Los secretos del escritor Antonio Ungar: una mezcla de tragedias étnicas

Los secretos del escritor Antonio Ungar: una mezcla de tragedias étnicas 

Agosto 26, 2018 - 10:07 p.m. Por:
Por Yefferson Ospina / Periodista de Gaceta
Antonio Ungar

Antonio Ungar, escritor colombiano que vive en Jaffa, Israel, y que viene a Cali para el festival 'Oiga Mire Lea'.

Quique García / EFE

Es una mezcla, no de las etnias y divisiones sociales que han poblado el mundo desde que tenemos memoria, sino más bien de las tragedias que se han originado de esas divisiones: Antonio Ungar es de origen judío, por su padre, que llegó a Colombia huyendo de la invasión nazi a Austria.
Y su esposa es palestina, pero ambos viven en Jaffa, una ciudad portuaria en el sur de Tel Aviv, Israel.

Él, sin embargo, es colombiano, nacido en Bogotá en 1974, arquitecto de la Universidad Nacional, y uno de los escritores contemporáneos con mayor resonancia internacional: ha sido el primer nacional en ganar el Premio Herralde de Novela -lo hizo en 2010 con ‘Tres ataúdes blancos’, y el año siguiente fue finalista del Premio Rómulo Gallegos con la misma obra, que se está traduciendo a siete idiomas-, y su libro ‘Las orejas del lobo’, publicado en 2006, fue finalista al mejor libro extranjero en Francia en 2008.

Ungar es una mezcla de tragedias, de la que su literatura no sale ilesa. ‘Tres ataúdes blancos’ es una obra delirante, una sátira oscuramente divertida, en la que volvió sobre un tema harto conocido para los latinoamericanos: un país gobernado bajo una dictadura que no da tregua y en la que un hombre, un antihéroe poco simpático, egoísta, vanidoso, movido por ningún sentimiento que pudiera ser considerado noble, decide derrocar al dictador.

Su nueva novela, ‘Mírame’, publicada a principios de este año, es una mirada a otro drama contemporáneo, pero esta vez europeo: la tragedia de un xenófobo francés que se enamora de una inmigrante paraguaya, mientras imagina la posibilidad de un renacimiento de una vieja y gloriosa república, del dominio de una raza que solo es superior en su cabeza. Un argumento que recuerda al “Make America Great Again” de Donald Trump.

Ha vivido en Inglaterra, en México, en Barcelona, en Estados Unidos, en las selvas colombianas, y es autor, además de las nombradas, de la novela ‘Zanahorias voladoras’ y de los libros de cuentos ‘Trece circos comunes’ (Norma, 1999) y ‘De ciertos animales tristes’ (Norma, 2000).

En Jaffa, en donde vive hace siete años con su esposa y sus tres hijos, escribe además para medios de todo el mundo sobre lo que, quienes no lo padecemos, llamamos “el conflicto” palestino-israelí o sobre literatura o música o cine.

Ungar es uno de los más importantes invitados al Festival de Literatura ‘Oiga Mire Lea’ que inicia el próximo viernes 31 de agosto en la Biblioteca Departamental y que cuenta, entre otros, a nombres como el de la argentina Leila Guerriero, el español Juan José Millás y el colombiano Juan Gabriel Vásquez.

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Hablamos con Ungar sobre su literatura, sus posición política respecto a la ocupación israelí de territorios palestinos y su condición de extranjero perenne.

¿Qué tan importante es para su literatura su condición de extranjero en Israel? Se lo pregunto por el argumento de su nueva novela, 'Mírame', en la que un xenófobo francés se enamora de una migrante suramericana.
He sido siempre extranjero, no solo en Israel. Por accidentes de la vida he vivido en México, en España, en Estados Unidos y en Inglaterra. Soy además extranjero en Colombia desde siempre. Mi familia es poco convencional, una mezcla de europeos y colombianos a los que las clases sociales les importan muy poco.
En Israel la situación es de doble extranjería. Mi esposa es de la minoría palestina. Los israelíes me ven como un enemigo porque he escrito extensivamente en contra de sus políticas, pero cuando camino por las calles de la comunidad en la que vivo, los palestinos creen que soy israelí. Además de haberla vivido en carne propia, la extranjería es un tema que siempre me ha interesado intelectualmente.

Desde el punto de vista político, ¿se ubica en algún punto ideológico respecto al conflicto palestino-israelí?
Es una historia muy larga y complicada. En este momento es clarísimo quiénes son las víctimas. Compare las cifras de muertos del mal llamado ‘conflicto’, compare los kilómetros de tierra robados, el número de desplazados, el número de casas derruidas por buldóceres, las libertades de las que goza una comunidad y la otra. Ahí está la respuesta.

Parece que interpretar determinados momentos políticos es uno de sus propósitos literarios. Es decir, en 'Tres ataúdes blancos' hay una interpretación de Latinoamérica. 'Mírame' es una interpretación del EE. UU. y la Europa de la actualidad...
No lo había pensado pero es cierto. Mis dos últimos libros interpretan de maneras muy distintas una realidad política contemporánea. El resto de mi obra va en sentido contrario, casi antagónico: es introvertida, personalísima, a veces relacionada con el mundo de los sueños, a veces con los recuerdos de infancia.

Antonio ungar

Su más reciente novela fue presentada a principios de este año y se llama 'Mírame'. ÇUna novela absorbente, inquietante y perturbadora. Una reflexión acerca de la inmigración y la xenofobia”, escribió el crítico literario Ricardo Baixeras, en El Periódico, de Cataluña.

Quique García / EFE

Y Colombia, con sus convulsiones políticas y sociales, ¿qué tan importante es para su literatura?
Es importante en la medida en que Colombia es mi país y por lo tanto lo sufro y lo disfruto, forja mi carácter. Mi compromiso con cambiar esa perpetua crisis política y social se ha ido extinguiendo poco a poco porque me parece que es luchar contra una corriente demasiado poderosa. El rechazo al proceso de paz, la mutación de las formas de guerra y la tercera elección de Uribe hablan de un país al que le gustan la violencia, el dinero fácil, la diferencia de clases y el autoritarismo. Me parece que acabamos de desperdiciar los otros cien años de oportunidad sobre la tierra de los que habla García Márquez.

En alguna entrevista publicada en El País de España, usted dijo que no es muy optimista respecto al futuro. ¿Hacia dónde cree que nos dirigimos?
El futuro del mundo es un enigma siempre. Lo que es seguro es que si sigue creciendo la población al ritmo que lo hace, los recursos no alcanzan. Y mientras las oportunidades que tienen las personas en el Tercer Mundo sean tan distintas a las que hay en el primer mundo, habrá migración y conflictos.

¿Siente que tiene alguna obsesión particular como escritor? Es decir, ¿le interesan algún tipo particular de personajes o de situaciones?
No, intento que mis libros sean muy distintos los unos de los otros. Me interesa siempre aprender de los puntos de vista: cómo la misma realidad vista por dos personajes se convierte dos realidades.

Qué tanto le interesan los juegos formales de la literatura. En 'Tres ataúdes blancos' hay bastante de eso, de metanarraciones, usos particulares de las descripciones, una conciencia constante de los trucos de la escritura...

Me interesan cuando le ayudan a la historia. Yo creo que cada historia tiene sus propias formas de contarse, sus propias herramientas, y el trabajo del escritor es encontrarlas.

¿Recuerda el momento en que se decidió a convertirse en un escritor? ¿Fue por algún autor especial? ¿Cómo fue?
Conté historias desde muy niño. A mis primos, en las carpas, en las excursiones que hacían mi mamá y mis tíos. Durante la primera adolescencia escribía argumentos para historias en una agenda vencida. En los últimos años de bachillerato escribí los primeros cuentos que me gustaron (algunos están en mi libro ‘Tres ataúdes blancos’). Leía desde muy niño, pero a los veinte años tuve una hepatitis que me obligó a estar en la cama dos meses. En la convalecencia leí mucho Álvaro Mutis y oí mucho Pink Floyd. Por alguna razón que no puedo explicar, esa combinación me hizo empezar a escribir con disciplina hasta que acabé entendiendo como un oficio lo que era una afición.

Hay una idea romántica de la escritura como un proceso doloroso y bien dramático. ¿La comparte?
No. Hay historias que duelen porque son muy difíciles de escribir, porque hay que hacer muchas versiones y trabajar mucho. Pero incluso en esas historias se disfruta mucho el proceso. Dice un amigo escritor, y tiene razón, que, si la escritura es una actividad solitaria, ardua y además no da plata, lo menos puede hacer uno es gozársela.

¿Cómo fue su relación con Roberto Bolaño? Entiendo que tuvo contacto con él. ¿Fue influyente en su obra?
Mi relación con Bolaño fue muy corta. Le interesaba leer lo que hacían escritores más jóvenes que él. Le gustaron mis cuentos y como los dos vivíamos en Cataluña, me llamó y me invitó dos veces a tomar café. Yo para entonces era un devoto suyo, de ‘Los detectives salvajes’, que de alguna manera nos marcó a todos. Mi literatura no se parece a la suya (son casi opuestas), pero me parece el escritor más influyente en español desde García Márquez.

Lee a autores contemporáneos, o prefiere los clásicos o los grandes novelistas del siglo XX y XIX.
Leo a muy pocos contemporáneos. Tengo tres hijos en un país en el que no existen las empleadas domésticas. El tiempo que me queda para leer es mínimo, así es que prefiero libros filtrados por la historia. Tengo un carácter compulsivo y cuando me gusta un escritor leo todo lo que encuentro. No tengo preferencia por ningún siglo.

¿Qué piensa de la literatura colombiana en la actualidad?
Conozco muy poco. Espero que esto se lea bien. No he leído. Alguna vez dije lo mismo en un periódico nacional y la periodista escribió que no me gustaba ninguno. No he leído a los jóvenes porque no he tenido tiempo. De la generación mayor que yo me gusta el primer Vallejo, de la generación intermedia Sergio Álvarez.

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