No creo en la bondad de la especie humana: Leila Guerriero, invitada al 'Oiga Mire Lea'

No creo en la bondad de la especie humana: Leila Guerriero, invitada al 'Oiga Mire Lea'

Septiembre 02, 2018 - 08:29 a.m. Por:
 Yefferson Ospina / Reportero de Gaceta
Leila guerriero

Leila Guerriero, periodista argentina, editora para Suramérica de la revista Gatopardo.

EFE

Dice que el día anterior estuvo realizando una entrevista que tardó unas tres horas a alguien de quien hará un perfil; que, una vez termine esta conversación conmigo, se pondrá a escribir una crónica; que el lunes pasado, como hace varios lunes, dictó una clase de un taller de periodismo que tiene lugar en su casa de seis a nueve de la noche y que la noche del sábado anterior estuvo hasta las dos de la mañana en un recital de otra persona a la que está siguiendo.

Me dice que prefiere tomar el transporte público y que cuando viaja en el metro o en bus, lee, porque normalmente no tiene otros resquicios de tiempo para hacerlo, y que cuando debe esperar para verse con alguno de sus entrevistados, entonces se entra a un bar, a una cafetería, y vuelve a leer –como por estos días, que intenta terminar el libro de cuentos ‘Denuncia inmediata’ de Jeffrey Eugenides-, o solo observa y espera que llegue la hora.

Yo procuro imaginarla ahí, cuando solo mira, menuda, el cabello indomable, caminando, subiendo al metro de Buenos Aires, haciendo el mercado o bebiendo un café. Y entonces pienso en su mirada, me pregunto cómo hace para observar el mundo, cuáles son los relieves que encuentra, los mecanismos de sus conexiones; cómo juzga, si lo hace; cómo es lo que ella percibe que a tantos se nos escapa. Y me digo que debe infundir cierto desasosiego estar bajo su mirada. Un horror silencioso, callado, de la misma naturaleza del tipo que responde el cuestionario del psiquiatra, y entonces parece que apenas me entero de que, justamente, Leila Guerriero me está mirando a través de la pantalla del computador mientras yo intento no parecer demasiado tonto, demasiado ingenuo, con mi lista de preguntas.

¿Qué pensará del tipo que ve ahora mismo a través de Skype? ¿Del que le pregunta sobre periodismo, que tartamudea un poco por momentos? Es que es difícil entrevistar a una mujer que durante más de 20 años no ha hecho otra cosa que entrevistar y escribir y percibir matices y mostrarse filosa, implacable, en cada párrafo, y que ha escrito para Rolling Stone y para Vanity Fair y para el Malpensante y que es editora para América Latina de la revista Gatopardo y que tiene su propia columna de opinión en El País de España y que ha ganado premios varios y sobre todo que, al menos para este caso, para el caso de quien la entrevista, es, digamos, un fulgor, la autora de libros a los que uno acude cada tanto para reencontrar un camino, para sustraerse a la estolidez, para eludir la confusión.

Son las 9:30 a.m. del jueves 23 de agosto y Leila Guerriero acaricia a uno de sus gatos mientras escucha la pregunta -¿cuál es el error más común que usted encuentra cuando lee perfiles que otros periodistas escriben?- y entonces mira hacia arriba, piensa por dos o tres segundos y dice, la voz dulce, serena: “Mirá, yo no quiero hablar como periodista porque no creo que esté en una posición de superioridad para hablar de este tema, así que prefiero hablar como editora. Yo creo que lo que más sucede es que los periodistas dan por sentado que los lectores tienen una serie de datos que en realidad desconocen. Me pasa mucho como editora, por ejemplo, cuando pedimos un perfil, qué sé yo, de Uribe o de Shakira para hablar de Colombia, y en los textos faltan una serie de datos que obligan a lector a ir a Google. El perfil no se puede permitir esas cosas, no puede dejar un solo dato por fuera, no puede hacer que el lector vaya a otro lugar en busca de información para entenderlo”. Y como editora -sigo- ¿qué le irrita cuando lee un texto? Y ella responde, con un borbotón sereno: “La mirada previsible, la mirada llena de prejuicios, esa que le dice al lector lo que el lector quiere escuchar, la que habla de lo obvio y que es complaciente incluso con los personajes del texto. Eso no lo soporto”.

***

La historia, me dice, la debe conocer medio planeta porque la ha contado innumerables veces y, para más señas, también la cuenta Wikipedia. En su casa, en Junín –noroeste de Argentina– se leía mucho, demasiado, no solo los libros de la biblioteca de su padre, sino los apéndices de historietas que llenaban un cuarto entero en donde los coleccionaba la familia y sobre todo los periódicos, de los que solían llegar hasta tres o cuatro por día.

Y ella, la mayor entre sus hermanos, leía, mucho, tanto que cualquiera pensaría que el hecho de que empezara a trabajar en una redacción era el eslabón natural de una cadena lógica. Aunque no. De hecho, al respecto hubo una especie de conjunción providencial.

Leila salió de Junín a hacia Buenos Aires a estudiar Turismo. ¿Por qué? Pregunto. Leila ríe. Debía estudiar algo. El camino natural de los hijos de sus padres era ir a la universidad, escoger una carrera, estudiarla, pero Leila, 17 o 18 años para entonces – “no lo recuerdo bien”, dice – aún no sabía qué quería hacer. “Estaba muy chica, no tenía consciencia completa de lo que quería. Y lo de estudiar Turismo me pareció interesante, algunas clases sobre asuntos culturales, lo de viajar y entender el mundo, eso me atrajo”.

Y cuando terminó decidió regresar a Junín a buscarse un trabajo - “aunque mis padres hubieran estado felices de seguirme manteniendo en Buenos Aires” - y antes, incurrió en un pequeño hecho que habría de cambiar su vida – y en cierto sentido la del periodismo – para siempre. Leila escribía, eso sí era una certeza. Escribía sobre ella, sobre gente que veía en la calle, sobre su familia, sobre los otros - “no un diario, eso no, no se me daba. Sentarme a escribir ‘querido diario, hoy conocí a’..., nunca lo hice”... -.

De regreso a Junín pasó por las oficinas de la redacción del diario Página/12, en Buenos Aires, y dejó en la recepción un relato con la esperanza de que fuera publicado en la revista Página/30, el suplemento cultural del diario. Días después, dice ella – cuatro días después, dice Wikipedia – recibió una llamada del director que la quería en su staff de periodistas. “Fue ahí, con los compañeros que me ayudaban, que me corregían, en la redacción de Página/30 que me hice periodista”.

Por un relato que se hizo reportera. Es una paradoja: la ficción la llevó a la realidad, en la que se mantiene.

- Desde que llegué a Página/12 no volví a hacer ficción. Solo lo hice cuando estaba empezando, que es, creo, como empezamos todos...
- ¿Y no ha sentido la tentación de hacerlo, de escribir ficción?

Entonces se ríe, y hace un movimiento de su brazo para dejar que el gato que tiene en el regazo se lance al suelo, y dice: “Es que escribir ficción no es una tentación, en realidad. Es decir, yo peso 50 kilos y si me da la tentación de comerme una barra de chocolate gigante me la como. Pero hacer ficción no es una tentación, es solo que no tengo la disposición para ello, que no es mi pulsión, o no lo es al menos por ahora. Quizá más adelante, pero por ahora ni siquiera me lo pregunto, no está entre mis ideas hacerlo”.

***
Leila, como tantos, o quizá no tantos, acarrea una angustia, un temblor, la sensación de un dirigirse a la nada, de una caída en el absurdo, una inquietud pretérita.

Cuando tenía 19 y vivía en Buenos Aires y estudiaba Turismo escribía, mucho, en la mañana, en la tarde, en las madrugadas, con esa ferocidad tan suya, e iba a muchas fiestas y ya padecía la certeza de la incerteza y escuchaba a la banda española Heroes del Silencio y cantaba una estrofa, “tanto vagar para no conservar nunca nada” - la canción se llama ‘Flor de loto’ – y “el tiempo transcurría con una asfixia extraña, a empellones de euforia y desazón”.

La frase es de ella, la escribió en una de las columnas que publica semanalmente en El País de España, el pasado 26 de diciembre, rememorando esos días que, dijo, por fortuna han pasado: “En las noches, en las discos y los bares, mientras anotaba números de teléfono en mi camiseta, sudada de tanto bailar, pensaba, una y otra vez, ‘¿todo esto para qué?’. Brillaba con fulgor carbónico. Un tren lanzado a toda velocidad hacia el fondo del fin de la noche. Arañando entre cenizas el rescoldo de luz de una brasa que decía: ‘Hay que seguir. Algo sucederá’”.

Leila Guerriero

Leila Guerriero es autora de libros como 'Los suicidas del fin del mundo', 'Plano americano', 'Una historia sencilla' y 'Frutos extraños'.

EFE

La columna se llama ‘El tiempo’, y hay otras, muchas otras, en las que se pueden encontrar frases semejantes, la expresión de un cierto hastío, de una zozobra filosa. “Antes de que se apaguen todas las cúpulas y todas las pantallas. Antes de que las polillas se coman los restos de la lana y de la almohada. Antes del final de las mascotas. Antes, mucho antes: hay que vivir. ¿Pero cómo?”, escribió el 2 de enero, como recibiendo al 2018.
Pero también lo pone de un modo más claro.

“Soy la persona más pesimista del mundo”, dijo en una entrevista a un diario bogotano. ¿Por qué?, pregunto. Entonces, me parece que es en este punto en donde la transmisión por Skype se interrumpe, yo escucho un rasgueo, su voz y su imagen desfiguradas por alguna falla en la electrónica y después dejo de oírla. Cuando la señal regresa la veo de nuevo con uno de sus gatos en el regazo, el rostro delgado sobre el fondo de una estantería de libros. Me disculpo, me dice que no me preocupe, la voz dulce, de nuevo, y entonces reaparecen las fallas de la señal. Ella me dice que me escucha perfectamente, pero yo a ella no, así que desconecto la llamada una vez más. Le escribo por el chat. Responde que mejor lo hagamos sin video, porque probablemente eso es lo que hace más lento el internet, y de inmediato recibo su llamada.
- ¿Me escuchas?
- Sí, ahora sí, perfecto.
- Ves, eso del video pone pesada la red.
Y sonríe, serena. Ninguna de esas molestias parecen perturbarla. Solo continúa:

“Sí, te decía que soy la persona más pesimista del mundo. Lo que pasa es que no creo en la bondad de la especie humana, y tampoco creo que los pequeños esfuerzos personales puedan revertir los profundos desarreglos que tiene el mundo. Eso no quiere decir que no entienda que hay personas increíbles que hacen cosas en condiciones muy difíciles y que no crea también que la mayor parte de la gente que habita el planeta es gente buena. Pero no soy nada cándida, no creo en utopías, soy muy descarnada en ese sentido”.

- ¿Y tiene, o tuvo alguna vez, fe en el periodismo para mejorar el mundo?
- La verdad es que nunca vi el periodismo en un rol mesiánico de salvar nada. O al menos no el periodismo que yo hago. El periodismo de investigación, que es muy diferente al periodismo narrativo, puede ayudar a cambiar cosas muy puntuales, pero nunca he creído que el periodismo tenga ese papel de quijote de sacar al mundo del pozo oscuro en el que está.

- En ese caso, se pregunta ¿para qué? ¿Para qué hacer lo que hace? ¿Para qué escribir?
Leila respira profundo. Luego:
- El sinsentido afecta todos los rubros de mi vida, todos, salvo el del trabajo. Es justamente ahí, en el trabajo, en esta vocación feroz que tengo por hacer lo que hago, que siento que mi vida cobra sentido. Me ocurre muchas veces que de pronto esa sensación de absurdo, de 'nonsense', llega con mucha fuerza, pero es justamente esta pulsión que tengo por escribir lo que me libra de ese sentimiento - responde.
Porque Leila trabaja en exceso, infatigable. Lo hace durante todo el día, dice, en varios proyectos en paralelo. Es una forma del existencialismo, una concepción de su oficio. Para escribir un perfil gasta varias jornadas de extensas entrevistas a sus personajes, los sigue en su trabajo, en su casa, en los lugares que frecuenta, sabe que se molestan a veces con su presencia obstinada, y ella los entiende, los espera, una fiera paciente, y sigue, “y este ritmo de trabajo a veces me aniquila”, dice, pero no puede no hacerlo.

Escribió un perfil al fallecido anti-poeta Nicanor Parra, uno del excéntrico jugador de la NBA y peleador de lucha libre Jorge González, que se dejaba morir en el ostracismo; otro a una jovencita que vivía recogiendo basuras en Argentina y se convirtió en modelo; también escribió una crónica sobre una señora muy elegante que asesinó a sus amigas a punta de tazas de té y otra sobre un hombre común y corriente, profesor de secundaria, que cifra su existencia en la posibilidad de ser considerado el mejor bailador de Malambo –un baile del folklore argentino-; ha hecho un retrato de un médico que se comporta como un niño mimado y que tiene una banda de rock en la que él se disfraza de Freddie Mercury, y en 2015 fue finalista del Premio Gabriel García Márquez en prensa por su crónica ‘Madre Busca’, sobre una mujer que busca a su hijo luego de un accidente de tren en Buenos Aires en 2012. Ese premio, sin embargo, lo había ganado en 2010 con una crónica sobre un equipo argentino de forenses que se dedican a buscar la identidad de las víctimas de la dictadura de Videla.

Son muchos: una compilación, los escritos entre 2001 y 2008, se puede encontrar en su libro ‘Frutos extraños’, publicado en 2009 y otros en ‘Plano Americano’, publicado en 2013. Su primer libro, sin embargo, es ‘Los suicidas del fin del mundo’, una crónica en la que se exhibe la belleza inusitada de lo atroz y la densa desesperación del tedio en la narración de una serie de suicidios que tuvieron lugar entre 1997 y 1999 en la pequeña localidad petrolera de Las Heras, en la Patagonia.

Hay algo en ella hambriento, urgente, casi despiadado. ¿Cómo imaginaría su vida sin salir a preguntar, sin seguir a un hombre y a una mujer y escucharlos y hacerse más preguntas y luego sentarse, como lo hace, completamente aislada del mundo, a escribir, a dar forma a eso que que durante días vio y escuchó y olió y sintió? No pude preguntarle pero sé que respondió a esa pregunta no formulada: entonces el absurdo haría insoportable la existencia.

***

Leila, sin embargo, ha escrito muy poco, casi nada, sobre fútbol. Atenidos al cliché, debería sorprendernos que una argentina no vea fútbol, no hable sobre fútbol, solo le interese el juego en tanto sea la tangente de otros temas. Pero el fútbol, dice, le desconcierta. Es un universo que no puede penetrar –su padre y su madre no lo ven, su esposo tampoco, sus hermanos muy poco– ni como aficionada ni como periodista. “El acceso a los jugadores es muy complicado. Alguna vez, de hecho, hice un perfil sobre Falcao, el colombiano, cuando jugaba en River. Pero fue muy difícil por el tema del tiempo, porque ellos no están acostumbrados a que una periodista les diga que va a pasar cinco horas en su casa varios días, que lo va acompañar a sus entrenamientos toda la tarde. Ellos están acostumbrados a un tipo de periodismo diferente”.

Durante el pasado Mundial escribió dos columnas de opinión sobre el tema. Una presagiaba ser sobre la eliminación de Argentina, pero fue más bien sobre una costumbre de su país: esa de hablar sobre las viejas glorias –el Mundial del 86, la rica Argentina de hace unas décadas– para encubrir las catástrofes contemporáneas.

La otra era aparentemente sobre Maradona, pero terminó virando hacia un alegato en contra de la costumbre reciente de muchos periódicos de publicar sin comprobar. Guerriero habló de un audio que se había filtrado en la prensa sobre la presunta muerte del Diego, que fue publicado por varios medios que luego debieron retractarse. “Uno solía tomarse tiempo para chequear información (...) No sé qué nos pasó, pero nos pasó de una manera contundente”, escribió. Entonces hablamos del tema. De las Fake News, de eso que se llaman virales, de Trump que quiere desprestigiar a la prensa, de la crisis del periodismo...

- Hay algo muy triste en todo esto – dice -. Yo hice una columna sobre una portada de la revista Time en la que aparecía una niña que supuestamente había sido separada de su madre en EE. UU., y en la que Trump aparecía frente a ella con la leyenda “Welcome to America”. La revista decía que la foto correspondía al momento en que la niña fue separada de su madre, pero luego apareció el padre y dijo que a la separación no existió, que sí fueron detenidos, pero no hubo separación. Lo que quiere decir que nadie se tomó el trabajo de corroborar el hecho, de hacer una llamada para confirmar, para chequear. Y eso lo que muestra es el uso de las mismas armas sucias que utilizan algunos para desprestigiar a los medios. No se puede utilizar cualquier arma para poner en evidencia determinadas prácticas, porque eso quita credibilidad. Me parece que se ha abierto una puerta a través de la cual muchos medios empezaron a creer en la idea de que no tienen que dar la información bien sino darla primero que los otros.

- Y entonces, ¿qué hacer?
- Lo de siempre. Tomarse el tiempo, chequear lo que se nos dice. Ese es nuestro trabajo –dice, con un gesto que quiere decir “es obvio”, como quien afirma que si tocas el agua te mojas.

***

El pasado 8 de agosto, en medio de marchas, de manifestaciones, de vigilias de miles, el Senado argentino rechazó la ley que se proponía despenalizar el aborto en ese país. Leila, haciendo uso de sus virtudes, lo pone en otros términos, le da un sentido más profundo, y mientras lo dice yo creo percibir un rencor acumulado.

“Mirá, para mí el Senado argentino está lleno de un montón de pusilánimes que no votaron en contra del aborto sino a favor de la muerte de más mujeres, esa es mi posición. Sé que hay una idea en estos momentos de que se pudo poner el debate en la sociedad, de que se pudo llevar al Senado, pero lo que correspondía era que se firmara una ley para evitar que las mujeres se sigan muriendo”.

No es el aborto, es la muerte de las mujeres que no tienen cómo practicárselo. Esa es quizá una de los elementos que le dan tanta potencia a cada una de sus frases: la capacidad para ver un revés que le da una dimensión mayor a cada cosa sobre la que escribe.

¿Cómo hace para escoger los temas, los personajes sobre los que quiere escribir? ¿Hay ciertos rasgos que siempre le llaman la atención? -pregunto. Y Leila se pone pensativa y se pasa un brazo por el cuello y ríe.

- No sé, es difícil responder a eso, es que no sé, creo que tiene que haber una singularidad en cada personaje, pero no sé muy bien cuál es. Es como si me preguntaras de dónde me vienen las ganas, y yo no sé qué decirte, porque si te digo que es algo que me atrae de los personajes pues es como si no te dijera nada...

Entonces, mientras solo la escucho, intento imaginarla de nuevo, sentada fumando un cigarro, o tomando un café, o atendiendo una entrevista vía skype, y me pregunto. ¿Cómo observa Leila? ¿En dónde ve los relieves que para los otros son solo planicies? ¿Qué es lo que ella ve que a todos se nos escapa?

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