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La mágica marimba que hizo al maestro Gualajo el marimbero mayor de Colombia

Julio 01, 2018 - 08:32 a. m. Por:
Yefferson Ospina / Periodista de Gaceta
Casa del maestro Gualajo

Francisco 'Pacho' Torres junto a la cantaora 'Mama' Aleja en la casa de la familia Torres, vereda Sansón de Guapi, Cauca.

Eduardo Burbano / Especial para Gaceta

El hombre la mira desconcertado. Tiene en sus manos las dos baquetas con que golpea cada una de las guaduas que conforman la marimba, pero no lo hace, no lo puede hacer. En su rostro hay algo –turbación, confusión, angustia– mientras mira a la mujer que le reprocha, que le dice: “hágale pue’ Pacho, toque a ver esa marimba pue… Toque, toque”, y él vuelve sobre la sucesión de guaduas. Las mira, permanece inmóvil, los ojos extraviados.

Entonces empieza otra vez: golpea torpemente las guaduas y el sonido –que debería ser dulce, como golpeteos de gruesas gotas sobre estanques profundos– se percibe enrevesado, tumultuoso. Así que la mujer, que lleva en sus manos el cilindro de madera lleno de centenares de pequeñas semillas como piedras y que se llama guasá, le vuelve a reprochar. Pero esta vez está indignada, es vehemente, hace un gesto desesperado, baja las manos. “No Pacho, ¿e´que no sabe dale a esa marimba, pue’? No. Aquí hay voces, voces sí hay, pero marimba no, Pacho”. Y el hombre la mira de nuevo. Hay algo dramático, profundo, doloroso en ese hombre reprendido por esa mujer, en ese hombre que se sabe reducido justamente… Luego vuelve a mirar hacia la escalera de guaduas que tiene bajo sus manos.

Hay un silencio rotundo previo al momento en que la gruesa gota de agua resuena por primera vez y luego siguen las otras, gotas más delgadas, más gruesas, esparciéndose en el precario espacio de la casa y llegando al río que está en frente, y la mujer dice “ahora sí, Pacho, ahora sí”, y empieza a reír y a mover el guasá entre sus dos manos y la otra mujer también lo hace y el hombre sentado con el cununo lo acaricia delicadamente, como a una mujer amada, y el que toca el bombo empieza y el sonido de la marimba sigue su rumbo.

Entonces se hace, de nuevo, como tantas veces, como en esos tiempos de los que ya no hay quien recuerde, la música.

La escena tiene lugar el viernes 1 de junio de 2018 en la vereda Sansón, a unos cinco minutos en lancha de Guapi, en el Pacífico caucano, en la casa de José Antonio Torres, el maestro Gualajo, el hombre de la marimba, el padre de los sonidos del río, el heredero de la selva que dos semanas antes había muerto en Cali, derrotado por la Leucemia.

Y el hombre que toca es Francisco, su hermano menor, el hermano menor de la casa Torres y una de las mujeres que canta –la misma que le imprecaba a Pacho hace dos minutos– es Aleja Caicedo,‘Mama Aleja’, la primera cantaora del primer grupo que tuvo el maestro Gualajo en Guapi.

Y ahora hay un trance, una elevación.

Pacho canta mientras golpea la marimba “se nos fue Gualajo”, y las dos mujeres contestan “se nos fue Gualajo”, y luego Pacho “¡Ay! Gualajo” y ellas “Se nos fue Gualajo”, y Pacho de nuevo “dónde está Gualajo” y ellas siguen “Se nos fue Gualajo” y luego Pacho, con su voz ronca, lanza un aullido como de lobo, un golpe del instinto, como si el dolor no encontrara palabras, y las mujeres vuelven a su estribillo y el trance entonces alcanza proporciones sobrecogedoras ahora que Pacho hace un solo en la marimba y la golpea con algo semejante a la furia, con una concentración intimidante y en su rostro la angustia no ha desparecido –es una mueca de dolor, una desesperación espesa– y la música no cesa y la improvisación es un milagro frente al río impasible.

Toda la escena –el hombre que canta y toca la marimba y las mujeres que hacen los coros y el que toca el bombo y el que acaricia el cununo, allí, en la misma casa en la que nació el 31 de diciembre de 1939 el padre de todos los marimberos, el maestro Gualajo– está fuera del tiempo.

El tiempo no existe, ha parado. Lo que tiene lugar ahora es el hombre y la mujer negros frente a su dolor, frente a algo que no puede ser nombrado, tratando de darle forma a eso con los sonidos de la marimba, con sus voces gruesas, una escena inmemorial, un retorno al principio humano.
Cuando termina, Pacho da la impresión de estar exhausto. Esboza una sonrisa y se sienta.

Me acerco. Todos, salvo ‘Mama Aleja’, le dicen a Pacho “maestro”. Sé que está un poco ebrio. Es el mediodía pero su esposa nos ha dicho que desde que se enteró de la muerte de su hermano, el maestro Gualajo, el pasado 16 de mayo, todos los días bebe. El maestro Pacho va descalzo, lleva un pantalón y una camisa sucios.

- Maestro, ¿usted fue al entierro de su hermano, en Cali? - pregunto.

- No, yo no fui, por eso llevo este dolor tan grande. Cuando me enteré de que murió dejé de comer por tres días… Se nos fue Gualajo… – responde, y se queda sentado sobre un butaco de madera, la mirada perdida, mientras el hermano mayor de todos ellos, Genaro, ahora se dispone a tocar la marimba.

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El maestro Gualajo

En la foto el maestro ‘Gualajo’, que por su devoción con el instrumento insignia del Pacífico, la marimba, influyó a numerosos músicos que hoy expanden fronteras, como Hugo Candelario.

Foto: Bernardo Peña / El País

La casa

‘Mama Aleja’ dice que era más grande, mucho más grande. Pero que hace unos años el río se llevó casi la mitad y ahora sigue robándole tierra y entonces da la impresión de que en cualquier momento la selva y el río se la tragarán.

‘Mama Aleja’ lo cuenta como un lamento, con una nostalgia que la aplasta: porque allí, cuando era joven y vivía en la casa al otro lado del río, dice, se reunía con José Antonio – ella no le dice Gualajo, ella lo llama por su nombre - y con Pacho y con Genaro y con todos los hermanos Torres y con don José, que era el papá, y con otras mujeres y entonces cantaban, durante tres o cuatro días consecutivos, cantaban y tocaban la marimba y el guasá y los tambores y hacían sancocho de pescado o arroz endiablado y tomaban esos licores que solo ellos saben hacer y todo era fiesta y una alegría sin bordes.

Y luego murió don José y después su esposa, la madre de todos, y el hijo José Antonio se fue a Europa a tocar la marimba –a Suiza a Francia a Alemania, en medio de extranjeros encandilados que no comprendían los mecanismos mágicos de las guaduas– y poco a poco la decadencia abrumó la casa.

Ahora es una construcción de madera con un cuarto grande que sería una especie de sala desolada en la que hay, en una esquina, la figura de una virgen y un cuadro de Jesús con una vela que nunca se apaga, y en una de las paredes de tabla un retrato maltrecho de Asteria, la única mujer entre los seis hermanos. Al fondo, un espacio desmantelado que es la cocina y a la izquierda, cruzando un breve puente de madera, el taller en el que Pacho y Genaro siguen haciendo con sus propias manos cununos y bombos y guasás y marimbas.

Queda un detalle impostergable: en la mitad del espacio que sería la sala está la marimba, impávida, dando la impresión de ser más fuerte que la casa misma, en una inmovilidad implacable, como si dijera que sobreviviría a cualquier destrucción, incluso a la potencia del río.

No está puesta sobre una base de madera como todas las demás marimbas en todo el mundo, no, sino colgada al techo por cuerdas. Los Torres la llaman ‘La marimba de los espíritus’, y es, según decía el propio maestro Gualajo, la marimba más antigua de todo el Pacífico.

Casa del maestro Gualajo

La marimba que se encuentra en el centro de la casa de los Torres es la más antigua de todo el Pacífico caucano.

Eduardo Burbano / Especial para Gaceta

La marimba

El abuelo León era flautista y sabía construir marimbas. El abuelo León era el padre de José Antonio, que era el padre del otro José Antonio, Gualajo, y de los otros cinco hermanos. Y al abuelo León le enseñó una sirena. Al menos así es como lo cuentan o como dicen que lo contaba el propio abuelo León y como ahora lo cuenta la ‘Mama Aleja’ que se acerca a los ochenta años y es una de las cantaoras más antiguas de Guapi.

La ‘Mama Aleja’ es una presencia densa, imponente, quizá un metro setenta y cinco de altura, la piel negra como una noche en la selva, el cabello ahora blanco escondido por un sombrero de palma seca.

Estamos en Guapi en el restaurante de su hija, Teófila, y me cuenta que entonces una sirena le enseñó a don León, el abuelo de Gualajo, el secreto para construir los instrumentos, los guasá, la marimba, los cununos, los bombos, y ese secreto solo se lo transmitió a sus hijos y así ellos se lo transmitieron a los otros hijos y todos se volvieron músicos y lutieres.

Pero pasó tiempo antes de que construyeran la marimba, la que está en la casa, ‘La marimba de los espíritus’. Porque esta no la construyó don León, el abuelo, no, sino don José Antonio, el padre de Gualajo, y lo que se sabe es que don José Antonio quería aprender a construir la mejor marimba —que no le bastaban los secretos que la sirena le entregó a su padre, el secreto de cortar la guadua en luna menguante y dejarla luego reposar durante un año entero antes de trabajarla— sino que quería saber cómo podía hacer una marimba mejor a las que hacía su padre y entonces un día don León mismo le dijo que tenía que construir una e irse para la selva, en la noche, y llegar hasta cierto monte y subir a la cima, pero en plena medianoche y empezar a tocar.

Y allí debería esperar a que un espíritu llegara y él no podría tener miedo sino que debería seguir tocando la marimba y el espíritu entraría en ella y en sus propias manos y entonces ahí sería la conjunción perfecta entre el instrumento y el hombre, una especie de bautismo inicial y para siempre y de vínculo irrompible entre el torpor humano y las potencias de la música que habitan la selva.

Y aquello sucedió, porque don José Antonio se fue a la selva con aquella marimba y llegó al monte y subió y empezó a tocar y llegó el espíritu y no pudo dejar de tocar y aprendió las cosas que nadie más supo y que comunicó a sus hijos y que luego habrían de convertir a Gualajo, el cuarto de los cinco hijo varones, en el padre de todos los marimberos.

Así es como lo cuentan en Guapi los que saben y como el maestro Hugo Candelario González, que fue discípulo de Gualajo, dice que se oía decir. Y las variaciones de la historia son mínimas.

Hay quienes dicen que fue en noche de luna, otros que no era un espíritu, sino varios; otros que era un hombre el que se apoderó de la marimba. Lo que es cierto es la marimba. Ahí está, en el centro de la casa de los Torres, en el centro de la casa en donde creció el maestro Gualajo, el hombre que habría de llevar los sonidos de aquellas guaduas dispuestas armoniosamente sobre una cama de madera a todo el mundo.

Allí sigue. Construida hace más de 80 años, inmune a las destrucciones del tiempo, ‘La marimba de los espíritus’.

***
Y ahora que el maestro Pacho ha terminado, el que toma las baquetas es el hermano mayor, el maestro Genaro. Lleva botas de caucho, pantalón y una camiseta en la que se lee ‘Grupo Gualajo’. Cuando Pacho se percata de que empieza a tocar, se levanta y le pide al que toca el bombo que lo deje a él. Entonces Genaro empieza y canta una canción sobre un pescador.

Pacho martilla el bombo. Las voces de pronto se detienen y la marimba sigue sonando y Pacho continúa golpeando la piel reseca del tambor, pero de un modo extasiado. La angustia que instantes antes, cuando había dejado de interpretar la marimba había desaparecido, se apodera de su rostro de nuevo pero esta vez más enfurecida mientras mira hacia el techo de la casa y el bombo sigue retumbando.

Entonces parece que sobre la tierra solo existen esos dos sonidos, la marimba que ahora toca Genaro y el bombo que castiga Pacho. Parece que todo lo demás ha desaparecido y el maestro Genaro se concentra en las guaduas que resuenan mientras sus manos pasan de una a otra y él las observa, sereno, como si sus manos pertenecieran a otro cuerpo, como poseído por una nostalgia que contrasta con el ardor de Pacho en el bombo, y de pronto, de los ojos del maestro Genaro se desgajan dos hilos húmedos que descienden hasta su labios y empiezan a resecarse mientras sus manos no cesan y ‘Mama Aleja’ se percata y dice: “Aquí estamos levantando el espíritu de Gualajo”.

Entonces hay algo profundo y doloroso y trágico entre todos ellos, entre Genaro y Pacho y ‘Mama Aleja’ y la otra mujer que canta y el hombre que toca el cununo, algo que se comunica entre ellos viajando con la música pero que no puede ser abarcado por las palabras. Es algo pesado, la desolación por lo irreversible: es que el maestro Gualajo ha muerto, y la casa está en decadencia, y con la muerte del maestro Gualajo y la próxima desaparición de la casa se perdería todo para ellos, se precipitaría en el oscuro olvido todo eso para lo cual Pacho y Genaro y cada uno de los Torres y don León y don José Antonio han vivido, todo eso que construyeron y crearon y en lo que fundaron sus vidas.

Es esa certeza las que los agobia. Por eso las lágrimas siguen corriendo en el rostro de Genaro mientras toca.

Pancho, el hermano del maestro Gualajo

Pacho, el hermano del maestro Gualajo sigue haciendo sonar la marimba que acompañó al maestro Gualajo cuando se convirtió en leyenda.

Sebastián Castro - videógrafo de El País

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El maestro Hugo Candelario González Sevillano, director del Grupo Bahía, investigador musical, cantante, compositor, arreglista, quien fue discípulo del maestro Gualajo, me explica. “Si uno quiere entender lo que significa Gualajo para la música del Pacífico colombiano, tiene que pensar en comparaciones. Lo que hizo el maestro Gualajo con nuestra música es semejante a lo que hizo Charlie Parker con el jazz”.

Así como Parker desarrolló un estilo de improvisación más libre sobre una base rítmica, el maestro Gualajo tocaba la marimba con improvisaciones que antes de él no habían sido escuchadas y que implicaban una velocidad, un oído y un virtuosismo que ningún otro marimbero ha tenido en Colombia. Y ese estilo es el que más ha influenciado al sonido del Pacífico colombiano.

En esa casita donde nació y creció Gualajo, allá en donde sigue la marimba de los espíritus, se cocinó gran parte del sonido del Pacífico”, dice el maestro Candelario.

“Mire, todo intérprete de la marimba tiene una manera particular de tocar. Pero el maestro Gualajo llevó la interpretación a otro nivel. Las marimbas tradicionales tienen una afinación particular, que no entra en el sistema de 4/40 vibraciones por segundo, que es el sistema occidental. No, la marimba tiene una afinación tradicional, de oído. Pero Gualajo podía tocar en cualquier afinación y sin desentonar y eso sin contar con la rapidez mental y de las manos que tenía para hacerlo. Era un virtuoso como no ha existido otro. El sonido actual del Grupo Bahía, que yo dirijo, no sería el que es sin la influencia del maestro. Todo lo que él sabía sobre la marimba es como la universidad de la música del Pacífico”.

El maestro Gualajo era, entonces el más profundo receptáculo de toda la magia musical que la selva le ha legado al hombre, y aquella casa en la que ahora viven sus hermanos Pacho y Genaro, el remanente último en que se guarda un fragmento de esa magia.

Casa maestro gualajo

Los hermanos del maestro Gualajo, Genaro y Francisco, quienes aún ejercen la lutería, fabricación de instrumentos, en su casa en Guapi, Cauca.

Eduardo Burbano / Especial para Gaceta

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En una de sus últimas entrevistas, dada al portal Vice en marzo de 2016, el maestro Gualajo dijo lo que durante tantos años venía diciendo: “Yo quisiera que la gente le diera compasión, nos dieran la razón y nos ayudara a parar la casa de mi papá en la costa pacífica. Ya el río se la llevó. Queremos renovarla. Yo he dejado a Colombia en alto y ahora quiero levantar esa casa que no es ni para mí. Yo sé hacerlo todo, solo necesito que nos ayuden a hacer la casa”.

Y la Fundación Gualajo ha intentado que esa casa se declare un bien de interés cultural, pero no se ha hecho, y el río la acecha cada vez con más crueldad.

Pacho entonces se pone rotundo: “yo no tengo hijos y los hijos de Genaro y de Gualajo ya se fueron para la ciudad y ahora son profesionales. Yo quiero que esta casa sea una escuela de nuestra música. Yo no quiero enterrar conmigo la tradición”, dice, y se bebe de golpe un vaso de viche, de ese licor brutal que viene bebiendo todos los días desde que se enteró de la muerte de su hermano, a quien no pudo venir a enterrar a Cali.

Esta crónica se pudo realizar gracias a la Corporación para el Turismo del departamento del Cauca, que realiza una serie de actividades para fortalecer el posicionamiento de todo la zona, en especial de la Costa Pacífica caucana, como un destino turístico, cultural y gastronómico, como parte del posconflicto.

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