenidos 140 ciudadanos ecuatorianos por realizar actividades de pesca ilegal en Colombia y violación de fronteras.
De acuerdo con la Armada Nacional, en la última década han sido retenidos 140 ciudadanos ecuatorianos por realizar actividades de pesca ilegal en Colombia y violación de fronteras.
Foto: Fuerza Naval del Pacífico / especiales para El País

Eso explica, según organismos de conservación internacional, lo que ocurrió el 2 de septiembre del 2019, cuando sin una causa justa se detuvo en aguas de la isla de Malpelo el carguero Ioannis I, de bandera chipriota, luego de salir del puerto de Guayaquil, en Ecuador, con destino a Asia.

La embarcación, que según datos obtenidos a través del aplicativo de Marine Traffic, es un tanquero para el transporte de combustible, permaneció cuatro días surcando el Santuario, en un sector en el que la Interpol cree que embarcaciones ecuatorianas y costarricenses surten de pesca ilegal los navíos que van al continente asiático.

“El mayor mercado de la pesca ilegal y el aleteo (cortar las aletas de los tiburones para comercializarlas) tiene como destino, en su mayoría, a China y Taiwan y hay muchas empresas dedicadas a ello y todo el tiempo están cambiando sus nombres para no ser detectados” explica bajo reserva de identidad un agente de Interpol que investiga estos casos.

En promedio, a entre 80 y 100 millones de tiburones les arrancan las aletas cada año para surtir el mercado gastronómico asiático. Pero las cifras en general son menos alentadoras. Solo el pasado viernes, de acuerdo con el sistema satelital de Global Fishing Watch, una ONG que hace control a la pesca mundial, había en el mundo 7.627.112 embarcaciones realizando faenas de pesca.

Una cifra que sumada la cantidad de embarcaciones que a diario realizan pesca ilegal en el mundo, deja la sensación de que la riqueza marina en unas décadas se verá solo en libros.

En Colombia, por su parte, ha dejado un sinsabor la decisión de permitir cuotas de pesca de tiburón con el propósito de comercializar las aletas, como producto de la pesca incidental (Resolución 350 de 2019); cuando el objetivo es capturar otra especie y en las artes quedan enredados los tiburones.

Sobre todo cuando cerca de Galápagos, en aguas internacionales, están llegando grandes embarcaciones del continente asiático para realizar pesca a gran escala y sin control.

Un campanazo que debe llamar la atención de las autoridades nacionales involucradas en la toma de decisiones sobre pesca ilegal y zonas de protección marinas y costeras para garantizar la protección del santuario.

De este ‘Caballero del Pacífico’ para hacer valer todos sus títulos y noblezas, los cuales van desde joya marina, refugio oceánico global y zona de conservación y riqueza marina, hasta patrimonio natural de la humanidad declarado por la Unesco en el 2006, entre muchos otros honores.

Pero nada de eso tendrá valor mientras este templo natural submarino siga siendo blanco fácil de profanaciones.

Así se vende un tiburón

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‘Silky’: el guardián de Malpelo

Cada año en el mundo pescan en promedio 100 millones de tiburones. Los sobreexplotan por sus aletas, apetecidas en Asia. Un kilo puede costar $1000 dólares. Aquello ha atraído a pescadores ilegales a un santuario del Valle: Malpelo. Por ello, desde 2018, un catamarán que nació de la idea de una buzo caleña y financiado por un conservacionista africano, recorre la isla las 24 horas para proteger su riqueza. Crónica de quijotes en el mar.


Por Santiago Cruz Hoyos, Editor de Crónicas y Reportajes | Foto: Víctor Galuchat.

Cada año en el mundo pescan en promedio 100 millones de tiburones. Los sobreexplotan por sus aletas, apetecidas en Asia. Un kilo puede costar $1000 dólares. Aquello ha atraído a pescadores ilegales a un santuario del Valle: Malpelo. Por ello, desde 2018, un catamarán que nació de la idea de una buzo caleña y financiado por un conservacionista africano, recorre la isla las 24 horas para proteger su riqueza. Crónica de quijotes en el mar.

Esta es la historia de un barco. Un catamarán, modelo 91, de propulsión a vela, para ser exactos. Así ahorra combustible. También cuenta con dos motores de 80 caballos de fuerza en caso de que deba hacer recorridos más rápidos.

Esta es la historia de un barco. Un catamarán, modelo 91, de propulsión a vela, para ser exactos. Así ahorra combustible. También cuenta con dos motores de 80 caballos de fuerza en caso de que deba hacer recorridos más rápidos.

Durante la mayor parte del año permanece en un único punto del globo terráqueo: la isla de Malpelo, a 270 millas náuticas de Buenaventura, en el Pacífico. La tripulación vive dentro del catamarán, que cuenta con cuatro habitaciones con baño, páneles solares, comunicaciones satelitales, las máximas comodidades. No hay otra alternativa. No hay playa dónde bajarse. Malpelo es una gran roca de origen volcánico formada hace 20 millones de años. Alrededor solo hay mar.

El barco, de la fundación Biodiversity Conservation Colombia, se llama ‘Silky’. Traduce ‘sedoso’. Es una de las tantas especies de tiburones que permanecen en Malpelo. Una de las tantas apetecidas por los pescadores ilegales. El ‘Silky’ hace rondas diarias para avistar a esos pescadores y alertar a la Armada.

Somos como vigías – dice con acento caribe Argemiro Barbosa Luna, el capitán de esta embarcación que surgió tras una de esas ideas locas que a veces se hacen realidad. La idea fue de la instructora de buceo caleña Érika López.

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Se llama ‘aleteo’. Es una modalidad de pesca que consiste en capturar a los tiburones, cortarles las aletas, y lanzarlos de nuevo al océano.

Es como si te tiraran al mar sin piernas y sin brazos. Terminas ahogado. Para respirar, los tiburones necesitan nadar – dice el biólogo Diego Cardeñosa, director de la fundación Colombia Azul, un bogotano que no tiene idea de por qué, desde niño, y en una ciudad tan lejos del mar como la capital, se sintió atraído por los tiburones. Su mamá todavía guarda los dibujos de estos peces cartilaginosos que Diego hacía cuando tenía 4 ó 5 años.

El ‘aleteo’, continúa, era una práctica común en las décadas de los 80 y 90 y, pese a las regulaciones, aún se mantiene. Si los pescadores lanzan el tiburón vivo al océano después de cortarle las aletas es para maximizar el espacio. Lo que ocupa un tiburón lo utilizan para transportar cientos de aletas, tan solicitadas en el mercado asiático, sobre todo en Hong Kong y China.

Dependiendo de la especie, un kilo de aleta de tiburón puede costar 1000 dólares. Un plato de sopa de aleta, 200 dólares. El aspecto es similar a una sopa de fideos, solo que lo que parecen fideos son las fibras del cartílago del esqueleto de la aleta. En la sopa, es decir, la aleta se desmenuza; casi desaparece.

El plato es tan apetecible en Asia por estatus social. Quien pide una sopa de aleta de tiburón es considerado distinguido. No es como se cree en este lado del mundo: que la consumen por ser afrodisiaca o porque cura enfermedades como el cáncer. Lo uno y lo otro es falso.

A finales de los 90 comenzó a disminuir a nivel mundial el ‘aleteo’ porque varios países – entre ellos Colombia - elaboraron leyes contra esta práctica. Ahora los pescadores tienen que llegar al puerto con el tiburón completo. Sin embargo, el ‘aleteo’ todavía existe, sobre todo en la pesca ilegal. Y, pese a las leyes, la mortalidad de tiburones por pesca no disminuyó. Por el contrario, como debían traer el tiburón entero, los pescadores comenzaron a vender la carne, que suplió la demanda mundial de proteína barata – continúa el biólogo Diego Cardeñosa.

Los modelos estadísticos optimistas indican que al año se pescan unos 63 millones de tiburones. Otros modelos calculan que la pesca ascendería a 263 millones. El consenso es que, en promedio, se capturan 100 millones de tiburones anuales, una cifra tan alta como la fortuna que mueve: un billón de dólares cada 365 días.

Aquello ya está teniendo consecuencias. Un estudio publicado por la revista Nature reveló un sorprendente declive en el número de tiburones de arrecife, “con estos depredadores funcionalmente extintos en casi el 20% de los sitios analizados”.

El problema es la sobre explotación en la pesca de tiburones. No se trata de dejar de pescar, porque de esto dependen muchas comunidades. El 50 o el 60% de la población depende del mar como fuente de proteína. Pero el mundo ideal sería uno donde la pesca se haga de manera responsable, donde se respetara las áreas protegidas en las que los peces se reproducen, así como las cuotas de pesca. Sin embargo, estamos lejos de lograrlo – asegura Diego.

Una de las áreas protegidas donde más pescan a los tiburones de manera ilegal está relativamente cerca de Cali: Malpelo. Se estima que unos 5.000 tiburones son capturados allí cada año. Por eso, zarpó el ‘Silky’.

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En 1995 Malpelo fue declarado Santuario de Fauna y Flora. En 2017 recibió el título de Refugio Oceánico Global. Es la novena área marina protegida más grande del mundo (9.584 kilómetros cuadrados). Allí, se calcula, cada año capturan unos 5.000 tiburones.
En 1995 Malpelo fue declarado Santuario de Fauna y Flora. En 2017 recibió el título de Refugio Oceánico Global. Es la novena área marina protegida más grande del mundo (9.584 kilómetros cuadrados). Allí, se calcula, cada año capturan unos 5.000 tiburones.
Foto: Tomás Kotouc.

En teoría, nadie debería pescar en Malpelo. En 1995 fue declarado Santuario de Fauna y Flora. En 2017 recibió el título de Refugio Oceánico Global. Es la novena área marina protegida más grande del mundo (9.584 kilómetros cuadrados). En 2006 la Unesco declaró a la isla Patrimonio Natural de la Humanidad. La zona es tan inhóspita para el ser humano, que es el refugio perfecto para los animales. No solo en el agua.

El profesor Mateo López, director del Programa de Biología de la Universidad Javeriana de Cali, y quien en los últimos 17 años se ha dedicado a estudiar a Malpelo, explica que la biodiversidad terrestre de la isla, si bien no es tan rica como la de una selva húmeda en el Chocó, tiene una buena cantidad de especies endémicas, es decir que no existen en ninguna otra parte del mundo.

Hemos encontrado tres especies de lagartos, una de cangrejo, dos de caracoles terrestres, dos grillos, un cucarrón y una cochinilla, que no existen en ningún otro lugar. Además Malpelo es el hogar donde anidan seis especies de aves marinas, y ello constituye la colonia de anidación de aves marinas más grande de Colombia. También es el hogar de muchas especies de líquenes, algunos de los cuales no hemos encontrado en territorio continental colombiano, y al menos unos 80 invertebrados que seguimos estudiando. El mar circundante, y el balance entre los organismos que los tiburones ayudan a mantener, son cruciales para esta flora y fauna terrestre de Malpelo. Un desbalance pondría en peligro la subsistencia de este santuario. De ahí que la pesca ilegal sea una amenaza – dice el profesor López.

Sin embargo, hasta Malpelo llegan buques para pescar a gran escala. Parte del problema es que la isla es tan remota - desde Buenaventura se puede tardar hasta 60 horas – que para hacer rentable tal travesía la pesca debe ser en cantidades generosas, y ojalá de aletas de tiburón.

El precio de las aletas es tan alto que justifica - financieramente- el viaje, además porque es pesca robada, por la que no se está pagando ningún impuesto – agrega el profesor López.

En los monitoreos de los mercados de aletas de tiburón que ha realizado el biólogo Diego Cardeñosa, se encontró que el tiburón martillo, junto al tiburón sedoso, dos de las especies más frecuentes en Malpelo, son también la segunda y la cuarta especie más común en las tiendas de aletas de Hong Kong. Algo similar ocurre en China.

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Érika López se escucha preocupada. Dice que su perra tiene una enfermedad producto de la picadura de una garrapata. La entrevista debe hacerse otro día. Ese otro día me dirá que es animalista, una “enamorada y una enferma por los animales”, lo que significa sufrir todo el tiempo. Érika siempre detendrá su carro si ve un perro herido. Jamás se le ocurriría aplastar una cucaracha.

Junto a su hermano – el profesor Mateo López – sintieron desde niños una fascinación extraña por el mar. Vivían en Cali, estudiaban en el colegio Alemán, el océano era una cosa distante, hasta que lo entendieron hace unos años.

Érika López, buzo caleña y fundadora, junto con Jacob Griffiths, de la fundación Biodiversity Conservation Colombia y su proyecto ‘Silky’.
Érika López, buzo caleña y fundadora, junto con Jacob Griffiths, de la fundación Biodiversity Conservation Colombia y su proyecto ‘Silky’.

Su abuela paterna, María Luisa, es de la provincia de Tierra del Fuego, en Chile. E investigando el pasado familiar, sus ancestros resultaron ser piratas de la Patagonia. Fue cuando Érika y Mateo entendieron el origen de aquella fascinación por el mar que les parecía tan absurda pero inevitable.

Mateo se hizo biólogo. Erika, aunque es ingeniera agrónoma, estudió buceo comercial en Estados Unidos. Ahora es instructora con licencia para máximas profundidades.

La historia de lo que pasó después es larga, pero el resumen dice que Érika viajó a Panamá, comenzó a trabajar como instructora de buceo en el barco Yemayá, que hacía expediciones para turistas en la isla de Coiba y en Malpelo, y fue cuando descubrió la problemática: los barcos pesqueros que recorrían el santuario mientras ella guiaba a los turistas en sus inmersiones.

En el Yemayá trabajé durante 5 años. Y en medio de ese trabajo comencé a ver de cerca el problema de la pesca ilegal. Como animalista, no tardé en ponerme eufórica con el asunto. Como guía del barco Yemayá, cuando veía pesca ilegal, le ordenaba al capitán perseguir a esos pescadores y los sacábamos, cuando no estaba cerca la Armada. O alertaba sobre su presencia. Era algo muy frecuente. Me ofrecí después como voluntaria en Malpelo. Fui la primera en ser aceptada como voluntaria. Hasta que Parques Nacionales me contrató para hacer control y vigilancia.

Pero en algún momento Érika debía regresar. No es posible una vida perpetua en el mar, sin ver a su familia; sin ver a su hija. Además, se paga mejor en los barcos de turistas que quieren hacer buceo que en Parques Nacionales.

Érika volvió al Yemayá y en una de las nuevas expediciones a Malpelo hablaba sobre el problema de la pesca ilegal. Los pescadores tenían lanchas y barcos rápidos que, si no eran detectados a tiempo, no alcanzaban a ser interceptados por las patrullas de la Armada.

¡Necesitamos un barco permanente en Malpelo, uno de propulsión a vela, para que sea económico, y hacer rondas y ser plataforma y apoyo de Parques Nacionales! – dijo molesta. Era un grito desesperado. Una idea loca, también.

A su lado estaba Jacob Griffiths, un muchacho en bermudas quien practicaba buceo aquel día y que, palabras más, palabras menos, le dijo: “yo te doy el barco”. Érika guardó silencio. Como intentando descifrar si era una broma. Jacob no se reía.

***

Jacob Griffiths nació en la isla Mauricio, océano Índico, al este de Madagascar, en África. A pesar de que es conocida como una isla paradisíaca, sus ecosistemas están muy deteriorados. Aquello, dice Jacob, le ha enseñado a valorar los pocos lugares vírgenes que aún quedan en la Tierra.

En Mauricio, solo el 2% de la cubierta forestal permanece saludable. El 98% ha sido destruido para dar lugar a la agricultura. Bajo el agua, las cosas no están mucho mejor.

Las regulaciones imponen tamaños mínimos para la malla de alambre en las trampas de peces para permitir que los peces jóvenes escapen. Pero, tanto esta como muchas otras normas, no se respeta. El resultado es una laguna que se está vaciando muy rápido. Ser testigo de esta tragedia ha dado forma a mi deseo de proteger las partes del océano que aún están intactas – reitera Jacob.

Por eso, cuando escuchó a Érika hablar sobre lo que está ocurriendo en Malpelo con la pesca ilegal, prestó mucha atención. Era como si estuviera hablando de su propia isla.

Fui a Malpelo por primera vez en 2014 y me impresionó. Los bancos de peces y tiburones fueron las más grandes que he visto, y por un amplio margen. Y eso que he buceado en muchos lugares. Pero Malpelo era otra cosa. Cuando fui en 2014 no había barcos de pesca ilegal y había un barco de la guardia, El Sula, que patrullaba constantemente. Los tribunales en Colombia parecían tomar los delitos de pesca ilegal muy en serio. A menudo confiscaban botes y encarcelaban a sus tripulaciones. Cuando regresé, en 2015, con Érika, la patrulla utilizada por la Armada ya no estaba operativa y los controles eran esporádicos. Como consecuencia, los barcos de pesca ilegal regresaron. Vimos barcos ilegales que pescaban con impunidad casi todos los días. ¡Fue una tragedia!

Después de bucear, Érika y Jacob comenzaron a pensar en el catamarán para hacer monitoreos en Malpelo al que llamarían ‘Silky’, como los tiburones que los acompañaron esa mañana.

Jacob telefoneó a sus padres, apasionados por la conservación (tienen dos fundaciones dedicadas a la protección de los bosques en Mauricio y Madagascar), les contó la idea de contar con una especie de patrulla civil alrededor de Malpelo, un catamarán que funcionara como plataforma desde la cual se pudieran lanzar patrullas livianas para llevar a cabo los monitoreos, y sus padres lo apoyaron. Los Griffiths donaron seis millones de dólares para comprar el barco. Era 2015.

Después de tres años acuerdos legales, encontrando el bote adecuado ( fue adquirido en ST. Agustin, Estados Unidos), y contratando la tripulación, el proyecto comenzó en mayo de 2018.

***

La tripulación de ‘El Silky’:  Argemiro Barbosa, capitán; Vicente Buenaventura, maquinista, y Luis Castillo, marinero de cubierta y cocinero.
La tripulación de ‘El Silky’: Argemiro Barbosa, capitán; Vicente Buenaventura, maquinista, y Luis Castillo, marinero de cubierta y cocinero."

Al capitán de el ‘Silky’, Argemiro Barbosa, le pregunto si pasar casi todo el año en medio del mar, viendo todos los días una gran roca, no es aburrido. Él se sonríe. Dice que para quien no esté acostumbrado, la vida en Malpelo efectivamente es dura. En su caso el mar ha sido su ambiente natural desde siempre.

Además en Malpelo todo el tiempo hay trabajo por hacer. Al año, explica, desde el ‘Silky’ avistan entre 80 y 100 embarcaciones de pesca ilegales. La mayoría portan banderas ecuatorianas y costarricenses. Desde el barco, los funcionarios de Parques Nacionales les hacen llamados preventivos para que se retiren. En caso de que no lo hagan, alertan a la Armada, que en 2019 reportó 27 capturas por pesca ilegal, solo en Malpelo. Entre enero y julio de 2020 van nueve.

Aunque hay otros logros de el ‘Silky’ que no son tan fáciles de cuantificar. Como los tiburones que rescatan de las redes y líneas que dejan por ahí los pescadores ilegales. La tripulación del catamarán, una vez rescata a los peces, destruye las trampas.

El trabajo a la larga es ese: cansar a los pescadores al denunciarlos ante las autoridades, o al destruirles las líneas de pesca, lo que de paso les implica pérdidas de dinero considerables. El capitán Argemiro Barbosa Luna lo explica de otra manera, como si se tratara de una advertencia para esos pescadores (y las mafias que hay detrás).

Somos los ojos de Malpelo.

Apoyar al ‘Silky’

Para financiar la operación de el ‘Silky’, y que el catamarán pueda permanecer el mayor tiempo posible en Malpelo, la Fundación Biodiversity Conservation Colombia requiere el apoyo de donantes que ayuden a financiar la operación del barco: mantenimiento de la embarcación, mejoramiento de las comunicaciones (drones), entre otras necesidades. . Gracias a un convenio con Parques Nacionales, el combustible de los motores y parte del mantenimiento está garantizado.

Entidades como la empresa de turismo Malpelo Tours, del buzo caleño Ricardo León, ya decidió apoyar a el ‘Silky’. Entre sus políticas está entregar aportes a las fundaciones que ayudan a la conservación de Malpelo. “Por cada buceador que llevamos a Malpelo, se transfieren fondos a la Fundación Malpelo y ahora lo haremos con la Fundación Biodiversity Conservation Colombia. Estamos convencidos que la presencia continua de el ‘Silky’ en la Isla es un excelente paso para mantener alejada la pesca ilegal de nuestro territorio”, explica Ricardo.

En la página web de Malpelo Tours se habilitó un botón de donaciones, el cual permitirá que buceadores nacionales e internacionales aporten al sostenimiento de esta fundación.

La Fundación Malpelo, dirigida por la bióloga Sandra Bessudo, que ha venido adelantando proyectos de conservación en la isla desde 1999, también ha sido un aliado de la fundación Biodiversity Conservation Colombia.

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