Soffy Arboleda, una mirada íntima e intensa

Soffy Arboleda, una mirada íntima e intensa

Febrero 18, 2018 - 07:55 a.m. Por:
 Luis Guillermo Restrepo S. y María Cecilia Arboleda P. *
Soffy Arboleda

soffy Arboleda, crítica de arte, cocina, e intelectual promotora de la cultura en la ciudad que falleció el pasado domingo 11 de febrero.

Bernardo Peña / El País

“A mí me conmueven las cosas y no me importa llorar delante de la gente o con la gente. Soy muy emotiva. Los años traen una gran sensibilidad a lo que uno ha amado. Por ejemplo, voy a un museo y lloro. De las últimas lloradas grandes que tuve fue ante un Picasso. Soy extremadamente sensible. Me apasiono por las cosas. Hay algo tremendo en la vejez, es que a uno se le disminuyen esos apasionamientos y se le concentran. Yo no podría vivir sin dos cosas: sin la música y sin el arte. Soy muy contenta de ser así. Nunca me he preguntado si esos sentimientos venían conmigo o los he forjado con el tiempo. Tal vez he sido muy exigente conmigo misma". 

La música
Lloro cuando escucho música. Mucha gente me dice que cómo es posible que haya estudiado 28 años violín, luego lo cerré y lo dejé. Tuve una mala suerte: no tuve excelentes maestros al principio y yo tenía una dote musical impresionante. También me perjudicó que Antonio María Valencia me hizo creer que era especial. Yo era capaz, era buena, pero no era nada. No tenía edad para diferenciar, creía que no tenía necesidad de estudiar, creía que si yo ponía atención en la clase tocaba regio. Yo creía que era mejor no estudiar.

No es que Antonio María me consintiera, pero me eximía. Es que no tenía buenos profesores, después me di cuenta. Por ejemplo él tocaba un trozo musical que inventaba, lo tocaba entero y luego compás por compás y la gente lo copiaba. Yo lo cogía de una.

Rosa Cadavid
Mi mamá era de Medellín. Se casó a los 18 años. Mi abuelo era un viejo multimillonario que tenía unas minas de oro. Mi mamá fue donde ese viejo y le dijo “papá, por qué no me da estudio”, él le respondió que el estudio era para los hombres. Eso fue como un tatuaje.
Ella era muy bonita y echada para adelante. La mayor de ocho hermanos. Cuando mi papá la llevó a conocer a mi abuelita (su suegra), Isabel López Arroyo, esta le preguntó: “Rosita, ¿usted qué abolengos tiene?”. Ella respondió que ni siquiera un Policía. Estaba viendo mi mamá las cosas de la casa de Isabel y le gustó un cuadro, se enamoró de él. Le decía “Isabelita, como usted por razón natural se va a morir primero que yo, ¿por qué no me da ese cuadro?”.

En Palmira no había colegio de bachillerato, por eso mandó a Esmeralda, mi hermana, a Pereira. Mi mamá fue al colegio Cárdenas, porque era muy amiga del director. Ella les pidió los estatutos del colegio, se los leyó de cabo a rabo y volvió a matricularnos a nosotros. Le dijeron que era de hombres. Ella contestó que en ninguna parte decía que fuera exclusivo para hombres. Puso a mis tres hermanas Fabiola, Teresa y Violeta en el colegio Cárdenas. Al año siguiente las mamás de las compañeras la apoyaron y también matricularon a las hijas en el Cárdenas.
Mi madre fue extraordinaria. Nosotros la admirábamos porque su inteligencia era bestial. Un día llegué a la casa y le dije: “Mamá, como te parece que el maestro Valencia me ha puesto de solista contraalto y la soprano es Elvira”. Me dijo: ¿Cómo, tú de contralto? Pero si tú no sabes cantar. Llamó al maestro Valencia y le dijo: “Maestro, estoy tristísima de ver la situación en la que está el conservatorio. Me dice Soffy que usted la ha puesto de contralto, eso es un irrespeto para Elvira”. Él le dijo que yo podía hacerlo. Y canté.

Una vez en un examen de música, mi mamá estaba en el público. Yo le dije que no podía. Mi mamá le dijo: “Maestro, no le crea. Ella es la que más canta y más grita en la casa, póngala”.

Fernando Arboleda
Papá era un hombre muy inteligente, muy leído y educó a mi mamá. Él le enseñó a leer y nos puso nuestros nombres por libros, poemas. Pero Soffy no fue por nada de eso. Yo tenía una tía que se llamaba Sofía y le suplicó a mi mamá que me pusiera su nombre. Ella sólo me puso Soffy.
De mi papá hay muchísimo en mí. Físicamente me parezco mucho a él. Soy muy Arboleda. Fue alcalde de Palmira, bombero, notario. Liberal. Mi papá nos enseñaba y nos ayudaba con las tareas. Era muy payanés y de muy buenas maneras. Era regio.

En mi casa mandaban mi papá y mi mamá. Ellos tenían un pacto de que nunca se desautorizaban. Mi papá nos enseñó a estudiar. Yo le doy a mis alumnos y a la gente que está cerca de mí el consejo que él me repitió siempre: “No te acuestes nunca sin haber aprendido algo. Si no has aprendido algo, anda al diccionario”. Eso lo sigo hasta ahora.

Esmeralda Arboleda
Esmeralda les abrió a las mujeres un camino impresionante, era sensacional. Ya casada y con dos hijos, me fui a hacer una maestría. Esmeralda estaba de embajadora en la ONU. Yo estudiaba y estudiaba. Violeta me ayudó. Había unos exámenes orales que nadie los pasaba. Pensé que yo tampoco los pasaría. Entonces llegó Esmeralda y me dijo “preséntalos, si no los pasás te devolvés a Cali. Yo sé que puedes, date esa oportunidad”. Los presenté y los pasé.

Otra vez, cuando fui a Holanda me iba a tirar de un balcón. Ella estaba de embajadora en Francia y conseguí permiso para tomar la foto a los cuadros del museo. Esmeralda me acompañó y tomó todos los datos de los cuadros. Nos fuimos almorzar y dejé la cámara. Cuando regresé se habían robado la cámara. Yo dije que me iba a morir. Ella me dijo que todo estaba ya apuntado. Todo lo simplificaba. No me tiré del balcón.

Cali
Nosotros nos vinimos a vivir a Cali en 1940 porque tuvimos una quiebra y mi mamá vendió todo para pagar las deudas. Una última vajilla la vendió a una tía y con ayuda de los Correa puso una floristería que se llamó Santa Inés, que es la patrona de las flores. Con la quiebra, papá perdió mucho el ánimo. Él era un amante de la relojería, entonces se dedicó a arreglar relojes. Después consiguió un puesto en el ferrocarril del Pacífico. Estudié en el Liceo Benalcázar porque a mi mamá le dijeron que era el mejor y fue a hablar con María Perlaza. Ella le hizo un precio especial para las cuatro hijas. Entramos al Liceo a los cuatro años de estar fundado.

Boston
Mi hermana Violeta terminó su bachillerato en el Liceo, se fue a Bogotá y estudió odontología. Luego se fue a Boston a una especialización con el mandamás de odontología. Ella resultó casándose con el profesor. Vino un tiempo aquí, pero regresó a Estados Unidos y puso una clínica con el marido.

Mireya se fue a Boston a estudiar piano al conservatorio New England. A su regreso mi mamá me mandó a mí a estudiar violín. Cuando empecé el curso me dijeron “no va a tocar en tres meses, va a guardar el instrumento”. Es como si te dijeran que no sabías caminar y te van a enseñar. Entonces empecé a estudiar con Rafael Puyana historia del arte.

París
Con Mireya nos fuimos a París. Estuvimos cuatro años allá, primero en el Conservatorio Nacional. En París fue a recibirnos Carlos Sarmiento Lora. Le dije a Mireya que había venido Carlos, un tipo con tanta plata y ese carrito tan infeliz. Era un Citröen. Al regreso de ellos, me dejó el carro. Pasado el tiempo le pregunté a Carlos qué hacía con el carro. Me escribió diciendo que era mío e hiciera lo que quisiera. El tiempo que estuve en Francia tuve carro. Tuve la suerte de tener un profesor sensacional de arte del que me hice muy amiga. Un día yo le dije que me había hablado mucho de sus transparencias, que no utilizaba, que por qué no me las regalaba. Me dijo que si a él no le servían, a mí tampoco. Él fue el primero que me dio permiso de tomar las fotos. Luego conseguí de todos los museos de París. Ese fue el material que yo utilicé en la Universidad del Valle.

Soffy Arboleda

“Tengo tantos, tantos, tantísimos, ¡dónde no tengo libros! Regalo los de literatura, me quedo con los de arte y cocina”, decía Soffy Arboleda. Aquí, en su biblioteca casera. Contaba ella que fue su padre, Fernando Arboleda, quien le enseñó a leer.

Bernardo Peña / El País

Inspectora urbana
Volví a Cali en 1956. Fundamos la Tertulia con Maritza Uribe de Urdinola. Antes de eso nombraron a Carlos Garcés Córdoba alcalde y fueron a hablar conmigo. Llegó con su secretario de salud, Alfredo Vega Córdoba a quien yo no conocía, a ofrecerme el puesto de inspectora en el área urbana. Les dije que me moría de la pena pero no tenía ninguna formación pública. Ellos se fueron decepcionados.

Mi mamá me dijo “tu has pasado varios años estudiando fuera del país y no puedes despreciar un trabajo por la ciudad que tanto ha hecho por ti. Llama a Carlos y dile que aceptas”. Acepté el puesto y ahí conocí a Alfredo.

Vega
La llegada de Alfredo a mi vida fue una cosa maravillosa. Tuve más de 21 novios. Todos me propusieron matrimonio, menos Alfredo. Yo se lo propuse a él. Tenía un novio con el que me iba a casar. Él llegaba de París y le dije Alfredo que me prestara el carro para recibirlo. Alfredo me prestó el carro. Y allí empezó el cuento. Cuando nos íbamos a casar fue a la casa. Después de un rato le dijo a mi mamá: “¿Soffy le ha contado lo que se le ha metido en la cabeza?”. “Que se quiere casar conmigo”. Cuando se despidió le dijo: “Bueno doña Rosita, si esto no resulta yo se la traigo otra vez aquí”. Ella le dijo: “No, está muy equivocado. Si usted se la lleva no la vuelve a traer”.

Después le dije a Alfredo: “Yo no me voy a casar y a meterme en tu familia sin que tu mamá sepa”. Entonces fui donde doña Vicenta. Le dije a Florencia Buenaventura que me acompañara a hablar con ella porque Alfredo no me llevó. El matrimonio fue en el año 60.

Bellas artes
Acepté ser directora de Bellas Artes y me empeñé en darle otra visión. Me hicieron una huelga los estudiantes e hicieron un cartel en que estaba sentada en una bacinilla. Yo dije no renuncio. Traje a Fanny Mikey y a Pedro, el marido. Me ayudó muchísimo. Ahí llegó Enrique Buenaventura, para la Diestra de Dios Padre.

Univalle
Cuando llegué de Francia conocí a Óscar Gerardo Ramos. Estábamos haciendo La Tertulia. Yo estaba dando clases. Traje de Francia unas oleografías y una reproducción enorme del Guernica, con lo cual hicimos una exposición.  Recuerdo que una señora bien encopetada dijo: “Ay, lástima que esté en blanco y negro”.

Óscar me invitó a que diera clases en la Universidad pero no existía la facultad. Treinta años estuve en la Universidad. Me dediqué a la historia del arte.

Hernando Tejada
La inocencia vuelta arte. Indudablemente era un ‘naïf’ y un gran artista. El arte de Hernando Tejada no tiene epílogos. Lo suyo nació todo de su cabeza, su inocencia, su modo de ver el mundo como un niño. Él era un niño. Era sensacional. Lo quise tanto...

La cocina
La cocina se la debo a Mireya. Ella, negada para cocinar. Cada vez que salíamos me decía “fijate bien lo que estamos comiendo, porque vos lo podés hacer mejor”. Yo le hacía caso. Ella me empezó a comprar libros de cocina. A conferencias yo iba. Empecé en Estados Unidos, luego en París en serio. Yo tomaba clases en Francia, en el Cordon Bleu, pero no soy graduada de allá como dicen, yo soy una amateur, una pendeja ahí. Lo que pasa es que en los libros está todo.

*Esta entrevista fue publicada originalmente en la revista
del Club Colombia.

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