La Juga, el espíritu de África que revive una vez al año en el norte del Cauca

La Juga, el espíritu de África que revive una vez al año en el norte del Cauca

Enero 28, 2018 - 11:45 p.m. Por:
Jamir Mina Quiñónez / reportero de El País  
La Juga en Santander de Quilichao

Ana Lucía ha organizado la Juga en la vereda Dominguillo, de Santander de Quilichao, por más de 35 años. En compañía de su familia formó un grupo musical que se encarga de amenizar estas tradicionales festividades. Este es el video de la celebración.

Juan Daniel Sánchez / Videógrafo de El País

Ana Lucía Caracas cierra los ojos cuando canta, empuña unas maracas y las mueve al compás del sonido del tambor y el violín. Su voz ronca tiene la fuerza necesaria para arrebatarle la tranquilidad al viento y convertir el patio de su casa en el mejor de los escenarios artísticos. En ese lugar rápidamente se forman círculos de hasta diez personas y la danza se apodera de la improvisada pista de barro.

Bailan en círculos, arrastran los pies, inclinan sus cuerpos, ponen sus manos atrás de la cintura y a pesar del poco espacio evitan -con cambios de rumbo repentinos- chocar unos con otros. Danzan al compás de estrofas de canciones afro.

La interpretación corre por cuenta de Ana y su grupo familiar, Aires de Dominguillo. La razón: una nueva edición de La Juga o Baile de Reyes, una de las pocas tradiciones de los esclavos africanos en Colombia que se resiste al olvido en el norte del Cauca.

En esta tarea, la vereda Dominguillo, en Santander de Quilichao, funge como guardiana de la cultura negra desde hace más de 150 años y la casa de Ana ha sido su cómplice desde 1985.

Ella y su esposo, Walter Lasso, adecuan su hogar año tras año para que la Juga no muera; antes del Puente de Reyes de enero despejan el patio y lo acondicionan como una pista de baile, alquilan decenas de bancas de madera, convierten en tarima el pequeño anden que bordea la estructura y se llenan de energía para ofrecer un espectáculo de hasta 10 horas tocando sin interrupciones con el grupo familiar.

Ana suda mientras canta, pero no se seca: sus manos continúan ocupadas con las maracas. El sudor brota de su frente negra, se pasea por entre sus ojos rasgados y se descuelga por su nariz chata hasta perderse en su cuello, que está marcado por relieves, producto de 66 años de vida.

Nunca pierde el ritmo ni tampoco abre los ojos. Quizá mientras canta divaga en sus recuerdos y se encuentra de frente con sus antepasados esclavos.

Ana Lucía Caracas  La Juga

“Cuando vamos a la guerra, cuando vamos a la guerra... muchacho rodilla en tierra, muchacho rodilla en tierra, para adorar a mi salvador, para adorar a mi salvador, que los negritos lo han de saber, que los negritos lo han de saber...”

Y así canta Ana, aún sin abrir los ojos, mientras el jolgorio se apodera cada vez más del lugar.

En La Juga los esclavos hacían gala de sus dotes musicales que, conjugadas con el baile, recreaban el nacimiento de Jesús, la llegada de los Reyes y, como aporte africano, camuflaban sus dioses en danzas como ‘La mula y el buey’.

Casi 400 años después muchos de los asistentes a este Juga, sin saberlo, están envueltos en una tradición que hace siglos sirvió como excusa para que cientos de esclavos -aprovechando la celebración- huyeran de las grandes haciendas del Valle para poblar las montañas y bosques del norte del Cauca.

“Esto es una herencia que data desde la esclavitud, sabemos que de allí surge esta actividad, aunque dentro de lo llamado pagano, pero para nosotros es nuestra cultura y no podemos abandonarla, porque es la identidad del negro, de un pueblo y de una región”, dice Walter Lasso, mientras arregla su violín.

Él, al igual que Ana, también se divierte en el escenario aunque su bigote cenizo y cejas pobladas disimulen la alegría que le produce organizar este evento.

En esta ocasión, la casa de Ana alberga a centenares de nativos de la vereda Dominguillo, la mayoría de ellos, afrodescendientes; unos aún residen en este lugar y otros viajan desde ciudades como Cali y Bogotá para no perderse la festividad. “En La Juga siempre hay que estar con la familia”, relatan.

Baile La Juga en Santander de Quilichao

Como si fuera un resumen de lo que representa esta fiesta, todos en el grupo Aires de Dominguillo son familia: Walter es el abuelo y toca el violín, su esposa, Ana Lucía, es la voz principal; sus hijas Marcela y María, hacen los coros y sus nietos, de 17 y 12 años, tocan el segundo violín y el violonchelo.

En la pista el panorama es muy parecido, danzan personas divididas en al menos cuatro generaciones: abuelos, hijos, nietos y bisnietos. 

“La Juga es algo que nos llena de orgullo y satisfacción, porque es algo que hemos emprendido como padres y es seguido por nuestros hijos y nietos. Nosotros somos conscientes de que en nuestras manos está seguir sosteniendo el legado cultural de esta etnia; por eso, hemos sido tan enfáticos en trasladar todos los saberes a nuestros descendientes para que La Juga no muera”, agrega Walter.

Baile La Juga en Santander de Quilichao

La celebración se realiza en el Puente de Reyes de enero, aunque en esta ocasión se ha aplazado hasta el 21 de este mes. No importa la fecha, en realidad. La música afrodescendiente se pasea por la casa de Ana y se exterioriza a través de los altoparlantes; el sonido atraviesa la vereda que es vigilada por un verde penetrante con grandes árboles y el río Páez, que acompaña y delimita cada curva de la carretera destapada.

“Para la gente de acá esto es muy importante. Con anticipación informamos de La Juga y cuando escuchan la música empiezan a llegar desde diferentes lados. Cuando veo a la gente cantando y bailando con nuestra música ancestral me lleno de alegría y fortaleza para no dejar perder la tradición”, comenta Ana.

Su pasión es innegociable. Ella consigue los trajes para la representación artística de los niños, quienes hacen las veces de ángeles, María y José; además, organiza la dramatización de la llegada de los Reyes Magos, que son encarnados por adultos de la comunidad; compone algunas loas (versos); diseña el pesebre y cuando llega su momento toma el micrófono, cierra los ojos, y le da rienda suelta a su poderosa voz.

Baile La Juga en Santander de Quilichao

“En un momento de la fiesta hacemos un alto en la música y los niños desfilan por la pista, llegan al pesebre y en parejas recitan las loas, luego yo acompaño esos versos con música y ellos bailan La Juga. Antes esto se realizaba en cada casa, pero ya no es así, ahora solo se hace en la mía; por eso, mientras yo y mi familia vivamos, esta tradición no se va a acabar jamás”.

La musicóloga Paloma Palua Valderrama, quien desde hace un año adelanta una investigación sobre La Juga, señala que esta celebración reune varias prácticas de la cultura afro, donde el papel de la música es central y sobre ella se hace la conducción de toda la festividad.

“En otros lugares del Cauca La Juga ha tenido cambios, pero nosotros sí conservamos la misma música, la misma letra y las mismas representaciones, tal cual como nos enseñaron nuestros antepasados”, dice Ana, al tiempo que señala que gracias a esa autenticidad su grupo Aires de Dominguillo ha sido ganador de certámenes musicales como el Festival Petronio Álvarez, y de reconocimientos del Concejo de Santander de Quilichao.

Mientras se recitan las loas, los asistentes a La Juga acompañan el ritual con el toque de pequeños instrumentos y cuando el verso ha terminado al unísono se escucha: “Que sea para bien”.

Baile La Juga en Santander de Quilichao

“Los tres monarcas, señores, que del mar resplandecieron, fueron los tres reyes magos que del oriente salieron”.

Todas estas representaciones artísticas y religiosas hacen parte de la combinación de las tradiciones africanas y las costumbres impuestas por los españolas en la esclavitud.

“El baile y la danza los llevamos en el ADN, no importa si estamos a kilómetros de África porque nuestro legado cultural nos une con ese continente”, reseña Walter. “Aunque nuestra historia en Colombia es invisible”, reflexiona.

Y es que según el libro Sol a Sol Génesis, transformación y presencia de los negros en Colombia: “Como creadores en los escenarios de la cultura, la sociedad, la lengua y la literatura, los negros han sido forzados a la invisibilidad. La gran excepción aparece en los tablados de la danza y la música, a los cuales, sin embargo, no puede reducirse el enfoque del negro de hoy y del futuro”.

En la casa de los Lasso Caracas, la alegría hace visible a una comunidad que carga en su lomo un legado cultural legendario marcado por la represión y el deseo de libertad; precisamente esa sensación parece tomarse todos los espacios de La Juga. Mientras eso pasa, Ana sube el tono de su voz, disminuye el ritmo de las maracas, abre los ojos y con mucha fuerza recita la última estrofa de la canción.

*Fotos: María de la Luz Palacios / especial para El País

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