Viaje a la infancia con el escritor Guido Tamayo

Febrero 21, 2016 - 12:00 a. m. 2016-02-21 Por:
Por Catalina Villa | Editora de GACETA
Viaje a la infancia con el escritor Guido Tamayo

La novela fue publicada por Random House.

En su nueva novela, ‘Juego de niños’ el escritor bogotano Guido Tamayo se aventura a explorar esos territorios oscuros, dolorosos y poco transitados de la niñez.

La infancia es un momento definitivo en la historia de cada persona, de eso está convencido el escritor bogotano Guido Tamayo. Porque allí están depositadas las claves de lo que seremos en el futuro; de los adultos que seremos.

En  ese relativamente corto periodo, dice, todos vivimos una serie de descubrimientos, de primeras veces, de contactos con ciertas circunstancias del universo que nos deslumbran y, al final, nos cambian para siempre.

Esa convicción fue la que llevó a este escritor bogotano a explorar a través de una novela ese no siempre maravilloso mundo de los niños. Porque resulta que aunque nos empeñamos en recordar la infancia en color de rosa, esta también tiene su lado amargo, triste, malvado. Mucho de eso hay en  ‘Juego de niños’. 

Esta novela narra la historia de Fernando, un chico enfermo, abandonado por su madre, que luego es acogido por una familia adoptiva. Allí entra a ‘competir’ en desigualdad de condiciones con sus hermanastros en medio de una serie de  acontecimientos propios de la infancia y quizá de la adolescencia. 

Es curioso, pero casi siempre nos referimos a la infancia como un paraíso intocable. Y resulta que no siempre es así. Usted, Guido, se atreve a señalar esa parte no tan glamurosa de la niñez, sobre todo a través de Fernando, el protagonista. Un niño enfermo que sufre… 

Es cierto, la infancia está mitificada. Hay una tendencia a considerarla como el momento más feliz de la vida. Y creo que, por supuesto, tiene momentos muy emocionantes y felices, pero también tiene momentos dolorosos y oscuros.

Me parece que Fernando de alguna manera representa ese dolor, la incapacidad, ese otro disminuido, otra cara de la infancia más grave, más cruda, que contrasta perfectamente con el mundo luminoso de sus hermanos, o seudo hermanos.

Y a mi particularmente me gusta ese contraste que se va haciendo permanentemente entre ellos; entre ese mundo interior del Fernando abandonado, frente al de estos muchachos gloriosos y felices. Es un contraste que me permitió explorar mucho en el sentido literario. 

También está presente la maldad…

Totalmente, porque en la infancia también hay una perversidad ya que hay una carencia absoluta de moral. Lo que sucede es que el infante no tiene moral, no tiene una selección de lo bueno y lo malo, eso es una cosa que se va imponiendo poco a poco, de acuerdo a lo que piensen sus padres, su entorno, el colegio, etc.

Pero el niño es amoral y es perverso, y así como son capaces de una gran solidaridad y una gran ternura, también son capaces de asumir la violencia y cosas brutales que suceden en la infancia. 

Hay algo muy interesante en el libro y es el estilo de la narración. Son múltiples voces las que hablan, una vez Fernando, otras sus hermanos y así. ¿Por qué le apostó a esta forma?

Cada vez más soy un convencido de las voces narrativas. A mi ese narrador omnisciente que lo sabe todo y lo dice todo me parece cada vez más poco verosímil. Entonces me interesan mucho las versiones sobre las cosas, las versiones que se contrastan, y creo que a pesar de que en la infancia todos somos muy similares, hay un lenguaje personal en cada uno, hay emociones distintas. 

Ahora, debo decir que si algún trabajo terrible me costó la escritura de esta novela, fue justamente la construcción de las diferentes voces, es decir, la de Fernando, la de Lucho, que son los que más intervienen. Cada una debía tener una voz y una sensibilidad que se distinguiera, una manera de pensar que se diferenciara.  Pero con todo, esa multiplicidad de voces me convence más.

En la novela, también hay un guiño al idioma a través del amor al diccionario, de la pasión por  los crucigramas.  Estos, incluso, están dibujados en las páginas, se pueden llenar…

Tengo que confesar que no soy persona de hacer crucigramas. No recuerdo haber terminado nunca uno  en mi vida, pero surgió como una demanda de Fernando. Porque pensé que si él tiene problemas de comunicación, le cuesta trabajo vocalizar bien, está aislado,  me pareció que la compañía más natural era un diccionario donde está el universo del lenguaje y de las palabras.

Entonces él intenta allí, quizá con ingenuidad, buscar explicaciones a su situación. En eso se parece a los escritores, que buscamos desesperadamente en el diccionario  cuál es la palabra justa que necesitamos para explicar, para intentar comunicar y trasmitir lo que necesitamos en ese momento. 

Y el hecho de que el lector los vea, los pueda hacer, los pueda llenar no es un adorno, sino que está integrado narrativamente a la historia. El autor lo manipula de tal manera que el lector tenga claves de lo que está sucediendo al interior de ese niño.

¿Qué tanto puede haber de autobiográfico cuando se habla de infancia?

Sí es posible que tenga  circunstancias autobiográficas. Es eso que llaman la huella: acontecimientos que  están allí, vivos, dentro de uno, y que uno intenta aprovechar narrativamente, sobre todo para averiguar cosas sobre uno y sobre los otros. En este  caso de la infancia, pues por supuesto que hay una serie de preguntas sobre mi mismo, y sobre mi familia, y sobre el momento en que crecí y el momento histórico que me tocó.

Pero también sucede que  la memoria es tramposa. El mismo acontecimiento es recordado de manera distinta por dos personas que lo vivieron de manera distinta. Y es ahí donde empieza a trabajar la imaginación. Así que  hay una modificación inevitable. El recuerdo ya llega modificado cuando queremos dizque ser ‘fieles’, pero esa objetividad no es cierta, no es existe.

Pero también hay que recordar que la infancia es una línea literaria importantísima y que por supuesto existe casi un género dedicado a recuperar al niño, a recuperar su comportamiento. Y me pareció que era una historia para contar. 

¿Venía pensando esta novela desde hacía algún tiempo?

No. Nunca me he sentado a escribir las novelas porque pienso en ellas.  Son temas que se han presentado de una manera inmediata o inconsciente y arranco a escribirlas.

Sorprende  que las suyas, tanto ‘Juego de niños’ como ‘El inquilino’, son novelas cortas, casi cuentos largos...

Bueno, eso, más allá de ser una decisión de carácter estético,  ha ido sucediendo. Se ha  ido imponiendo en mi escritura la brevedad y el fragmento. Me siento más cómodo allí. Entonces prefiero seleccionar los fragmentos más significativos, en vez de intentar ‘contarlo todo’.

 Me interesa también que la frase sea más breve y así mismo, más  contundente, más significativa,  más metafórica si se quiere, aunque con un lenguaje austero. No me gusta que el lenguaje sea pretensioso. En general puedo decir que ese estilo se ha ido  imponiendo y eso  me gusta.

También creo que hay una parte del temperamento mío sobre la brevedad. Y bueno,  supongo también que será una incapacidad de  creer que cada detalle es importante, de no creer, como muchos,  que la  secuencialidad es más diciente que el fragmento.

 

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