Ojo al Joker: una escritora y un psiquiatra hacen sus lecturas de la taquillera película

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Ojo al Joker: una escritora y un psiquiatra hacen sus lecturas de la taquillera película

Noviembre 03, 2019 - 08:00 a. m. Por:
Redacción de El País 
Joaquín Phoenix interpretando a The Joker

Joaquín Phoenix interpretando a The Joker en la película que se estrena en octubre de 2019.

Foto tomada de Twitter

Guasón, paciente demencial: Carlos E. Climent 

Un perturbador terremoto emocional que cuestiona al establecimiento y del cual nadie sale ileso

Que el relato de la tristísima vida de sufrimientos e injusticias de un enfermo mental con una historia infantil de maltrato y abuso, se haya convertido en una de las películas más taquilleras de todos los tiempos, es en sí mismo un hecho extraordinario.Pero es que el film cuenta además con muchos aspectos a su favor entre los que hay que destacar en primer lugar a Joaquín Phoenix que tiene asegurado el Oscar de la academia por una actuación verdaderamente impresionante. Y luego está todo lo demás, que no es poco, una soberbia realización cinematográfica, un guion impecable, una fotografía espléndida y una música que te levanta de la silla. Guasón no se parece en nada al malvado Joker de la historieta de Batman. Pues se trata de alguien esencialmente bueno, pacífico y solitario con un grave trastorno mental a quien las circunstancias perversas logran terminar de enloquecer.

La película revela la forma como una mente frágil puede deteriorarse por la injusticia, el abandono y el maltrato de una sociedad insensible, hipócrita y violenta. Muestra con realismo a un empleador que lo explota sádicamente, a unos “compañeros” de trabajo que lo traicionan y se burlan de su condición mental, a una madre no solo perturbada sino esencialmente perversa que lo engaña y manipula toda la vida, a un Estado representado en un sistema médico cruel que no lo escucha sino que lo abandona a su propia suerte y a una sociedad que no pierde la oportunidad de agredirlo. Atrapado en una sin salida y sin nada que perder, cualquier cosa es mejor que una vida de anomía absoluta. Sin la ayuda de los psicofármacos que aliviaban su ideación psicótica y con los cuales lograba un precario equilibrio emocional, acorralado por un mundo cada vez más cruel e injusto, se defiende de brutales ataques y ante un estado ausente, termina haciendo justicia por su propia mano.

Los detractores de esta película la acusan de reivindicar la violencia armada e incitar a la protesta civil y a los tiroteos. Cuando en realidad los actos de violencia protagonizados por Guasón (que no estoy aplaudiendo) son una respuesta a las agresiones que recibe
de todos los frentes.

Otros detractores aprovechan la oportunidad para reiterar que los pacientes mentales son el verdadero peligro de la sociedad con lo cual desnudan su insensibilidad hacia el sufrimiento humano. Configurando en esa actitud el mayor acto de violencia.

Lo que no se puede negar es que la película se anticipó a los levantamientos de todo el mundo contra un establecimiento injusto y desigual que considera a los que protestan como unos “payasos resentidos” a los que hay que acabar.

Todd Phillips genera una polémica al respecto de algo real sobre muchos aspectos de la conflictiva vida contemporánea sobre los cuáles nadie debería estar tranquilo. Cada espectador saca sus propias conclusiones.
Desde la perspectiva de mi especialidad, lo que mejor revela esta
película es el rechazo, el desconocimiento y los prejuicios que a todos los niveles siguen existiendo hacia los enfermos mentales.

Un payaso que no da risa: Paola Guevara

El Joker vive como potencia oculta en la sociedad actual.

‘Joker’ es una película sobre payasos. No los que se pintan la cara y hacen trucos con una varita. Es una película sobre esos payasos potenciales que somos todos nosotros, el hazmereír de los poderosos que diseñan las reglas de juego a su favor.

Es demoledora la frase que en la película pronuncia el archimillonario Thomas Wayne, “los que hemos hecho algo con nuestras vidas siempre consideraremos payasos a quienes no lo han hecho”, y con ese ‘hacer algo con la vida’ se refiere a acumular dinero o poder para ampliar la brecha entre ricos y payasos, para luego llamarse ‘benefactor’ o venderse como el salvador político de turno.

En lo más bajo de la cadena están los niños abusados por sus padres, que crecen para convertirse en adultos abusados por el sistema. Los enfermos mentales a quienes los servicios sociales cortan poco a poco las únicas cuerdas que los mantenían atados a la cordura. Los desempleados. Los viejos. Los enfermos. Los payasos sin gracia. Los apaleados por el sistema que hacen malabares para no caer por el filo del plano inclinado que cada día se empina más y más.

Por tanto la violencia más escandalizadora de esta película no es aquella que muestra sangre o disparos, patadas o destrozos, sino el sustrato mismo de esa violencia: la injusticia social, las familias poderosas de Ciudad Gótica que acuden al teatro cómico, indiferentes, mientras afuera arde la ciudad. La forma en que los sociópatas de cuello blanco terminan por creer, con los jueces de su lado, que hasta el cuerpo de los demás les pertenece como fuente de placer.

Imposible no pensar en los disturbios recientes de Chile y Ecuador, mientras transcurre la película, y por poco parece que la figura del Joker, del payaso que no da risa, del descartado de oficio, se funde con la imagen de los indignados del mundo. No para deificar o justificar la violencia, sino para imaginar lo que puede ocurrir cuando alguien ha perdido tanto que ya no tiene nada más qué perder.

Qué pasa cuando ya no queda ni siquera la risa como antídoto. Qué pasa cuando la sonrisa y la mueca de dolor se funden de forma tétrica. Basta un arma en la mano de un desesperado para que estalle una reacción en cadena.

Por eso esta película es un espejo de payaso. Uno tan iluminado que nos revela el maquillaje estrafalario con el que ocultamos la decepción, y creo que es allí -no en las escenas de balas- donde golpea con más fuerza.

El asesino solitario que descarga una pistola sobre sus compañeros de clase en las escuelas de los Estados Unidos. El joven sin más opciones laborales de las que tuvieron sus padres. Las masas enardecidas, que destrozan ciudades enteras para reclamar justicia. Los ciudadanos que ya no pueden asumir otra carga más sin quebrarse. Los excluidos cuando descubren que son más mumerosos que quienes los gobiernan y deciden boicotearlo todo.

No puedes temer a aquello de lo que te puedes burlar, nos explicaba Umberto Eco en ‘El nombre de la rosa’. El Joker, con su carcajada incómoda, inoportuna, incontrolable, nos recuerda el lado más oscuro de ello.

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